La botella de Klein, Claudio García Fanlo

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Claudio García Fanlo culmina su saga hiperbólica con La botella de Klein. La trilogía lovecraftiana –La casa hiperbólica, El disco de Poincaré y esta última entrega– trae a Howard Philip Lovecraft a la geografía de Buenos Aires sin perder la verosimilitud que se exige a la buena literatura.

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Con mucho del suspenso del género policial, con una buena cuota de ciencia ficción y con las características propias del fantástico, estos tres libros adaptan la mitología del autor norteamericano pero de una manera original. ¿Dónde está esa originalidad? En varios aspectos. Primero, hay que señalar la presencia de Jorge Luis Borges en las tres novelas a partir de esos temas tan queridos por el autor argentino: el tiempo, la memoria, el olvido. Segundo, García Fanlo demuestra mucha ductilidad en el manejo de los narradores y en la construcción de los personajes. Tercero, esta trilogía tiene mucho que ver, además, con un camino de conocimiento interior, más propio de la novela psicológica, lo que le da a los textos una profundidad que no está en Lovecraft, cuyos personajes eran más lineales.  A los ya conocidos Orestes, Cozzi y Victoria, se suman Miranda, Lemos o Dorrego, bien trabajados como individualidades.

La botella de Klein viene a cerrar una historia que empezó y finaliza en una casa caótica, hiperbólica, misteriosa, laberíntica a la manera borgeana en tanto inexplicable, un portal que comunica con otra dimensión de seres míticos y monstruosos: “La forma es lo que da sentido a las cosas, pero la casa ya estaba fuera de control, como un organismo convulsionado cuya genética caprichosa descarta el binomio adentro-afuera”. Describir el caos, trasladar al lenguaje una realidad de por sí inaccesible, es tarea del escritor, pero en este caso esa tarea es doble porque el caos es el tema de la novela y se hace palpable en la casa, cuya descripción nuevamente nos lleva a Lovecraft, un maestro en lo que Michel Houellebecq llamó “descripciones arquitectónicas”, que aprovechan las posibilidades que ofrecen todos los sentidos a la hora de caracterizar un espacio: “Sentía presencias extrañas acechándome. (…) La ocupación de manifestaba en forma de ruidos, pisadas, melodías y sonidos misteriosos que se asemejaban a voces o a invocaciones”.

Como ya mencionamos, es destacable, además, el juego con los narradores, la presencia de diferentes puntos de vista que colaboran en un relato que se va armando a modo de rompecabezas. En este sentido, es el lector el que también se ve inmerso en el caos y, por consiguiente, es el encargado de darle un sentido a partir de las distintas voces que configuran un realidad fragmentaria pero con una enorme coherencia: en ese rompecabezas ninguna pieza sobra y tampoco ninguna falta.

La botella de Klein es un libro que se disfruta y es de esos que, cuando se terminan, nos dejan con el deseo de algo más. Como buen exponente de lo fantástico,  es lícito que esperemos un cuarto o un quinto libro sobre la casa, porque nada termina definitivamente del todo dentro del universo Lovecraft.

Ficha técnica

Claudio García Fanlo, La botella de Klein, Oráculo Ediciones, 2017, 168 págs.