Encuentros con lo siniestro

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La presencia de lo siniestro en la literatura nacional no es infrecuente, pero sí intermitente. Tal vez Horacio Quiroga y unas décadas más tarde Julio Cortázar sean las figuras más relevantes entre los escritores que introdujeron por primera vez temas fantásticos y de horror. Ellos se animaron a cruzar el umbral de lo real y se enfrentaron con un tenebroso submundo hecho de lo mismo que las pesadillas: temores, obsesiones y perversiones que podrían caberle a cualquier ser humano.

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Por alguna razón, estos temas interesaron particularmente a muchas escritoras de la escena local. Silvina Ocampo en su libro La furia combina lo siniestro con el mundo infantil. Los narradores de sus historias, muchas veces niños, cuentan con simulada inocencia episodios aterradores. En “Fotografías” por ejemplo, la reunión familiar en honor al cumpleaños de una niña lisiada se convierte en una macabra ceremonia en la que solo hay sugerencias amenazantes para la pobre chica. La inquietud que despierta el relato tiene que ver con esa composición que solo logra el humor negro: los comentarios de los invitados y de la propia narradora demuestran una sombría indiferencia respecto al estado de la niña, cuando deberían expresar piedad o pena: “Adriana se quejaba. Creo que pedía un vaso de agua, pero estaba tan agitada que no podía pronunciar ninguna palabra; además, el estruendo que hacía la gente al moverse y hablar hubiera sofocado sus palabras, si ella las hubiera pronunciado”.

En los estudios de Freud sobre lo siniestro, el psicoanalista señalaba la curiosa acepción de la palabra heimlich que tiene como significado primario la referencia a algo que resulta familiar, conocido, hogareño, doméstico aunque en algunos casos este mismo término podía referir a algo secreto, oculto de modo que nadie lo vea, el “querer disimular algo”.

Como Silvina, Beatriz Guido y María del Carril buscaron dar luz con sus historias a los aspectos más oscuros del alma humana, y descubrieron que la intimidad del hogar familiar era terreno fértil para la gestación de todo tipo de representaciones siniestras.

Hoy, algunas autoras jóvenes vuelven a recoger el guante, proponiendo nuevas y personales versiones de lo siniestro.

Precoz (2015), la tercera novela de Ariana Harwicz, ronda la vida de una mujer madura que vive en alguna zona rural de Francia, en forma precaria, junto a su hijo adolescente. La historia narra el devenir de estos personajes que encuentran serias dificultades para relacionarse con su entorno y eligen —si es que se lo puede llamar así— mantenerse en los márgenes de la sociedad y de sus reglas. A su vez, la narradora mantiene un vínculo amoroso poco claro con un hombre casado.

Desde el inicio, el siniestro se presenta no solo en la trama —llena de indicios de una relación tóxica de la protagonista con su hijo—, sino también en el estilo con que se compone el relato. En primer lugar, hay un notorio despojo de los signos de puntuación, por lo que se entremezclan las voces, los pensamientos y las acciones de los personajes para diluir el límite físico entre ellos. Las conversaciones madre-hijo, amante-madre se confunden, con lo que se enfatiza esa sugerencia de una relación posesiva, sexual, violenta entre la protagonista y su hijo. En segundo lugar, hay que mencionar el imaginario tenebroso que utiliza la narradora para describir estas vivencias. Imágenes, metáforas y comparaciones a partir de elementos de la naturaleza que reflejan su enrevesada interioridad emocional: pájaros muriendo, nubes que ahorcan, patos sin hígado: “Me despierto con la boca abierta como el pato cuando le sacan el hígado para el foie gras. Mi cuerpo está acá, mi cabeza allá, afuera una cosa golpea como una arcada. Todavía de noche, dos pájaros se elevan violentos de mi árbol y al estrellarse, se matan entre sí.”, son las primeras palabras del libro.

El resultado es una novela perturbadora, que deja al final una sensación de incomodidad y angustia.

Samantha Shweblin también es una escritora del siniestro. En sus cuentos encontramos distintas formas de fantástico. En algunos casos, el elemento que distorsiona el orden preestablecido no es necesariamente sobrenatural. En “Pájaros en la boca”, cuento que da nombre al libro editado en 2015, una chica se alimenta de pájaros vivos. La propia escritora ha afirmado en entrevistas que su interés es escribir “afuera del molde”; poner la mira en acciones que descolocan por lo extravagantes, porque no coinciden con los parámetros culturales occidentales. La desestabilización pone en jaque los comportamientos socialmente correctos y se pregunta ¿por qué esto escandaliza?

Pero en otros casos, al mejor estilo cortazariano, los personajes ven que su realidad es invadida por lo mágico, de un modo que resulta perturbador, sí, pero también extremadamente cruel, (“Mariposas” o “La furia de las pestes”).

De estos cuentos destaca su sintética arquitectura. No ahondan en detalles; son cortos y certeros. Y esa brevedad profundiza el sentido de todo lo no dicho: queda en el lector una honda impresión de que ha ocurrido lo insólito y no va a haber una explicación que nos consuele o alivie. Más bien un largo y enigmático silencio.

Pero si hablamos de siniestro, no podemos olvidar Las cosas que perdimos en el fuego (2016), de Mariana Enríquez, con quien nos introducimos de lleno en la literatura de horror. Sus personajes hacen equilibrio en una realidad frágil en la que, cualquier movimiento equivocado hace brotar de ella monstruosas manifestaciones. No hace falta aclararlo: sus personajes siempre hacen el movimiento equivocado. Acá el origen de lo siniestro, aquello que funciona como disparador, o que al menos acompaña la presencia de lo oscuro, no está solamente en la intimidad y familiaridad del hogar; está en las villas y basurales de la ciudad, en el pasado trágico de la Argentina, en contextos amenazados por inacabables períodos de crisis sociales y económicas. En las historias de este libro se cuelan los aspectos más tristes de la sociedad actual: las adicciones, el machismo, la indiferencia, el aislamiento, cierta estrechez de miras, la mediocridad, los trastornos psicológicos.

Si como dijo Friedrich Schelling, lo siniestro “nombra todo aquello que debió haber permanecido en secreto, escondido, y sin embargo ha salido a la luz”; en estos cuentos, entonces lo que el horror “devela” o recuerda (a los protagonistas y a los lectores) son verdaderos problemas sociales con los que conviven y que les pasan inadvertidos o prefieren ignorar.

En las narraciones de Mariana Enríquez no hay lugar para finales felices. Porque los elementos disfuncionales de lo social que son disparadores o al menos acompañan la presencia de lo siniestro, al cierre de cada historia permanecen ahí, y el lector, como los protagonistas de estos cuentos, sabe que esas heridas abiertas no tienen nada de fantástico, y no van a sanar jamás.

Imagen: La tentación de San Antonio, de Salvador Dalí