Negativos encontrados, en UMSA

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En la Facultad de Artes de la Universidad del Museo Social Argentino hasta el 28 de junio se podrá ver la muestra de Negativos encontrados proyecto que, a partir de la propuesta de Jimena Almarza y Gabriela Parborell, reúne en facebook fotografías que los usuarios encuentran en la calle y comparten A partir de una invitación a participar de una mesa-debate en la Universidad, he aquí algunas reflexiones.

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Desprendimiento de la fotografía

Para Levi Strauss la cultura puede ser un bricolage. Es decir que muchas veces los actores sociales utilizan lo que tienen a mano para componer nuevos objetos materiales e ideales. De hecho esto ocurre siempre cuando dos grupos que nunca se habían visto, se encuentran. Es lo que ocurrió con la conquista española. Animales desconocidos para ellos fueron nombrados como los conocidos: chanchito de la India por el cuís, Tigre o León por el puma; lo mismo ocurrió con las plantas: manzana de tierra por la papa, manzana de oro por el tomate. Lo nuevo se asimila a lo conocido; nuevos ordenamientos de viejos elementos producen nuevos objetos. La novedad radica en la organización.

Las sociedades con pocos bienes materiales, generan pocos desperdicios. Las sociedades de consumo tapamos el planeta con basura. El desperdicio es parte integrante del sistema, es la contracara necesaria, el alter ego; quien vive del otro lado no merece nuestra consideración. Recuerdo una frase de los Sex Pistols “somos las flores en tus tachos de basura”. Hey, aunque no quieran verlo, allí está. Hay islas de basura del tamaño de la ciudad de Buenos Aires flotando en el Océano Pacífico.

La sociedad industrial se caracteriza por “democratizar” el consumo, o si la palabra es muy fuerte y casi impertinente, por masificar el consumo. Elementos que eran privativos de la nobleza, como el azúcar, pasan a ser los más baratos y consumidos por todo el mundo. Los retratos eran un privilegio de la nobleza medieval y de la alta (muy alta) burguesía de la modernidad. Pero la invención de la imagen fija en un soporte material (daguerrotipos, fotografías analógicas y ahora digitales) vino a dar vuelta esa marca de estatus. Ya para mediados del siglo XX la fotografía era un objeto cotidiano.

El descarte ha sido siempre una obsesión para la antropología, si hasta se inventó una rama que se llama arqueología que vive de eso, de esos detritus culturales. Los arqueólogos siempre nos dicen que no sólo hay que tratar de ver quienes depositaron esos registros, sino imaginar todos los procesos que sufrieron (¿en esta caso las fotos?) desde que fueron dejados, hasta que fueron encontrados.

Los seres humanos siempre fuimos carroñeros, dicho esto en el mejor de los sentidos. En el contexto de la sabana africana del Pleistoceno, nuestro linaje homínido estuvo plagado de supervivencias atadas a la recolección de deshechos, que para nosotros portaban, evidentemente, otros significados. En el contexto de la sociedad industrial pasamos a ser despilfarradores (soy millonario en broches para la ropa, por vivir en el último piso nos llueven broches de la terraza, anónimos y multicolores). Los motivos del descarte pueden ser varios, olvido o pérdida, despecho o indiferencia, voluntad o deseo. Nosotros que antes todo lo carroñeábamos, ahora todo lo despilfarramos: broches, fotos, comida, otros seres humanos.

Nuestra sociedad industrial está dando paso a la sociedad de la información. A la basura material, sumamos ahora la basura virtual. Teras y teras y teras de bytes rotos, desconectados, fragmentados; pero incluso de porciones de texto, páginas webs, audios, videos y fotos que están hundidas en el fondo del mar de Cyberia (como llamaba William Gibson al mundo virtual). Pero la naturaleza enseña que”nada se pierde y todo se transforma” y sabemos que en la cultura funciona igual. Lo que hoy parece un desperdicio, mañana se transforma en un objeto pleno de sentido.

Las fotos y el estímulo cultural

La imagen siempre estuvo en el centro de la escena de la humanidad. Desde las primeras pinturas, por ahora fechadas como antiguas hace 40.000 años. Y digo por ahora, porque estoy seguro que esa necesidad es anterior, es más, ¿como explicamos sino las guardas geométricas talladas en un diente de tiburón hace casi 1.000.000 de años por Homo erectus?. Los reflejos siempre nos llamaron la atención, hasta le dedicamos el mito de Narciso. Los espejos nos fascinan como a Descartes o nos parecen abominables como a Borges, pero nunca nos dejan indiferentes.

Con la fotografía pasa algo similar. Sobre todo nos llaman la atención cuando aparecen en lugares inesperados. Cuando vienen de la mano de la obviedad pueden despertar indiferencia, como esa madre orgullosa que nos muestra mil y una fotos de sus hijos. Pero no nay nada que despierte mayor curiosidad que encontrar fotografías en la calle. La vista se nos clava y rápidamente tratamos de descifrar algún significado. Buscamos signos, tanto en el soporte material como en la propia imagen. Las intervenciones son siempre buscadas, fechas, anotaciones, tanto al dorso como en el frente.

Las fotografías poseen múltilples planos. De chico siempre me gustaba buscar en las fotos familiares aquellas personas que quedaron retratadas por casualidad, en un segundo plano. Si eran desconocidas mucho mejor. Les inventaba una historia o me preguntaba qué sería de ellas y si habían sido conscientes que quedaban inmortalizadas en fotos de una familia que no conocían. Luego me preguntaba (y aún me pregunto) si yo no habré sido también el protagonista del segundo plano, el extra importante de alguna foto que hoy a alguien le dispara un momento sentido.

Cada uno de esos planos evoca diferentes significados. Las unidades de sentido son como “bombas pequeñitas” que estallan en imágenes, ideas, sonidos, texturas, sabores y olores. Así, al ver la foto conocida, reflexionamos sobre esa camisa que llevábamos puesta o nos reímos de esos raros peinados ochenteros. Vemos fotos que claramente son anacrónicas, que quedaron ancladas en el tiempo, sin embargo hay otras que no, que trascienden la irreversible temporalidad, que nos parecen actuales o incluso del mañana.

Cada uno de nosotros interpreta cosas diferentes al mirar la fotografía. Las trayectorias individuales son múltiples y diversas y por lo tanto también lo son las cosas que evocan. Pero sobre ese fondo de variabilidad, hay ciertos patrones que emergen. Hay hilos conductores, finos, casi invisibles, pero sólidos y permanentes. Al fin y al cabo los seres humanos somos bichos precedibles, menos originales e interesantes de lo que pensamos. A veces el ego nos juega malas pasadas. Podemos hacer el intento de clasificar, que aunque sepamos que suele ser en vano, seguimos practicando por prepotencia de razón.

Algo podemos decir de la inquietud común. Del proceso, al fin y al cabo clasificatorio, de la selección. Algo en el objeto captó la atención y el criterio siempre está basado en la emoción o en la información o por supuesto en ambos al mismo tiempo. Ya decía Barthes que hay algo lingüístico en las fotos. ¿Son las emociones los ejes paradigmáticos? ¿Es la información el eje sintagmático?. En cualquier caso algo leemos. Aún cuando leamos mal o, lo que es más común, interpretemos para el lado de los tomates, que no necesariamente es el lado erróneo de las cosas.

Cada sentido tiene intereses diferenciados. Quienes sacaron las fotos, buscaron dejar plasmado algo, quienes las encontraron fueron sacudidos en su semántica por algo, quienes observamos ahora esas mismas fotos, nos inventamos nuevos universos.

Trabajo colectivo o el arte de la recuperación

¿Quién dijo que el Arte puede ser un producto individual? Los egos, inflamados por la egotitis, impiden ver el detrás de la escena. Por suerte ahora está de moda mostrar los hilos, aunque sea en forma involuntaria. No hay forma de que el arte no sea colectivo. Desde su producción hasta su consumo y por que nó, hasta su reciclaje. (Me acordé del trabajo de restauración del Ecce Homo de Borja, hecho por esa vecina que claramente era una incomprendida del arte y que nos guste o no, voluntaria o involuntariamente, creó algo nuevo).

Si pensamos en lo que, según algunas miradas, son las obras de arte más importante de la historia de la humanidad, nos vamos a encontrar que la mayoría fue el fruto de un trabajo colectivo. Las pirámides o la capilla sixtina, la catedral de Chartres o Brasilia fueron hechas por gente que estaba involucrada  en el proyecto tanto de forma voluntaria como involuntaria. Libres y esclavos, siempre al servicio del Arte. Participantes conscientes o indirectos (los proveedores de materias prima que no tenían ni noción del destino de lo que ofrecían).

Esta modernidad larga nos regaló el individualismo y con ello los nombres de los grandes artistas. Pero, acaso, ¿quién podría discutir el talento y el esfuerzo de Leonardo o de Rembrandt, de Turner o de Picasso?. Negarlo es necedad y no se trata de elogiarla, que eso ya lo hizo mucho mejor otro Renacentista, Erasmo de Rotterdam. De ningún modo. No niego su talento, pero ¿qué hubiera sido de ellos sin sus ayudantes, sin el contexto en el que pudieron plasmar su obra y que requirió de recursos tanto materiales como inmateriales?. Es más ¿Qué hubiera sido de ellos sin el público y sin la academia que los reconoció?

Pero volvamos al eje, que es el del trabajo colectivo. Sabemos que existe una inteligencia social, que en general utilizamos aunque no nos percatemos de ello. Hay un experimento muy interesante, en el que a un grupo grande de gente se le pregunta, cuántas bolitas hay en un frasco que se les muestra. La gente responde de manera desopilante, algunos mucho, otros poco; pero si se saca el promedio de lo que fue diciendo la gente, se llega, sorprendentemente, al valor real.

En este caso sorprende gratamente que el trabajo colectivo tiene una base en una vieja tradición humana: la recolección. Somos especialistas en recolectar y muchos antropólogos que se dedican a la alimentación, dicen que la recolección siempre fue mucho más importante, en términos calóricos, que la caza. Aunque esta última tenga más prestigio. Este trabajo es de recolección. Adrede o no, en algún sentido se opone al ego individualista del artista de turno.

Si miramos nuestro nuevo mundo virtual, vamos a encontrar una cantidad enorme de casos de trabajos muy complejos hechos en forma comunitaria. Ese es el funcionamiento del web. Así fue propuesta por Berners Lee, el creador de la internet como la conocemos hoy. Un espacio de libertad y comunidad. Una sociedad utópica para el siglo XXI. Ya sabemos que las cosas no salieron, en términos sociales, como él quería. Pero aún con todo el dinero en contra, se hicieron lugar nuevas formas de entender el derecho a la publicación. Aplicaciones Open Source, licencias Creative Commons y un sinfín de sitios y piezas de código fuente hechas merced al trabajo cooperativo de muchos anónimos.

Desde las teorías del caos y la complejidad se habla de autoorganización. De la capacidad que tiene, incluso la materia inerte, de autoorganizarse para ser eficiente. En nuestro pasado cazador recolector no reconocíamos más estructuras que las que nosotros mismos nos imponíamos. Pero aún hoy, en una sociedad dividida en clases, estratos y a veces castas, con jerarquías artificiales que todo intentan ordenar en una lucha vana contra la entropía, la autoroganización sigue imponiéndose. El punto es que no nos damos cuenta. Tal vez un proyecto como el que aquí se presenta, permita revelar el rollo y encontrar nuevas formas.

La imagen del copete pertenece a este album de Encontrados.. https://www.facebook.com/media/set/?set=oa.930153177038315&type=1&hc_location=ufi