La chica del milagro, de Cecilia Fanti

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En general, las primeras novelas de un autor, autora; suelen estar escritas en primera persona, con fuertes tintes autobiográficos; lo que hace que éstas funcionen como una suerte de exorcismo o de sublimación de sucesos acontecidos en la infancia, en la adolescencia o vaya a saber cuándo.

Una de las razones por las que La chica del milagro se vuelve fuertemente interesante es la pregunta acerca de su autora y su relación con los hechos contados. Sabemos que mucha bibliografía prestigiosa se empeña en discriminar las voces narrativas; que una cosa es el escritor, esa persona de carne y hueso que come, duerme y vive como todos los mortales; otra cosa es esa voz autoral que de algún modo imposta al escritor, esa figura ficcional que dentro de los hechos narrados aparece y desaparece adquiriendo distintos modismos, costumbres y sapiencias; también está la elección del autor quien suele decidir desde que ángulo contar la historia. Sin embargo, todos, y acá podría afirmar que casi sin distinción, miramos, pispeamos la cara de aquel que figura en la solapa del libro como escritor- autor del texto. Cuando no hay registro visual del rostro solemos pensar que cara tendrá éste que escribe y pensar eso es suponer que el rostro nos dará pistas acerca de la supuesta “veracidad” de lo narrado, como una garantía inútil y a la vez capciosa. Este gesto, de algún modo obliga a escaparse del libro, de su narrar incesante para hacernos detener en esa cara. Poner el rostro es poner el cuerpo en la letra; es como una performance interna de la literatura, como una ficción premeditada que sumará más condimentos a la ficción. La presencia del autor, de la autora, en la literatura es un peso imposible de soslayar, tal vez – esto sea solo un tal vez- de alguna manera esta presencia es la que puede articular la Literatura con la Vida, dos órdenes en conflicto y a la vez en armonía.

En La chica del milagro, Cecilia Fanti, su autora, su escritora; aparece en la tapa, sentada en la mesa de un bar, mirando un perdido horizonte fuera de campo. Una bella mujer de anteojos que tiene un corazoncito tatuado en su brazo y se la ve demasiado entera, duplicada por el espejo que cubre la pared a sus espaldas. Acá vale una pequeña aclaración: el libro pertenece a una nueva editorial, de esas que por suerte nos muestran el otro lado de la literatura institucionalizada, la editorial es “Rosa Iceberg” dirigida por Emilia Erbetta, Marina Yuszczuk y Tamara Tenenbaum. Los primeros textos de esta editorial fueron La chica del milagro y Los arreglos, un libro de cuentos de Marina Yuszczuk que también tiene en su tapa la foto de Marina, su autora. Pareciera que este gesto, por demás importante, es toda una postura editorial. Y no es sólo estética, sino ideológica  marcando una profunda cercanía entre lo narrado y el personaje narrador, eliminando – quizá- las fronteras entre Literatura y Vida. Que la tapa, ese paratexto repleto de información que casi nunca es valorado, sea la imagen visual de las responsables de los textos es un gesto de apropiación de lo narrado y a la vez una estrategia donde dar la cara resulta más que interesante.

En el caso de Fanti, al correr de la novela, el lector curioso, vuelve irremediablemente a la tapa para corroborar la imagen de esa chica que se ha roto, que como una Frida Kahlo contemporánea se ha partido al medio en un abrupto accidente en la calle. La primera persona, más la cercanía de lo narrado y de cómo se lo cuenta hacen que lo autobiográfico sobrevuele el relato como un pájaro herido de muerte. Esa chica que escribe con frases cortas, que habla con ella misma, en un monólogo infinito y enfermo, da vueltas en la cama, muchas vueltas, hasta dormirse. El pan, el sol, las ovejas, el ping pong, el perro lanudo que la sigue a todas partes, los bifes a la portuguesa, la idea del hijo que se demora o que lo demoran, el queso y dulce; esa chica se pregunta también cuándo será compatible con ese hombre que está ahora a su lado. Ese monólogo que se desentraña mientras camina, con su panza llena de pan y vacía de hijos, por esas calles de siempre para ir apresurada a su trabajo; ese monólogo se interrumpe por un golpe seco, algo la hace levantarse del suelo (donde evidentemente no tenía los pies bien apoyados) y volar por los aires, dando el puntapié inicial de un relato inevitable e íntimo. Ahora esa chica está rota y aparece su nombre de pronto, como sin querer: Ceci, si, el mismo de que quien aparece en la tapa y entonces la simbiosis se amalgama en la cabeza y en el cuerpo y la pregunta es y seguirá siendo, es esto una autobiografía???

La escritura de Cecilia Fanti en este relato inaugural es sencilla pero atropellada, veloz, las palabras se juntan en remolinos de ideas un poco inconexas que viajan del presente al pasado a fin de suturar una historia dramática y dolorosa. Ella encerrada en su cuerpo y a la vez en esa habitación del sanatorio ve como la realidad se cuela, despaciosamente – como en una suerte de guiño a ese enfermo transitorio que era Cary Grant – entre las rendijas de su ventana o de su tele o de su radio que no sólo son indiscretas sino que son vitales. Su novio, el periodista, aparece cada tanto, como aparece el miedo, la angustia o las ganas de hacer pis. Su padre  no aparece nunca, salvo sobre el final, siempre paralizado (como su hija ahora) siempre embelesado.

Ese día de julio de 2012 Cecilia se rompe y con esa ruptura se rompe su mundo justamente porque se rompe su cuerpo. ¿Hay alguna otra manera de estar en el mundo si no es a partir del cuerpo? Ese cuerpo que de pronto le es ajeno, mientras lo lavan, lo operan, lo secan, lo lloran y ella siente que “mi culo es un hemisferio inalcanzable, ajeno”. Esa ajenidad es el proceso de la novela, esa necesidad de reconstruirse a partir de “los ocho clavos que sostienen dos varas de titanio de quince centímetros a cada lado de la columna, unidas donde falta la vértebra que estallo en incontables partes cuando golpeé contra el piso después del vuelo”. De la ajenidad a la pertenencia, del vacío a la apropiación de un cuerpo casi nuevo, un cuerpo restaurado que ahora, sin dudas, puede mostrarse desde la tapa de un libro que cuenta su propia historia. El afuera y el adentro, el corset y el cuerpo, la columna vertebral y el alma, la palabra y el gesto, la adultez y la adolescencia, la maternidad y la paternidad se conjuran en esta pequeña gran novela de Fanti.