John Cheever, el “Chejov de los barrios residenciales”

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John Cheever (1912-1982) fue el gran testigo literario de la mitología de los suburbios de la costa Atlántica de los Estados Unidos en la posguerra de los años 40, 50 y 60: el “Chejov de los barrios residenciales”. Se destacó principalmente como escritor de cuentos –casi todos para la revista literaria The New Yorker–, y creó un ideario estético y moral de la felicidad y la hipocresía de los prósperos residentes suburbanos estadounidenses. Su vida, además, terminó superando ampliamente la de sus personajes en cuanto a la sordidez y el desencanto verdadero oculto detrás de la fachada de una vida supuestamente perfecta.

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En 1979, el autor ganó el Premio Pulitzer por la compilación de sus relatos titulada The Stories of John Cheever (1978), que también fue un best seller. Su último libro, Oh, esto parece el paraíso, una novela corta de solo 100 páginas, muestra a un escritor menos sombrío y más optimista.

La homosexualidad, el alcoholismo, las relaciones frustradas, y las tensiones de la vida doméstica son, a grandes rasgos, los temas que atraviesan a la mayoría de sus textos, aunque a veces solapadamente.

Se puede dividir la obra de Cheever tres partes. Primero, están los cuentos: se publicaron 121 en el New Yorker y decenas más en otros medios. Luego, hay cinco novelas, publicadas entre 1957 y 1982. Y finalmente, como fuente secreta de su obra pública, están sus monumentales diarios íntimos, unas 4 millones de palabras. Una selección de los diarios fue publicada en 1991. El escritor (y una vez alumno de Cheever) Allan Gurganus lo ha descrito como “una carta de suicidio de 10.000 páginas”.

Sobre los 61 relatos que eligió para su colección definitiva –la que fue tan exitosamente publicada en 1978–, dijo el propio Cheever: “Estos cuentos a veces me parecen pertenecer a un mundo ya perdido en el cual Nueva York aún estaba llena de la luz del río, donde se escuchaban cuartetos de Benny Goodman en la radio de la librería de la esquina, y cuando casi todo el mundo usaba un sombrero. Acá está la última generación de fumadores en cadena que despertaban al mundo por las mañanas con su toser, que se emborrachaban en fiestas de cocktail y bailaban pasos obsoletos como La gallina de Cleveland, que navegaban en cruceros a Europa y quienes realmente eran nostálgicos por el amor y la felicidad, y cuyos dioses eran tan antiguos como los tuyos y los míos, quienquiera que seas tú. Las constantes que busco en la parafernalia, a veces anticuada, son un amor por la luz y la determinación de trazar alguna cadena moral del ser”.

Compartimos uno de sus cuentos: “El nadador”