El tiempo es el enigma

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En una conversación con Octavio Paz, en 1982, Borges sostiene que el tiempo es el enigma esencial del hombre: “Si supiéramos qué es el tiempo, sabríamos qué es este mundo y quiénes somos”.

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El tópico del tiempo es un tema recurrente en su obra. En “El milagro secreto”, Borges imagina a un hombre sentenciado a muerte, cuyo último deseo es terminar una novela. El milagro se le concede, aunque de un modo peculiar: el tiempo se detiene cuando su verdugo ya disparó el proyectil, y el condenado podrá completar, corregir y revisar la obra en su mente. La novela queda concluida, el tiempo se restablece, el mártir cae muerto ante el impacto de la bala que su verdugo disparara. Para Borges, la posibilidad de existencia está dada por el tiempo, pudiendo en cambio prescindirse del espacio.

También es conocida su referencia al tiempo como una circularidad asociada entonces a la idea de eternidad, aunque –tal vez no tan contradictoriamente como pareciera– algunos de sus poemas reflejan la angustia por el paso del tiempo, la vejez y la finitud de la vida.

Este problema que importa tanto a Borges, es en realidad un tema general que la literatura abordó de las formas más diversas. Y este interés tiene que ver con que, en efecto, nuestra vida está atada a él: el tiempo biológico, que nos lleva indefectiblemente al envejecimiento; el tiempo histórico, que nos ubica en una era y condiciona nuestras posibilidades de ser de acuerdo a los parámetros culturales del momento.

En El tiempo envejece deprisa (2010), Antonio Tabucchi vuelve a pensar en el tiempo de un modo más terrenal y melancólico. Los personajes de sus cuentos se enfrentan al envejecimiento y la madurez de diversas formas y comprenden que en definitiva están hechos de tiempo. En “El círculo”, por ejemplo, asistimos a una reunión familiar en conmemoración de Josef, el abuelo que falleció hace ya varios años. Hay una primera idea del tiempo pasado como una herencia que constituye la identidad del individuo, cuando el narrador repasa el origen de la familia, especialmente diversa, con ramificaciones en toda Europa: “y ahí estaban, los herederos de tanta tradición”. Ya fuera de la celebración, también la protagonista puede reconocer en su identidad la tradición histórica que corre por sus venas. En “Las Nubes”, un hombre maduro y enfermo tiene una conversación con una niña en una playa. El contraste entre juventud-vejez, pasado-presente, candidez-experiencia, va perfilando la idea de que el tiempo es esa esencia incomprensible que irremediablemente y a pesar de nosotros, nos atraviesa. Otras historias (“Los muertos a la mesa”, “Yo me enamoré del aire”) describen a personajes aferrados a un pasado que no pueden soltar, porque el paso del tiempo también los ha corrido del lugar protagónico que ocupaban incluso en sus propias vidas.

Una concepción diferente hay en cambio en Las Horas (1998), de Michael Cunningham. El autor parece interesarse en narrar lo eterno e insoportable que se vuelve el tiempo en momentos de incertidumbre, ansiedad o padecimiento. Las mujeres que protagonizan la novela pertenecen a épocas y mundos distintos: Virginia Woolf en los años 20’s, escribe Mrs. Dalloway mientras se debate con los fantasmas de su bipolaridad. Laura Brown lee la novela de Woolf en los años 50’s, atrapada en un matrimonio que no la hace feliz y en la actualidad, Clarissa Vaughn, (una versión actual de Mrs. Dalloway), intenta lidiar con la enfermedad terminal de Richard, su amigo y novio de la juventud. Además de los saltos temporales y del hecho de que toda la historia ocupa solo un día en la vida de los personajes, la referencia al paso del tiempo y al tiempo como una larga agonía es constante y se reitera en estos tres mundos representados. “Pero todavía quedan las horas, ¿no? Una hora y luego otra, y pasas una y luego, Dios mío, tienes que pasar otra. Estoy tan enfermo”, se lamenta Richard, demasiado cansado para tener ganas de vivir. Los personajes de Cunningham además de atormentarse con temores propios, son presa de los prejuicios del tiempo en el que les toca vivir. Se construye así un interesante entramado del que el tiempo en sus diversas formas, vuelve a ser el eje central.

Pero si hay una novela contemporánea que merece un lugar en esta lista es El espectáculo del tiempo (2015), del periodista argentino Juan José Becerra. Esta novela narra la vida de Juan Guerra aunque habría que aclarar que el tema del relato es el tiempo, no la vida de su protagonista. La concepción del tiempo como espectáculo proviene de la idea de que se trata de una magnitud física observable e identificable. El tiempo opera sobre las cosas y los individuos, y los transforma. Juan, sus padres, sus amigos, sus amantes son parte de ese espectáculo que es solo alcanzable a partir del recuerdo, de la memoria. Lo que se propone el autor entonces, es poner delante de nosotros este espectáculo.

Una primera curiosidad la presenta la estructura de la novela: el autor decide hablar sobre el tiempo de un modo no cronológico. No hay una narración lineal de los hechos. El texto hilvana anécdotas, recuerdos, episodios históricos, fragmentos escritos por otros e incluso artículos de diarios de diversas épocas, y la relación entre ellos está en la asociación libre que los entrelaza en la mente del protagonista. De este modo, cualquier hecho es disparador de un recuerdo que lleva a otro recuerdo y a otro más, de modo que se reconstruye para la mirada del lector, de forma fragmentaria, incompleta y desordenada la historia de Juan y del puñado de personajes que forman parte de su vida.

En esta novela, somos testigos de todas las formas del tiempo que puede percibir un individuo, y si bien es deterioro y envejecimiento, también es el factor que permite reconstruir lazos y sanar antiguas llagas. Después de todo, madurar también es eso.