Ruidos molestos, Cristian Godoy

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Abro Ruidos molestos, el libro de Cristian Godoy editado por Editorial Conejos (2016), en cualquier lado para darme pistas de por dónde empezar a escribir esta reseña.

Un docente habla de un alumno muerto y aunque este personaje tácito haya fallecido de leucemia, no puedo dejar de pensar en el alumno de mi novia que murió atropellado por una moto en la que escapaban dos chorros. Aparece fresca la sensación de vacío que deja el cuento La alegría es como el olor a cigarrillo, donde la muerte duele en esos lugares menos comunes de pensar, como el aula, y cómo la importancia de los actores secundarios que conforman la vida de uno se percibe de pronto por la ausencia física que deja.

El método I ching no me falla nunca.

Abro en otro lado y leo: “Ella había quedado trastornada desde que parió a un bebé muerto. No sé si estaré usando las palabras correctas, si, al ser sacado del vientre, puede decirse que el hermanito de Fernando nació, o que murió o ninguna de las dos cosas. Mi amigo no hablaba del tema.” Es un fragmento del cuento Viaje de estudio y entonces me acuerdo de que este libro me había dado la posibilidad de preguntarme a misma cosas que, probablemente de no leerlas, jamás las hubiera enunciado en el pensamiento. Cosas en apariencia sin importancia, hasta de retórica infantil, un ruido apenas rebotando en la cabeza. Pero a mí no me gustan los ruidos, soy del silencio, de esos personajes extraños que no escuchan música ni soportan la tele de fondo, prefiero el silencio como lenguaje universal, en términos de Ivone Bordelois. Ese espacio de tiempo sin lenguaje que significa lo mismo en todos los idiomas. ¿Significa lo mismo para todos? Godoy pareciera hacerse esta pregunta en cada uno de sus cuentos.

Una fecha fácil, por ejemplo, es un relato en el que una docente de escuela púbica hace pasar al portero de su edificio por un ex combatiente de Malvinas. Es desoladora la realidad del verdadero combatiente, borracho, impresentable, incapaz de generar empatía.

En Flashdance un grupo de preadolescentes observa desde la terraza la caída de la china, la vecina de enfrente. Todo ocurre en ese instante preciso, no el de la caída, sino ese en el que se toma conciencia de que ya no se tiene la impunidad de la infancia.

Es una realidad que el libro se llama Ruidos molestos porque el autor agudiza el oído en lugares simbólicos, como los golpes en el departamento de al lado, en el cuento que le da título al libro, y también porque sabe escuchar lo que subyace en las frases hechas internalizadas a fuerza de repeticiones y porque es evidente que Godoy sabe escuchar esas cositas de nada naturalizadas por el discurso coloquial y moldearlas en narraciones íntimas.

Pero es importante para mí destacar que como lectora es el trabajo en la aparente calma lo que disfruto. Es en la ausencia de sonido en donde se dispara la ficción de este libro. Quiero decir que es en ese segundo de ausencia entre el ruido de un golpe y el siguiente donde Godoy encuentra su posibilidad narrativa. Como en la primera parte de la obra maestra de Sallinger Un perfecto día para el pez plátano, cuando parece que no pasa nada, pero está sucediendo todo aunque uno apenas pueda intuirlo. Somos lo que hacemos cuando estamos en silencio, cuando creemos que nadie nos está viendo. Godoy a diferencia de Sallinger nos deja casi siempre sin resolución. Buceando en el vacío.

Ruidos molestos está conformado por las ficciones sutiles y volátiles del  ambiente apropiadas por el oído agudo de un autor que, como espectador cautivo, no puede hacer otra cosa más que narrarlas.