El teatro como búsqueda, como recorrido: entrevista a Pablo Iglesias

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Pablo Iglesias, es actor, dramaturgo, director y docente. Además se formó en la Universidad de Belgrano como licenciado en medios audiovisuales. Tuvo grandes maestros: Mauricio Kartún, Rubén Szchumacher, Berta Goldenberg Vivi Tellas. Por si fuera poco, recibió varios premios, y algunas de sus obras fueron traducidas al francés y al inglés.

En el Teatro Porteño, Pablo está presentando Las libertades, escrita, dirigida y actuada por él: una comedia en la que una mujer del servicio de limpieza, un productor musical, un diseñador de modas y un guardia de seguridad están atrapados en el sótano de un caserón en el cual se lleva a cabo una gran fiesta. Allí se plantea el tema de las libertades personales, el eje sobre el que giró nuestra charla con él.

En general, uno habla del concepto de “libertad”, ¿a qué te referís con “libertades” así en plural?

Una de las premisas en el proceso de creación de este material fue la de indagar sobre la toma de decisiones y sus costos. Desde hace varios espectáculos que uno de los disparadores que me surge tiene que ver con el precio a pagar, las consecuencias de nuestros actos; la conciencia individual que es social. En este caso, nos preguntamos sobre cuánta libertad de acción teníamos verdaderamente para cada situación puntual que nos planteábamos a la hora de improvisar. El germen de este espectáculo fue el trabajo con los actores, luego me senté a escribir. Dentro ese conjunto de preguntas nació la idea de Las libertades como título y concepto, que vendrían a ser pequeñas rebeliones y luchas que nos llevan a enfrentarnos cara a cara con la verdadera libertad, con nosotros mismos. Sentimos que para poder acercarnos al concepto de libertad primero debíamos ir allanando el camino con pequeños albedríos que además nos permitieron alejarnos de cuajo de la tan temida solemnidad teatral en la que podríamos haber caído al intentar profundizar directamente en un concepto tan significativo. De todas maneras, perimetrando el concepto creo que logramos aproximarnos a un pensamiento casi propio. Como dice la frase de Carlos Fuentes que elegimos para el programa de mano: “No existe la libertad, sino la búsqueda de la libertad, y esa búsqueda es la que nos hace libres”. Y ese pensamiento no es casualidad que sea el mismo que siento yo sobre el hacer teatro, como una búsqueda, un recorrido detrás de una hipotética zanahoria y al final, supuestamente, en ese arco del recorrido se verá la obra completa.

¿Por qué elegiste personajes tan disímiles como protagonistas?

En principio por estrategia dramatúrgica. Mientras más polares los personajes más posibilidades de que entren en conflicto. Y entiendo a la estructura de una obra de teatro como un conflicto en acción. Si los personajes son distintos y quieren lo mismo, se van a raspar, van a generar fricción; esa fricción va a generar movimiento, cambios en el estatus quo establecido, acción, en definitiva, y de esta manera la pieza va a ir hacia alguna dirección. Va avanzar y va a ser necesario que así sea para generar una modificación, una fuerza revolucionaria que no solo modifique a los actores sino, al menos por un rato, a los espectadores también. Por otro lado, estos personajes disímiles entre si me son de utilidad para simbolizar diferentes estratos sociales que en principio parecen acentuarse y definirse en sus desigualdades, pero que al final, a través de las peripecias que viven juntos en ese encierro, comprobaremos cómo se tocan en sus similitudes: un concepto tal vez un poco romántico no religioso, pero en el que creo firmemente.

Además de director y dramaturgo, sos licenciado en medios audiovisuales y das talleres de redacción, ¿a partir de todo eso, cómo definirías tu dramaturgia?

Ciertamente mi dramaturgia se va definiendo y puliendo principalmente gracias a la docencia, aprendo más de los alumnos de lo que les transmito: esa reflexión permanente a la que te ves obligado a la hora de transferir herramientas para trabajar y fundamentalmente el deseo que es bien sinérgico. Creo que lo que mejor siembro a la hora de dar clases es las ganas de hacer. Ese deseo. La pasión define mi dramaturgia. Me prendo fuego escribiendo, dando clases, dirigiendo… Desde lo que tiene que ver con lo estrictamente formal, te puedo decir que con el lenguaje, por ejemplo, me gusta trabajar zonas que alternen lo poético con lo procaz dándole un mayor sostén a los mundos posibles que transitan las diferentes criaturas. No escapo casi nunca de lo eficaz que resultan las situaciones de encierro y los personajes con contradicción que, además de generar conflicto, los humaniza y los vuelve mucho más atractivos y verosímiles. También suelo caracterizarme por bucear en diferentes géneros;  entremezclándolos no solo en el lenguaje, sino también en las puestas en escena que dirijo. Soy muy inquieto a la hora de crear. Muchas veces pienso en que me convendría definir un estilo para que la doxa, el público y hasta yo mismo podamos estar más tranquilos sabiendo sobre qué tipo de superficie suelo pisar y en qué casillero me echo a descansar pero “lamentablemente” me interesa mucho todo lo que el teatro irradia y expande, y eso no me permite instalarme en alguna zona de confort. Para el arte en general prefiero ser viajero y no turista. Como dice Jimena Trombetta, becaria del CONICET, en el estudio que hizo para mi libro Cajas chinas textos estrenados (Libro disociado editores) soy “El autor de la variedad: de lo prosaico a lo poético, o diversos modos para narrar la muerte”,  y puntualmente en el caso de Las libertades, la falta de libertad también puede ser muerte desde algún punto de vista (el mío). También suelo trabajar con algo medio becketiano (salvando las insalvables distancias) sobre el deseo que no cesa, personajes vencidos que, de todas maneras, nunca dejan de intentar lo que tengan que intentar.

¿Qué te proporciona la comedia cómo género o en cuanto a técnicas teatrales?

Me facilita poder trabajar sobre mi propia dificultad. De más de diez espectáculos estrenados que tengo, son muy pocas las comedias a las que me animé (La muerte de Brian, La constancia del viento) a poner en escena. Me cuesta mucho el género porque tiene una estructura que no podemos decir que sea muy dura, pero que tiene varias reglas que no se pueden no respetar, y yo soy bastante irreverente con eso. Me cuesta atarme al campo de lo sistémico a la hora de escribir. Entiendo a la materialidad del teatro, independientemente del género que se trate, más parecido a los sueños que a las fórmulas o manuales. Es más difícil, lento y caótico trabajar de esta manera, pero en mi caso, más honesto y mucho más productivo a la hora de ver los resultados. Pero para la comedia sí tengo en cuenta que los personajes estén bien facetados a la hora de delinearlos para que posteriormente, una vez encarnados por los actores, la actuación no quede plana. Sí le doy mucha bola al ritmo. No así al gag, no me interesa el chiste. Sí el humor que deriva de la situación y para eso tiene que haber situación. Y sin personajes no hay nada. Entonces hago principal hincapié en las actuaciones. Si hago comedia, a lo que más bola le doy es a la elección de los actores porque en definitiva, a la hora de la verdad (el escenario), son los que más saben. Y por supuesto este género en lo personal, además de desafío, me proporciona alegría, me divierte; me gusta reírme porque me cuesta, y cuando lo logro es una conquista. Lo que sí nunca pensé es que con tanta dificultad para el género iba a terminar actuando comedia, es el colmo. Hacía más de 15 años que no actuaba nada y volver así fue duro. Pero ahora que me desoxidé un poco, lo disfruto enormemente y me animo a decir que como autor y director de comedia soy un gran actor (Pablo sonríe).

¿Qué autores de comedia frecuentás como modelos?

No tengo modelos. No me gusta el concepto. Me suena a repetición, a serie, a copia berreta, a forma y fórmula. A mí no me sirven los modelos. Soy malo imitando. Puedo dialogar artísticamente con un montón de otros autores, claro, y me encantan muchos, pero no me interesa tanto ponerle especial atención a los que están muy definidos dentro de un género como elemento canónico, ni de comedia ni de ningún otro género. O sea, sí me puede interesar una gran obra de un gran autor (o muchas), pero no tengo faros de géneros. Hay cierto humor en algunos dramaturgos que me encanta y que tiene que ver con algo ligado más al orden de la sorpresa, de lo inesperado, a la socarronería, pero por lo general estos no son autores de comedias, son autores en los que el humor atraviesa su obra. Sí admiro a grandes escritores por su contracción al trabajo, lucidez y pasión pero no funcionan como modelos para mí. Sí, como dije antes, como faros pero desde un concepto mucho más tutorial. Mis maestros son mis referentes, eso sí.

PabloIglesias

Funciones: lunes 20 h

Teatro Porteño: Av. Corrientes 1630 – CABA

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