El otro hermano: sin un héroe en este lío

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“Load up on guns, bring your friends / It’s fun to lose and to pretend / She’s over-bored and self-assured / Oh, no, I know a dirty word // Hello, hello, hello, how low? With the lights out it’s less dangerous / Here we are now, entertain us / I feel stupid and contagious / Here we are now, entertain us”

Más allá de las posibles interpretaciones existentes acerca de la afamadísima canción de Nirvana, lo cierto es que marcó a fuego a una generación de jóvenes. En Argentina podemos arriesgar a decir que esos jóvenes eran muchos de los que padecieron los efectos de haber nacido bajo el signo del miedo, bajo el dominio del terror. Estos jóvenes, que se encontraron en la década de los noventa con el mismo modelo económico de la dictadura, se rebelaron frente a todo y dejaron de creer, si es que en algún momento habían llegado a construir una base mínima de confianza. Al menos en este caso pudieron creer en la música. Las canciones de Cobain y compañía expresaron para muchos esa rebeldía y sobre todo Smells like a teen spirit: “Carga las pistolas, trae a tus amigos. Es divertido perder y fingir.”

La pericia técnica de Israel Adrián Caetano para manejar con maestría el suspenso, la violencia, el humor y demás condimentos cinematográficos (me tomo la licencia de utilizar una metáfora culinaria a sabiendas de que corro el riesgo de que no sea del todo acertada) es innegable. No hay dudas de que es uno de los directores más coherentes y personales de la cinematografía nacional actual. El caso particular de El otro hermano es una obra por encargo, sin embargo él asume categóricamente su carácter autoral. Dicho esto, me doy el permiso de preguntarme desde dónde nos habla Caetano. Una posible hipótesis es que nos interpela desde allá lejos en el tiempo y el espacio. Con respecto al tiempo me remito a lo expresado en el primer párrafo de esta nota. En cuanto al territorio, somos invitados a un espacio yermo, fatal, descorazonado y que además se ubica en una zona apartada de provincia, reducto aparente de la barbarie según el anterior gerente de la cartera de hacienda, donde reina la ley del más fuerte. La ciudad capital del país no parece ser el campo de batalla como en el caso de Pizza, birra y faso o Bolivia, por citar algunas otras obras del director nacido en el país hermano de Uruguay, sino un pequeño pueblo del árido norte chaqueño.

Es que solo queda la desazón? En El otro hermano todo está perdido, no hay salvación posible. Son (somos) todos culpables, algunos más que otros. Parece que el placer está en la cantidad de billetes que se van acumulando primero en frascos y después en las urnas mortuorias donde se hallaban, hasta antes de ser arrojados al inodoro, los restos de los familiares fusilados. En eso parece estar el goce. Y en eso está lo delicado del asunto. Incluso el personaje de Ángela Molina (seguramente incluido por la necesidad de tener que coproducir con España. Estas cosas casi nunca salen bien. El tono de actuación de ella no termina de entretejerse con el del resto), que parecería ser el único capaz de escapar a la lógica de la falta de escrúpulos generalizada, también está señalado como culpable, al sugerirse que mató a su primogénito.

Las ideas escépticas de “este mundo no tiene solución” y/o “son todos corruptos” vende fácil. Son temas de cómodo acceso y del que todos en algún momento podremos disfrutar, porque allí ya no hay nada más que hacer. Lo difícil es plantear alternativas frente a eso, reflejar las complejidades que emanan de esas certezas provisorias. Caetano no parecería estar interesado en ello, por lo menos en este caso.

Hendler encarna a un ex empleado público que acaba de ser despedido porque “no hacía nada” según palabras del personaje. En este contexto solo cabe una lectura: Era parte de un numeroso grupo de personas que cobraban un sueldo del Estado y que se rascaban a cuatro manos. El famoso ñoqui. “Bien echado” aclamarían varios acaloradamente  y a viva voz. He aquí una idea un tanto polémica porque es la que utiliza el gobierno actual como excusa para despedir o no renovar contrato intempestivamente a cientos de trabajadores y trabajadoras estatales.

En El otro hermano (el título del libro era bastante más interesante) la identificación es imposible. No hay manera de empatizar con los personajes. De ese modo Caetano nos deja fuera. Siamo fuori. Quizás por eso al final el personaje de Hendler nos abandona adentro de la camioneta y, casi con vergüenza de niño, solo nos está permitido verlo a través de un espejo cómo se aleja con el botín ensangrentado. Quedamos atrapados en esa fatalidad.

El personaje de Sbaraglia (Duarte), muy bien interpretado por cierto, pierde en potencia porque desde un comienzo ya sabemos prácticamente todo de él. Responde a un estereotipo y desde allí también es que es posible su gracia. Qué tenemos para descular acerca del personaje de Hendler (Cetarti), en apariencia un cero a la izquierda que decide sobre la vida y la muerte? Quizás solo que su destino final es una playa desértica del norte de Brasil, planteado como lugar idílico. Espacio que se construye sobre la idea de no ver a nadie, ni hacerse responsable por nada. El vacío. Hacia allí nos parecería indicar el personaje de Hendler que se encuentra el camino al paraíso, aunque al final nos abandone en la camioneta para irse solo. Entonces me pregunto: qué nos quiere decir Caetano con El otro hermano. Quizás nada más allá de someternos a la desolación que genera el pensar que no hay héroes en este lío de machos “comunes” y “peligrosos” que someten y a quienes no les importa nada ni nadie.

Creo haber encontrado un pequeño atisbo de humanidad en la película (Quizás haya algún otro desperdigado). Ese que recuerdo y que es fundamental para el desarrollo final de la historia corre por cuenta del hermanastro, personaje encarnado en el cuerpo del joven Alián Devetac (su debut actoral fue en La tercera orilla, de Celina Murga). Su participación merece destacarse como una de las más verosímiles y casi la única que se ve expuesta a una compleja transformación. El resto se mantiene incólume frente a las desgracias que desbordan la película. La coach actoral María Laura Berch es quizás una de las claves para comprender el proceso de Devetac.

Caetano parece haber rascado el fondo de la olla del horror a ver si encontraba algo y lo único que descubrió fue más horror. A diferencia de él, Luis Ortega con la historia de los Puccio logró revelarnos un universo enriquecido.

Para el final nos quedan los tiros, la sangre, la guita y la esperanza de un destino mejor, aunque en el fondo todos sabemos que va rumbo a un fracaso irremediable.