Comienzos que atrapan

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Abrimos un libro, y entonces se pone en marcha una ceremonia íntima, personal, un encuentro que no se compara con ningún otro. Quedamos solos frente a palabras que se trenzan en historias que nos conmueven, nos divierten, nos hacen pensar. Acompañamos las vidas de personajes que siempre son un poco como nosotros; sufrimos y gozamos con ellos. Y cuando el libro llega a su fin, sentimos un vacío, volvemos unas líneas o unas hojas atrás, releemos fragmentos y comprobamos una y otra vez que la lectura es uno de los placeres más extraordinarios que tenemos.

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Atraparnos a los lectores desde primer párrafo no es tarea menor, y los escritores saben cuán importante es un buen comienzo. Es que en la narrativa, como en la vida, los inicios conllevan expectativas; y como decía Roberto Fontanarrosa, «no se puede admitir que alguien comience a leer un libro escrito por uno y lo abandone. O que lo hojee en una librería, lea el comienzo, lo cierre y se vaya como el más perfecto de los cobardes. Allí tiene que quedar atrapado, preso, pegoteado».

En Leedor, recordamos esas primeras líneas de algunos clásicos de la narrativa; unos pocos, pero alcanzan para evocar aquellos textos que nos obligaron a sentarnos, a seguir leyendo en el colectivo o a quitarle unas horitas al sueño.

David Copperfield (1850), Charles Dickens

Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas páginas. Para empezar mi historia desde el principio, diré que nací (según me han dicho y yo lo creo) un viernes a las doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, el reloj empezó a sonar y yo a gritar simultáneamente.

Teniendo en cuenta el día y lo hora  de  nacimiento,  la  enfermera  y  algunas  comadronas  del  barrio  (que  tenían  puesto  un  interés  vital  en  mí  bastantes  meses  antes  de  que pudiéramos  conocernos  personalmente)  declararon:  primero,  que  estaba  predestinado  a  ser  desgraciado en esta vida, y segundo, que gozaría del privilegio de ver fantasmas y espíritus. Según ellas, estos dones eran inevitablemente otorgados a todo niño (de un sexo o de otro) que tuviera la desgracia de nacer en viernes y a medianoche.

La metamorfosis (1915), Franz Kafka

Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. Estaba echado de espaldas sobre un duro caparazón y, al alzar la cabeza, vio su vientre convexo y oscuro, surcado por curvadas callosidades, sobre el cual casi no se aguantaba la colcha, que estaba a punto de escurrirse hasta el suelo. Numerosas patas, penosamente delgadas en comparación al grosor normal de sus piernas, se agitaban sin concierto.

El túnel (1948), Ernesto Sabato

Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona.

Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase «todo tiempo pasado fue mejor» no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que —felizmente— la gente las echa en el olvido.

El guardián entre el centeno (1951), J. D. Salinger

Si de verdad quieren que se los cuente, lo primero que probablemente querrán saber es dónde nací, cómo fue mi infancia de porquería, qué hacían mis padres antes de tenerme y todas esas idioteces a lo David Copperfield, pero, para serles sincero, no tengo ganas de ponerme a contar esas cosas. Primero, porque son temas que me aburren y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si dijera algo demasiado personal sobre ellos.

Pedro Páramo (1955), Juan Rulfo

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. «No dejes de ir a visitarlo —me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.» Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.

Rayuela (1963), Julio Cortázar

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

 «En memoria de Paulina» (1967), Adolfo Bioy Casares

Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecimos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribió en el margen: Las nuestras ya se reunieron. «Nuestras» en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.

Cien años de soledad (1967), Gabriel García Márquez

Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.