“Las obras son como piedras preciosas a las que hay que pulir”, Sol Rodríguez Seoane

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Sol Rodríguez Seoane es la autora de Plantas de interior, una obra que se construye en torno a la metáfora. El resultado es un texto en el que, más allá de la puesta, se destaca el trabajo artesanal con el lenguaje, como nos cuenta la misma Sol.

Con varios premios en su haber y con grandes maestros que la nutren y la nutrieron, Sol es una joven dramaturga, docente y actriz, en la que se nota una gran pasión y un gran respeto por el teatro y por la escritura.

Esta obra ya recibió premios y menciones, y vos también venís recibiendo diferentes reconocimientos, ¿qué significan todas estas distinciones en tu carrera?

A mí lo que me gusta de los concursos es que son anónimos. En general me va bien en el anonimato, sobre todo porque es una forma de reconocer el premio por su “pureza” sin otras cuestiones de por medio. En el fondo, los premios son para las obras, no para mí. A mí mis propias obras a veces me sorprenden. A veces me parece como si no fueran mías también. Digo, tienen su propia personalidad.

Actualmente he recibido 6 premios desde que empecé a escribir en el año 2005. Dos por Body Art y cuatro por Plantas de Interior. Susana Torres Molina fue jurado de las dos. Me acuerdo que me dio mucho placer cuando me la crucé, y me contó que se sorprendió cuando vio que Plantas era mía, porque no me había reconocido. “Abrí el sobre y eras vos otra vez”, me dijo. Doble halago porque eligió otra vez una obra mía, y siempre desconociéndome. Eso es lo mejor de los concursos, desaparecer detrás del texto.

¿Cómo definirías vos Plantas de interior?

Plantas de interior es una obra que surgió de trabajar en el microcentro. En esa época yo era empleada administrativa en la oficina de mi papá que realiza servicios de ingeniería civil, y me levantaba muy temprano para ir. Caminaba en invierno del subte al trabajo y observaba las palmeras imposibles de la Plaza Congreso. Me parecían muy extrañas esas plantas tropicales rodeadas de neblina invernal, como fuera de lugar. “Un  Londres con palmeras”, pensaba. Además vivía destemplada, porque lo mío no es levantarme temprano. Y después en la hora del almuerzo escribía la obra.

Y de esa “desubicación” de las  palmeras, nació Plantas. Gente trasplantada, pensé, personas que tienen frío cuando hace calor, que se sofocan cuando tienen frío. Personas que no saben lo que necesitan, que están destempladas, que no están dónde deberían estar, como las plantas de interior, que son plantas tropicales que no sobreviven en nuestro clima templado, por eso tienen que estar del lado de adentro para sobrevivir. Ellas deberían estar en la selva, pero están en el microcentro.

Es un poco como Laura Wingfield en El Zoo de Cristal también. Una sensación de inadecuación al medio. También tiene algo de la narrativa de Hebe Uhart, esos cuentos como joyas pequeñas y valiosísimas. Ah, y “El sobrino de Wittgenstein” de Thomas Bernhard, uno de mis escritores favoritos. De esa novela surgió la relación de amistad entre Jerónimo y Maximiliano, dos de los personajes de la obra.

¿Qué lugar ocupa la metáfora en tu escritura teatral?

La metáfora es, junto con el ritmo, una de las herramientas más potentes que uso para escribir. Siempre les digo a mis estudiantes (no solo a los de escritura, sino también a los de un colegio secundario en el que doy clase) que a veces en la escuela se enseña la metáfora como si fuera algo lejano e improbable, y la realidad es que todo el tiempo estamos en contacto con la metáfora. “Tomate un tacho hasta el centro”, “se me colgaron del cable”, “te serrucharon el piso”, “te pasaste de rosca”, “llegas en dos patadas”, todo el tiempo hablamos con metáforas. Justamente, la metáfora y el ritmo son los procedimientos discursivos que más dificultades presentan a la hora de la traducción, porque son intrínsecos del lenguaje en el que nacen. En dos ocasiones adapté textos de Shakespeare, y los problemas aparecían sobre todo con los chistes, pues el humor se basa básicamente en ritmo y metáfora. Por eso me baso en ellos para escribir, porque de esa forma trabajo con toda la materialidad del español, con todos sus recursos y limitaciones, como una artesana del lenguaje. Las obras como piedras preciosas a las que hay que pulir. Dramaturgia de alta costura.

Tuviste grandes maestros, ¿qué reconocés de ellos en tu trabajo como docente?

Los maestros son la historia de mi vida. Todo el tiempo los tengo presentes. Lola Arias fue muy importante en mi vida. Me abrió la perspectiva ampliamente. Las clases que doy actualmente se basan mucho en lo que ella me dio, los procedimientos de construcción…, eso lo aprendí de ella. Y ni hablar de Mauricio Kartun, un maestro vital e hiperexpansivo. Creo que nunca salí tan disparada a escribir una obra como cuando él me supervisó. Realmente, lee las obras como si leyera un mapa o una tirada de tarot. Mira y ve la forma potencial de la obra. Yo lo observaba en las devoluciones para aprender su mirada, para ver por sus ojos, sin juzgar ningún material, tan al servicio del otro. Y eso es lo que hago en mis clases ahora, estar al servicio del otro. Dar clase es difícil en ese sentido. Tenés que correrte de vos y observar, y no dar tu opinión personal porque podés estar matando algo que por ahí no llegás a comprender. Para mí esa es la diferencia entre un buen maestro y un mal maestro. Dejar ser al texto y servir al otro para algo. Dejar que la forma del texto del otro se desarrolle en todo su potencial.

Ellos me influenciaron enormemente. Luego tuve otros maestros que me marcaron. Rubén Szuchmacher y Graciela Schuster, en dirección, dos apasionados de lo escénico y también de la docencia. Les encanta dar clase y se les nota. Otra gran maestra mía fue y aún es la Dra. Liliana López, que es mi directora de Tesis y Sensei de la investigación. Hace un par de semanas se sentó conmigo a leer mi tesis línea por línea, durante ocho horas, hasta me dio sanguchitos de miga ¿qué director de tesis hace eso? Siempre tiene alguna lectura más para ofrecer, ella misma siempre está estudiando algo. La gente así me inspira. Y por supuesto, mis padres. Que siempre me apoyaron incondicionalmente y me dejaron en paz. A ellos, de verdad, mis primeros formadores, les agradezco infinito.

Yo soy una fanática del estudio, de la investigación. Soy lo que se dice “una eterna estudiante”, me encanta formarme y siempre estoy estudiando algo nuevo. Hice de todo: la Licenciatura en Actuación, la EMAD de Dramaturgia, la Maestría en Dramaturgia en la UNA (que ya estoy finiquitando la tesis) y hasta un profesorado de Yoga (de un año solamente, nada muy serio). Ahora, por ejemplo, estoy estudiando para guion de cine y televisión en el Laboratorio de Guion, coordinado por Patricio Vega. Aunque ya llevo 12 años como dramaturga, me sigue sorprendiendo lo que me dan a estudiar, y me voy agitada de la clase, como si cada martes y cada jueves recibiera una revelación. Hasta me cuesta dormirme, a veces.

Aunque no necesitara trabajar más, seguiría dando clase siempre. Me nutro de mis clases, me gusta el intercambio de información. Y me encantan mis estudiantes, que siempre vienen con algo nuevo para ofrecer. Incluso a veces estoy cansada y después de dar clase me siento revitalizada. Mis estudiantes me dicen que soy estricta en las clases, no sé. Es que si venís a mi taller, no tenés “más remedio” que escribir. No te queda otra, porque la escritura es como un deporte, como hacer bicicleta fija. Si escribís 20 minutos todos los días, algo va a suceder, no te quepa duda. Y saber que todos los estudiantes tienen algo auténtico para dar. Porque es así, porque todas las personas lo tienen. Lo que pocos tienen es fe en las personas. Pero yo la tengo. Y como todos sabemos, la fe mueve montañas. En este caso, mueve textos.

Formar y ser formado, esa es la cuestión para mí.

¿Cuál fue tu relación con Miguel Israilevich? ¿Hubo un intercambio de ideas en función de la puesta?

Mi relación con Miguel viene desde hace mucho, 15 años para ser exactos. Nos formamos juntos en la UNA (antes IUNA), y siempre fue un gran compañero profesional. Miguel es una persona con la que siempre puedo contar, porque siempre tiene una perspectiva diferente para ofrecerme. Él da vuelta mi mirada como un guante. Por eso hablamos mucho sobre la obra (porque hablamos mucho de todo básicamente), y lo que admiro de él, sobre todo, es cómo encuentra en mis textos eso que ni yo misma veo. Miguel es un gran director, que sabe trabajar con lo que hay y sabe dejarse de lado para dejar a la obra surgir. Es un poco como yo en ese sentido.

Puntualmente en Plantas de interior sucedió que es una obra que parece fácil; después de todo, ¿qué se puede esperar de seis personajes en un living? Pero lo que menos es Planta es una obra de living. El realismo queda fuera de la obra. Y eso es algo que lleva un tiempo entender. Miguel lo comprendió inmediatamente, y propuso un juego de puesta en escena basado en “el territorio” de cada personaje, como si cada uno de ellos fuera una planta que mientras está en su lugar se siente segura, pero cuando transita otros espacios está en peligro. Los diferentes lugares de ese living provocan diferentes acciones en los personajes, dejá vús de movimientos, repeticiones arbitrarias según cada espacio. Apenas me contó esta propuesta, yo tuve la certeza de que iba a estar genial. Lo supe apenas me lo contó. Como una verdad inconfundible.

¿Qué coincidencias temáticas presentan tus obras?

Es una hermosa pregunta. Yo nunca me puse a pensarlo, pero María Colloca (actriz de Plantas de interior y grandísima amiga mía), que ha participado prácticamente en todas mis obras, me dijo que en mis obras siempre se forman familias extrañas. Hace un tiempo rondaba en el mundo del teatro la temática de la “familia disfuncional”, como una familia que tiene problemas de funcionamiento. En mis obras se da el movimiento contrario. Casi ningún personaje es familia entre sí, pero se juntan y se “familian”, generando un vínculo familiar donde no lo hay. Como ese relato de Hebe Uhart en el que un hombre y un viejo traban una relación en una plaza, un vínculo que a la larga termina siendo de padre e hijo, aunque no lo son biológicamente.

En mis obras casi siempre pasa eso. Como me dijo Miguel una vez: “Casi todas las obras muestran vínculos aparentemente estables, que son falsos. Las tuyas en cambio, muestran vínculos en donde los personajes se ignoran en apariencia, pero debajo de la superficie, un amor auténtico los une”.

No son familia, pero funcionan. Encontrar familia donde no la hay. Y la sensibilidad. Son obras con el corazón frágil como una botella. Cualquier mínimo movimiento las hace estallar contra el piso. Y le recuerdan al espectador lo fácil que es romper el vidrio del corazón. Y también, lo hermoso que es un corazón cuando está limpio, y su transparencia deja atravesar la luz.

Plantas de interior

Teatro Porteño: Av. Corrientes 1630 – CABA; Funciones: sábados 22 h; Dramaturgia: Sol Rodríguez Seoane; Dirección: Miguel Israilevich

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