Yves Klein en Proa. Meditaciones de una visitante

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Quiero dejar en claro desde el comienzo que me resulta muy difícil ver una muestra con tal placer por el derroche en estos momentos del país y de buena parte del mundo. O en cualquier momento del país y del mundo. Aclarar también que solamente puedo aportar las sensaciones y las ideas que me surgen como alguien que disfruta el arte y transita galerías y museos. En ese marco, me queda clara la creatividad de Yves Klein que se manifestó desde joven diseñando su propia ropa (1), como performer creador del “Teatro del vacío” y el “Diario de un solo día”; como artista obsesionado por valorar al color por sí mismo.

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Klein nació el mismo año que Andy Warhol y quizás los una el enorme esfuerzo por hacerse conocer. Pero el consumismo y la frivolidad que se le criticaron a Warhol no ocultan sus planteos políticos y su registro de época. En este sentido, Klein resulta impermeable. A pesar, o quizás por, haber vivido los coletazos de la Gran Depresión de 1929 y el terrible impacto de la Segunda Destrucción de Europa durante su niñez y su adolescencia así como las consecuencias económicas que seguramente se manifestaban en Francia durante buena parte de su vida en la obra de Klein no hay contexto, de algún modo se ubica en el más profundo azul del espacio. Y ése, probablemente, haya sido su objetivo. Klein quiso adueñarse del cielo, de su azul. Y lo logró. El International Klein Blue (IKB) será una hermosa combinación de pigmentos registrada a su nombre el 19 de mayo de 1960.

El Azul Klein aparece en escena en Proa de manera grandiosa: una suerte de piscina/cielo llena de pigmento (2) sobre la cual el suave movimiento de un péndulo de Foucault, del mismo color, nos recuerda la deriva de nuestro planeta. Diversos objetos serán bendecidos con “su” color: una pequeñísima Victoria de Samotracia, un torso de Venus (3), corales y esponjas marinas (4) y, también, un calco de la cabeza y el torso de su amigo Arman (5).

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Según una versión, ese pigmento sería bastante tóxico y acabaría, muy tempranamente, con la vida de su dueño quien sería llamado por sus críticos, Klein el Monocromo.

A Klein no le será suficiente pintar de azul con sus manos, también usará a mujeres como “pinceles”. En la performance “Celebración de una nueva era antropométrica” dos mujeres se revuelcan desnudas en IKB ante un Klein vestido de smoking. El público escucha a una orquesta en vivo mientras las “pinceles” apoyan su cuerpo sobre grandes papeles desplegados, siguiendo expresas indicaciones del artista (6).

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Pero vayamos al derroche que aparece, en particular, con el oro. Lo usa con generosidad en fondos como el del calco de Arman y lo deifica en “El silencio es oro” donde sólo aparece este material. El pico de derroche aparece en una serie de performances en que lo tira al Sena. Klein se propone transferir las que llama “Zonas de sensibilidad pictórica inmaterial” a quienes quieran adquirilas y crea reglas para realizar esas transferencias.

Las zonas podrán ser, por ejemplo, una vista del Sena. El comprador deberá pagar con una cantidad de lingotes de oro fino y recibirá a cambio un elegante recibo que deberá quemar solemnemente, quedando sus datos en el talonario del carnet de recibos (7). La mitad del oro pagado será para Klein, la otra mitad será tirada al río, al mar o cualquier otro lugar donde no pueda ser recuperado (8). A partir de ese momento la zona de sensibilidad pictórica pertenecerá a quien la compre. Me cuesta mucho pensar que el gran escritor Dino Buzzati haya sido uno de esos compradores (9).

Y vuelvo a las mujeres. Klein no solamente las utilizó como” pinceles”. Decidió pintar con fuego diversos cuadros sobre un cartón especial muy resistente al fuego. En algunos de ellos tomó a una mujer desnuda y contorneó su cuerpo con un soplete. (10). El rechazo que me produce hoy esta idea me hace muy difícil acercarme a esas obras.

Me pregunto qué impactará más de esta muestra: el maravilloso azul, la creatividad, la misoginia o el enorme esfuerzo por llamar la atención a cualquier precio.