Sámi Blood, cine sueco-finés en Pantalla Pinamar

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Pantalla Pinamar suele presentarnos películas extrañas. Algunas, por factura no bien resuelta o por categoría telefilm, son olvidables, aunque sean de cine serbio o de cine australiano, y nos traigan la posibilidad más que escasa de asomarnos a sus producciones. Otras, funcionan porque despliegan su potencia afirmándose desde atributos que no son solamente cinematográficos. Por otro lado, en épocas donde la distancia entre géneros se tensiona y se convierte en casi casi un género propio, ver un cine tan narrativo, tiene su cuota revolucionaria. Por eso seguimos y seguiremos siempre con ganas de estar acá, felices de poder vivir una experiencia más que enriquecedora en el diálogo entre cines europeos y argentinos.

 Así, en el foco de los países nórdicos, es que vimos Sámi blood (2016), una producción sueca de Nordisk Film dirigida por  Amanda Kernells e interpretada por Lene Cecilia Sparroks junto a su hermana Mia Sparrok. 

Cuenta una de las tantas aberraciones etnocéntricas que han atravesado la primera mitad imperialista del siglo XX: la discriminación y marginalidad que los países nórdicos aplicaron hacia la minoría Saami, pueblo originario proveniente de la zona ártica que pobló y puebla zonas montañosas y heladas de Suecia, Finlandia, Noruega y Rusia. Su lengua es de origen fino-ugrio (por lo tanto no pertenece a la gran familia políticamente dominante en Europa conocida como protoindoeuropeo). Sus pobladores tienen rasgos físicos distintos a los genéricos de la península escandinava. La lengua saami (no lapona, Laponia es una manera impuesta desde afuera y considerada por tanto despectiva, de llamarlos) se calcula en 35.000 hablantes.

La historia está ambientada en la década del 30 y es en clave autobiográfica, ya que recupera la memoria de la abuela de la directora. El paisaje, impecablemente mostrado (la fotografía más que correcta de la película provoca cierta rebeldía melancólica que fortalece al menos en mi caso la identificación con el personaje), acompaña las disputas y hegemonías cotidianas en contra de esta minoría, y abre intersticios desde donde pensar lo políticamente correcto. >Porque la política habla del deseo sin victimizar.

La diglosia como instrumento de disciplinamiento (porque estos pueblos no son bilingües, no suman una lengua que utilizan libremente en viajes de intercambio, si no que se ven compelidos a hablar en una lengua de dominio y olvidar la propia), y resabios lombrosianos que fomentan el psicologismo biológico y la justificación de la incapacidad o la presunción de la delincuencia por el tamaño de una nariz sacuden al gran público que se sensibiliza con esta historia. El estudio etnológico del otro cultural como objeto de laboratorio y experimentación. Todos los supuestos que esta matríz de construcción/aniquilación de la alteridad tan típica de Occidente nos supo legar, y que hoy las sociedades están deconstruyendo con mayor o menor acento decolonial. Es interesante pensar que esta época es la que consolidó todos los prejuicios biológicos, étnicos, religiosos, de género, sexualidad, rasgos corporales, etc… sobre el que se apoya el tan mentado y debatido bullying escolar y laboral, porque sin dudas, el bullying fue la práctica imperial con la que Europa se dirigió a todo aquello que estaba fuera de su centro.

La protagonista se presenta desdoblada en dos edades, para explicitarnos dos momentos en este proceso de lucha por afirmar identidades que parecieran en peligro de extinción. Estas dos edades marcan dos momentos: un momento de ruptura, de independencia, de negación, y un momento de regreso e integración. Es la tensión íntimo/global desde el cual las comunidades se interpelan en la insurrección de sus culturas hoy.  El cine, buena parte del cine que no es mainstream, sabe navegar estas aguas, que sin dudas, conforman el mar por donde andamos buscándonos y resistiendo. Siempre celebramos escuchar otras lenguas, porque recuperan otras poéticas e historiografías posibles; se puede leer en todas mis notas que reseñan filmes que no son en la lengua del cine comercial holliwoodense dentro y fuera de EEUU esta afirmación.

Por ello se festeja esta película, se festeja esta historia, se festeja este festival, que tiene a su directora en la puerta saludándonos a cada unx al salir, feliz de que hayamos visto su trabajo. Son maneras tan distintas de plantarnos en el mundo, de recuperar lo común como la gran tarea, de abrazarnos y sentirnos en las disidencias, y Samiblood nos deja pensando de que la cosa, anda por aquí.