Es sólo el fin del mundo

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En enero de este año se estrenó Juste la fin du monde (2016), última película de Xavier Dolan.

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Andando sobre sus pasos. 

Louis (Gaspar Uliel) vuelve a casa tras 12 años lejos de ella, 12 años de postales en aniversarios, 12 años de frases cortas, 12 años de ausencia. En casa lo esperan su casi desconocida hermana menor, Suzanne (Léa Seydoux), su agresivo hermano mayor Antoine (Vincent Cassel), su tímida cuñada Catherine (Marion Cotillard), y su particular madre (Natalie Baye). La razón, anunciar su muerte, despedirse.

Esa es la trama de la última película de Xavier Dolan, quien al igual que su protagonista vuelve sobre sus pasos con una historia que sigue una temática a la que nos tiene acostumbrados: esas relaciones de amor/odio en donde la cercanía duele incluso más que la distancia. Ya hemos visto esto en J’ai tué ma mère (2009), Lawrens Anyway (2012), Mommy (2014), y el resto de su filmografía; la diferencia viene dada por la agresiva forma en que aborda estás relaciones.

Compuesta por planos sofocantes, como el verano por el que pasan los personajes del film, no hay un solo minuto en que la incomodidad y la tensión de esos primeros y cerradísimos planos no traspasen la pantalla, haciéndonos sentir agobiados de principio a fin. Ninguno de sus anteriores trabajos resulta tan agresivo en este sentido. Su particular uso de las cámaras lentas y coordinación entre imagen y música sigue presente, en menor medida, y sirven como bocanadas de aire que nos permiten seguir sumergidos en esa tensión. En dicha escenas, tanto Louis como  nosotros escapamos a reminiscencias de su pasado que nos permiten continuar en su presente.

Apoyándose en un elenco de lujo, Dolan dirige nuestra atención a la profundidad de sus personajes, a todo lo que no se dice y a todo lo que los ojos de sus actores pueden decir. Así percibimos la profunda soledad de Louis frente a estos extraños, a quienes ama y compadece pero con los que tiene poco o nada en común. Así se hace palpable el dolor de estos hermanos; de una Suzanne que lo ve como un mesías que viene a rescatarla o hacer soportable ese espacio al que llama “hogar”; de un Antoine que no resiente el éxito y libertad de éste sino su propio fracaso, el cual es más evidente por contraste; el dolor de una madre que ve como las alas de sus polluelos se atrofian al permanecer en su nido; el desconcierto de una cuñada, que parece siempre estar fuera de lugar.

Es una de esas reuniones familiares en las que se cuentan las mismas historias, en donde habrá risas fáciles, pero aún más fácilmente habrá gritos, reclamos y llanto. Un drama que llegará a su fin cuando él confiese la razón de su regreso, cuando tome en sus manos el control de su vida y les diga esta verdad que acallará todo, o tal vez no; porque si lo hace ¿qué les quedaría a ellos?.