Mary Flannery O’Connor y sus plumas

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“He aquí un ave curiosa que anda hacia atrás para ir hacia adelante por lo que mira atrás para ver adónde ha ido” Decía el letrero que anunciaba el metraje  “Gallina única mira hacia atrás”. Pero ¿quién era esa niña ceñuda de 5 años que en plena cámara enseñaba a su gallina dar marchar atrás desafiando las leyes naturales?

A modo de augurio podría decirse que la fama de Flannery empezaría a patas desobedientes. Bichera avícola desde pequeña, Flannery se volvió una coleccionista de aves con rasgos peculiares: un ojo verde y otro naranja, de cuello increíblemente largo, la cresta torcida, un cisne con un solo ojo, y un gallo de tres patas o 3 alas que buscó y no encontró. Pero, en consonancia a este amor emplumado por “rara avis” su literatura adoptó también su pasión por lo freak, lo extraño, lo absurdo.

A Mary Flannery O’connor la parió el sur profundo un 25 de marzo de 1925. Provino de una clase acomodada y beneficiada por una tía  feudal de amplias plantaciones en la ultra conservadora Georgia. Esta matriarca, Katie, les dio vivienda a su madre Regina y a Flannery.

Desde chica la pasión narrativa de Flannery fue casi instintiva. Luego de cursar estudios en Ciencias Sociales y un fallido paso por el periodismo. Terminó haciendo un máster en “Escritura literaria creativa” en la prestigiosa Iowa, a la tierna edad de 21 años. Inmediatamente, está chica tímida, de acento fuerte y look cristiano conservador fue un hit en el curso y en la literatura mundial.

Cristianismo Dark. Escritos entre 1946 y 1964, sus cuentos  y novelas.

Flannery ostentaba la imagen de escritora provinciana, con su vestido serie bien cerrado, medias blancas y zapatos de cuero brillante. Representaba, en apariencia, lo que podría creerse una dama honorable. Acunada por una familia católica de raíz irlandesa, el mundo cristiano con sus ostias, misas, comuniones, bautismos, peregrinaciones y milagros fue parte de su vida cotidiana.

Atravesada por un cristianismo acérrimo, la literatura de Flannery estuvo imbuida en la problemática de la fé, la moral y la ética. Pero lejos de un didactismo literario parroquiano,  se preocupó por mostrar la oscuridad que acechaba a la fé, en sus más oscuras paradoja.

En los cuentos de Flannery desfilan la llamada buena gente, los predicadores, los racistas, monstruos solo para demostrar que nada es lo que parece. Se descascaran los estereotipos y prejuicios dejando entrever fisuras, muecas de horror, ridiculo y absurdo. Porque con Flannery nadie se salva.

El abánico de personajes de Flannery es amplio. Un joven vendedor de biblias que estafa a una discapacitada, un bonachón obsesionado con “el bien” que termina asesinando a su  propio hijo, un joven académico progre incapaz de rebatir el sentido común de un barbero racista, un escritozuelo frustrado que culpa a su madre de su vacío artístico, una abuela estúpida que guía a una familia a su fin, un intersex que sacude la curiosidad de un pueblo como templo del espíritu santo, una niña filosofa que sabe demasiado, un negro elegante que se viste bastante bien, madres que de tontas son sabias, un viejo blanco creyente digno del Ku Kux Klan que mueren de amor por su negro y la lista sigue. Este cristianismo Dark que hace gala de humanos lunáticos, gente  de bien que chorrea contrariedad y prejuicio, gente decente atrapada y girando en la calesita siniestra de su realidad.

Muchos críticos se ocuparon de encasillarla dentro del gótico sureño, ese de lo grotesco casi fantástico, sin darse cuenta que lejos de retratar un mundo de “extrañezas”, logra deshacer imágenes y destapar la cloaca humana del ser. Porque si nada es lo que parece, entonces ¿qué lo es?

Mujer de granja, mujer de mundo

“En cuanto a las biografías, no habrá ninguna sobre mí por la mera razón de que las vidas que transcurren entre la casa y el gallinero no resultan apasionantes” dictaminó Flannery en una de sus cartas. Y sin duda, Brad Gooch su biógrafo se encargó de contradecirla en más de 400 páginas del  vívido retrato que hace de esta dama sureña.

Breve pero intensa la vida de Flannery fue una sostenida ebullición. Hasta los 26 deambuló en el mundo académico y literario fuera de su casa con timidez pero con seguridad apabullante. Forjó amistades con grandes escritores  de su tiempo, en especial con el poeta Robert Lowell. Así convivió en la comunidad artística de Yaddo y trabó relación con escritoras como: Elizabeth Fenwick,  Patricia Highsmith (autora de Carol), Carson McCullers que moría de amor por ella, así como con la aguda  narradora Katherine Ann Porter.

Fatídico, a sus 26 años Flannery fue diagnosticada con LES (lupus erimatoso sistémico). Y con esta enfermedad a rastras tuvo que volver a su hogar y vivir con su madre Regina en la estancia Andalusia  en el corazón de Georgia. Pero su vida social no se detuvo en medio de los yuyos.

Flannery se encargó de alimentar un fluido intercambio epistolar de todo tipo: desde su correspondencia con la comunidad cristiana, escritores y escritores, críticos, traductores, lectores y hasta con damiselas bien tortonas.

Una de ellas de sus más queridas, Betty Hester, Flannery mantuvo una intensa correspondencia con ella por 9 años hasta su muerte. Hester, escritora y pensadora autodidacta, compartía mucho en común con Flannery. A tal punto llegó su vínculo que la ex integrante de la fuerza aérea norteamericana le confesó la causa de baja: “comportamiento sexual inapropiado” con otra soldada. Ante esto, Flannery no duda en seguir firme con el intercambio epistolar e invitarla a su casa. Otra escritora torta y famosa con la que se carteó, fue nada menos que Elizabeth Bishop quien por esa época andaba entre las lianas de su amada brasileña y desde allí le escribía y telefoneaba. Flannery también la invitó a su casa. Pero la única que le insinuó sin éxito su amor fue Maryat Lee erudita religiosa, pionera del teatro callejero y descarada bisexual de su época. Sin declaraciones amorosas de ningún tipo, pero sosteniendo intensas amistades afectivas con hombres y mujeres el aspecto erótico es el más trunco de su ficción y su vida, aunque anduviera levantando tortas a lo loco. “Dime con quién andas y te diré quien eres” reza no sin razón el malicioso refrán popular. Dos personajes de Flannery, la sra Freeman y la sra Hopewell en su relato “La buena gente del campo” reflexionan:

-“Ya lo sé. Siempre he sido lista. Es qu’unos son más listos qu’otros.

-To el mundo es diferente -repuso la sra Hopewell.

-Sí, la mayoría lo es -dijo la sra Freeman.

-En este mundo hace falta toda clase de gente. -Yo siempre l’he dicho.

Muerte

A los 39 años el lupus le hace fallar el riñon y comienza su lento decaimiento. A pesar de ella es capaz de escribir hasta su última semana de vida, y planear su último libro de cuentas.

Lo que dejó sus dos novelas “Sangre sabia” y “Los violentos lo arrebatan” más sus 31 relatos cortos, fue breve pero de una calidad avallasante. Que me regalaran hace unos meses sus “Tiras Cómicas” fue un consuelo a mi ansía de Flannery. Devoré esta veta como viñetista  de pre escritura,  solo para descubrir que desde muy temprano aún en sus rudimentarios grabados, se percibía su acidez, ironía y un instintivo retrato humano.

¿Mi favorito? Una amplia y destartalada sonrisa flotante que apuntada por una flecha que dispara: Disembodied smile (Sonrisa incorpórea), que el que observa, rellene como le parezca. Capaz es así, como a mí me gusta sentirla cuando la leo. Como le haya escrito a una querida amiga Janet McKane, “Margaret, ¿estás lamentándote/ porque el Bosquecillo Dorado se deshoja?”. Mejor a su manera, mejor recordarla a carcajadas.