El teorema de Santiago

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El primer desafío de los directores de El teorema de Santiago debe haber sido tenido que ver con cómo hablar de una sola película para hablar del cine, “el oficio más maravilloso del mundo”.

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En el BAFICI 2015 la proyección en la apertura de El cielo del centauro, film-regreso del gran Hugo Santiago, tuvo recepción dispar. Había significado, y con esta distancia de tiempo que pasó de aquella función lo confirmo, una mirada hacia el pasado de la historia del cine argentino, tanta falta que hace, a la vez que un paso hacia adelante. Película rara, difícil, incomparable, analizada milimétricamente por este documental de Estanislao Buisel (Barroco) e Ignacio Masllorens que se estrenó este jueves 2 de marzoy que, les aseguro, es una maravilla.

Buisel viene de la ficción, Masllorens del documental de creación (Japonesita, Habitat, Martin Blaszko II y III) y a pedido de la productora Unión de los Rios, documentan el proceso de idea, producción y pensamiento de la ultima obra de Hugo Santiago. Incluso, van más allá.

Casi como un manifiesto, El teorema de Santiago, expone de qué modo el cine es un acuerdo colectivo: la voz de los técnicos en esta película es tan importante como la película misma. Son los que asisten a la creación misma, los que se dejan llevar por la idea, los que se empeñan por entender lo inentendible: ese recóndito laberinto de la mente. Porque el arte es cuestión de mente, como dijo “ese gran cineasta” que fue Leonardo Da Vinci, en palabras de David Oubiña. Un acuerdo colectivo siguiendo esta vez la voz de un modo de hacer cine que es una “reliquia”.

Desde los distintos rubros del rodaje y la edición, Mariano Llinas, Agustina Llambí Campbell, Laura Citarella, Agustín Mendilaharzu, Juan José Cambre, Alejo Moguillansky se convierten en una sola voz: una voz descriptiva que nos habla directamente, sin intermedio sobre qué significa trabajar con un director que tiene ideas que solamente él entiende.

El espectador espía desde el comienzo: gran acierto de una película que podría convertirse en una obra para especialistas y no lo es. Que también podría ser una película sobre un film que poca gente vio, pero que termina hablando del cine. Es que El teorema de Santiago de entrada es atrapante: se estructura por los e-mails que se intercambian desde Santiago y LLinás, entre Buenos Aires y Paris, y luego entre Santiago y Buisel-Masllorens, y luego entre Buisel-Masllorens y Oubiña, dejando en evidencia qué cosa hay detrás de una idea o cómo una palabra o una imagen llegan a ser lo que es. Planos generales de esquinas de París y Buenos Aires, o mapas de Madrid, París y Buenos Aires, acompañan esa “voz lectora” de mails personales. La relación palabra-imagen parte de la voluntad del documental de creación, terreno conocido por Masllorens, y va hacia el cuerpo central del film que es el rodaje mismo y los problemas de producción. El concepto de encuadre, la obsesividad de la repetición de las tomas, la obediencia al guión (extravagante por momentos), la concepción del montaje como la ruptura moderna del tiempo, están allí, expuestos en su simpleza y su grandeza. Claramente mostrado en la escena de la edición de una escena junto con Moguillansky .

No hay temor a eso. Es que Santiago es un Moderno filmando en la contemporaneidad, un director que vuelve a filmar a su lugar de nacimiento, 50 años después, una pelicula que tiene que ser recordada como “un pequeño cuento de Buenos Aires”. Un constructor de teoremas como los grandes cineastas.

Cuando menos lo esperamos, El teorema de Santiago se convierte en el detectivesco camino hacia la resolución de u tneorema. Santiago, Buisel y Masllorens interpretan el enigma y saben manipular el evento y la sorpresa. Los 94 minutos son un soplo.

No se la pierdan.

 

Esta nota fue publicada durante el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires 2016