Whitewashing: sobre pieles y pantallas

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Entre las listas que detallan cuáles fueron las peores películas de la historia del cine es común la inclusión de “The Conqueror”, una superproducción de 1956 financiada por el magnate Howard Hughes. Rodada en una región de Utah que el gobierno había usado anteriormente para pruebas atómicas, casi la mitad  del equipo participante desarrolló alguna enfermedad durante las décadas siguientes debido a la radiación residual del lugar. Pero también es tristemente célebre por la actuación estereotipada de John Wayne como el emperador Gengis Khan, rodeado de un elenco completamente occidental hablando con impostados acentos asiáticos.

En el Hollywood de la era dorada estos castings anómalos abundaban y las estrellas eran aplaudidas por su ductilidad al interpretar personajes de distintos orígenes étnicos. Los historiadores coinciden en que – a pesar de la indudable carga ideológica que tienen estas representaciones – en aquella época no existía mucho lugar para las minorías en la industria. Por otro lado, al ser la narrativa clásica de los grandes estudios un mecanismo enraizado en lo artificial (la exaltación del realismo se hizo fuerte recién en los 60’), aquellas elecciones protagónicas no despertaban controversias. Por lo tanto varias generaciones crecieron en un mundo donde Fred Astaire interpretaba a un afroamericano, Natalie Wood a una aborigen, Mickey Rooney a un bufonesco japonés y Marlon Brando le daba su rostro al líder mexicano Emiliano Zapata.

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Si bien la mayor visibilidad que alcanzaron las distintas minorías y los logros en materia de derechos civiles de los últimos 50 años decantaron en más pluralidad en la pantalla, ciertos hechos parecen demostrar lo contrario. Durante los últimos años las críticas se alzaron contra películas como “Peter Pan”, “The Last Airbender”, “Argo”, “Aloha”  y “Doctor Strange” por repetir un mecanismo singular de tergiversación ficcional. Recién en los últimos años se le dio el nombre de “whitewashing” a la costumbre de otorgarle a un actor blanco la interpretación de un personaje de otra raza. Otros utilizan el término más amplio de “racebending” para así incluir a toda forma de adulteración racial en la ficción.

El estreno de “La gran muralla”, con Matt Damon como protagonista, reactiva el debate sobre una práctica que inevitablemente desemboca en la adulteración de la Historia. El realizador Zhang Yimou – figura importante en el cine chino desde hace más de 30 años – justificó su elección señalando que China debería enorgullecerse de tener una película de gran escala que proyecta al mundo una historia con fuerte raíces locales. Más sincero fue Ridley Scott, director de “Exodus: Gods and Kings”, quien al ser criticado por contratar solo actores blancos para ese film dijo: “No puedo montar una película de este presupuesto y decir que mi protagonista es Mohamed etc, etc, etc. Así nunca voy a conseguir financiamiento”. Una explicación menos materialista la brinda el psicólogo Jeffrey Mio al señalar que los ejecutivos de Hollywood, siendo en un 94%  personas blancas de origen europeo, se sienten cómodos trabajando con gente que consideran próxima: “A pesar de vivir en una sociedad multicultural todos tendemos a quedarnos en nuestros propios silos”.

Muchos pueden considerar que en los castings los realizadores deben priorizar el desempeño de los intérpretes ante todo, más allá de su origen. Sin embargo detrás de estas decisiones es posible encontrar un proceso de invisibilización de las minorías que no difiere de lo que ocurría con las compañías de teatro minstrel que recorrían Estados Unidos durante la segunda parte del siglo XIX con actores caucásicos pintándose la cara y perpetuando estereotipos afroamericanos.

Este proceso no es exclusivo de Hollywood. Muy pocos conocen que en la venas de Alejandro Dumas, emblema de las letras francesas, corría sangre negra. La abuela del autor de “Los tres mosqueteros” era una esclava haitiana de quien había heredado su cabello motoso y piel trigueña. Sin embargo durante décadas la academia escamoteó esta información, mientras los pintores que lo retrataban se ocupaban de “europeizarlo” en sus obras. Reforzando esto, cuando en el año 2010 se estrenó la biografía fílmica “L´Autre Dumas” muchos objetaron la elección de Gerard Depardieu en el protagónico, solapando nuevamente el origen étnico del escritor.

Otro problema tiene que ver con los papeles asignados a los artistas de etnias minoritarias, muy atados a distintos arquetipos. Es lo que provoca que los actores asiáticos sean relacionados únicamente con el cine de artes marciales o, en el mejor de los casos, con el amigo nerd pero leal del protagonista. Por otro lado los hispanos son encasillados como dealers, trabajadoras domésticas, o fervientes católicos. Y no es necesario señalar el destino de los intérpretes de linaje árabe, villanos recurrentes. Pero en general los roles étnicos se reparten en dos grandes grupos: el de pintoresco acompañante cómico del protagonista (cómic relief) o portador de una sabiduría o poder mágico con el que ayuda al líder blanco. Cuando la mayoría dominante le otorga un exotismo a las minorías étnicas, estas quedan excluidas de los papeles de prestigio, poder y glamour, generalmente interpretados por las estrellas caucásicas.

Los casos más curiosos son aquellos en los que el realizador pertenece al grupo des-representado, pero igualmente privilegia la visión W.A.S.P. (siglas para blanco, anglosajón y protestante) de la historia, como ocurre con el citado Yimou o con el indio M. Night Shyalaman, quien en el casting de “The Last Airbender” – historia de imaginería oriental – solo incluyó a Dev Patel como el villano frente a un elenco totalmente occidental. Es lo que Frantz Fanon llamaba “epidermización de la inferioridad”, el momento en el que el dominado se ve a sí mismo a través de los ojos de quien lo domina.

Son tiempos de cambio para la industria cinematográfica. Países como China y Rusia emergieron como los consumidores más ávidos de cine industrial (de hecho algunas películas que fracasaron en EE.UU. recuperaron su presupuesto gracias a la taquilla lograda en esas latitudes), mientras que la tecnología permite una comunicación entre distintas razas y culturas de una gran inmediatez. En este nuevo contexto los pedidos de una representación más diversa de la Humanidad no se hicieron esperar, con varios grupos de estudio académico sobre el tema. Pero es fundamental el aporte de los fanáticos de libros y series que denuncian el “whatewashing” al que son sometidas sus historias favoritas al adaptarse a la gran pantalla.

En 1989 Spike Lee criticó con vehemencia “Conduciendo a Miss Daisy”, considerando el Oscar a mejor película que le otorgó la Academia de Artes y Ciencias de Hollywood como un premio a la imagen del afroamericano pasivo y servil. Todo lo contrario a “Haz lo correcto”, el film que Lee había estrenado paralelamente con una mirada mucho más compleja sobre los problemas raciales. Evidentemente el stablishment todavía no estaba preparado para aceptar la imagen de un hombre de color combativo, prefiriendo al paciente sirviente por sobre los hombres de acción. Hoy películas que embanderan la diversidad como “Talentos ocultos”, “Fences”, “Moonlight” y “Lion” encabezan la temporada de premios, en fuerte contraste con una coyuntura política que no parece incentivar la tolerancia. En este contexto es bueno recordar que la misma naturaleza profunda de la proyección cinematográfica parece favorecer a la diversidad. Después de todo el único momento en el que la pantalla queda totalmente en blanco es cuando la película termina.