La escasez de talles: un corsé social para la mujer

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La publicación en la red social Instagram  de Brenda Mato –modelo de talles grandes, actriz y activista del cuerpo– hizo que tomara envión para compartir mis propias experiencias conflictivas con los talles en la indumentaria femenina. En la foto que trascendió, ella se muestra desnuda con un cartel que dice “no tengo que ponerme” y narra su experiencia en un centro comercial donde no encuentra talle alguno que le vaya bien. En mi caso particular, tomé este tema para ahondar en otras problemáticas que también están íntimamente ligadas con cuestiones de género que creo relevantes.

Hace algunos días fui de compras. Terminé deprimida. Ésta es la razón: no encontré talles. Talles que me fueran, es decir. Y no fui la única: notaba que las chicas con cuerpo de mujer, caderas incluidas, tenían dificultad para entrar en apretados jeans y vestidos que ajustan sin clemencia las curvas naturales del cuerpo femenino.  La verdad es que no hay talles. Cuando pedí un large, las vendedoras me miraron como si les estuviera hablando en otro idioma: sólo llegaban hasta el medium. Y en muchas casas ni siquiera respetan los talles. Hace poco leí una nota en donde se decía que los talles se han ido corriendo: lo que antes era un 38 ahora es un 42. Lo que hace pensar a muchas que engordamos cuando en realidad es la ropa la que se “achica”. Y la persona que padece de algún trastorno psicológico, que ya de por sí posee una percepción distorsionada de su cuerpo, se traumatiza aún más al ver que no hay talles para ella. En otras palabras, a las personas que tienen cuerpos sanos, el mercado les hace pensar que son enfermos. Y podríamos agregar que a las personas con cuerpos más cercanos a los enfermos, el mercado las pone como modelo de sanas. Modelos en todo sentido. Basta tan solo con hacer zapping en la tele o abrir una revista femenina para darse cuenta de que la imagen de un cuerpo flaco es casi venerada y el que lo posee es puesto en el lugar de un ideal. Mientras, los que no alcanzamos este ideal somos excluidos de la industria de la moda, y lo digo solo como un ejemplo de muchas otras exclusiones.

Justo cuando parece que la mujer se libera y puede entrar al mercado laboral, tener igual derecho que los hombres para opinar libremente sobre muchos temas, educarse, ser profesional; recrudecen las formas más terribles de exclusión y violencia contra el género femenino. Y también asistimos a otro tipo de violencia psicológica que tiene que ver con la escasez de talles: hay marcas de ropa que quieren determinar cuáles son los cuerpos aceptados, bellos, normales y cuáles son los que deben quedar fuera del sistema. La mujer entra en un nuevo corsé: tiene que poder ajustarse al nuevo modelo femenino que se ha venido perfilando en los últimos años, el de una mujer esquelética, flaca al borde de la enfermedad, sin panza, sin cola, sin grasa; es decir, sin los atributos que caracterizan a la mujer misma.

Pensar que hace algunas décadas, Marilyn Monroe dejaba a todos sin habla con sus impactantes curvas. El ideal de aquella época era claramente diferente. Algunos podrían decir que, tal como ahora las mujeres más curvilíneas se ven discriminadas, en aquellos tiempos eran las flacas las que quedaban afuera. Podría ser cierto. Cada época determina cuál es su modelo de belleza y este inevitablemente dejará a gente afuera. Pero una cosa puedo afirmar con seguridad: que aquel modelo era más sano y menos exigente con la mujer, ya que no la forzaba a someterse a dietas tan estrictas que hacen tambalear la salud mental y física de más de una.

¿Cuántas veces hemos ido a cenar o a tomar el té con amigas que directamente no comen, se piden sólo un cortado chico o se la pasan media hora leyendo el menú tratando de adivinar cuál será el plato con menos calorías? ¿Es deseable vivir así? Paradójicamente, en una época hedonista, donde el placer se prioriza por sobre todas las cosas, a la mujer el placer de la comida le es negado. Ni hablar del consumismo, somos inducidas a todo tipo de consumos de manera constante para embellecer (y cuestiono este término) nuestro cuerpo, pero ¿qué pasa con el consumo de comida?, ¿solo podemos comer postres y yogures light?

Me parece que estamos viviendo en una época que es lisa y llanamente persecutoria de la mujer en muchos aspectos (la discriminación en el mundo de la moda es la punta de un iceberg que habla de otras conductas misóginas). Esto no es nuevo y no soy la primera que lo dice: la mujer tiene que ser eficiente y exitosa en su trabajo; buena ama de casa; organizada como para poder pasar tiempo con su familia, limpiar y ordenar; atender a los niños cuando se enferman, darles de comer, cuidarlos, ocuparse de que hagan la tarea; y como si esto fuera poco, se le exige que sea sexy, buena amante y que tenga un talle que no pase del 40.

Creo que la escasez de talles es un reflejo perfecto de lo que nos está pasando a las mujeres: nos quieren hacer encajar en un modelo imposible, un corsé demasiado ajustado. A pesar de que, como sociedad, nos jactamos de aceptar la diversidad ideológica y  religiosa, por ejemplo, el modelo femenino estético imperante no se discute. Somos democráticos y pluralistas cuando nos conviene. Somos posmodernos, abiertos a lo múltiple y a aceptar distintos puntos de vista, pero cuando se trata de la mujer, le exigimos un modelo de cuerpo único. Considero que esta exigencia física es una forma más de sometimiento.