Espanoramas 2017: El Bosco

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La 3era Muestra de Cine Español en Buenos Aires cerró el 15 de febrero en el cine Gaumont con El Bosco, un excelente documental de José Luis López Linares, quien nos sorprendiera con Asaltar los cielos (1996) documental que realizara junto a Javier Rioyo, una historia sobre el hombre que asesinó a Trosky, o con A propósito de Buñuel, entre otros, también junto a Rioyo (2000) y con más de 40 documentales en los cuales realizó su fotografía, como Calle 54 (2000) de Fernando Trueba, un tributo al Jazz Latinoamericano, y así siguiendo. Con la particularidad de elegir -casi siempre- temáticas que tienen que ver con la música, el cine y el arte. Su nombre, claro está, es una rúbrica del cine español. Directores como Carlos Saura, Francisco Regueiro, Felipe Vega, Emilio Martínez Lázaro, Gerardo Vera, Francisco Lombardi, Alain Tanner fueron algunos de los nombres a los cuales acompañó como director de Fotografía.

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Este documental fue creado para conmemorar los 500 años de la muerte del Bosco en el Museo de Prado en 2016. Y su estreno fue parte de muchas acciones que se realizaron para este gran acontecimiento, que revolucionó no sólo a España, sino al resto del mundo. Y que tuvo muchos préstamos de museos de otros países para lograr reunir la mayor parte de la obra de El Bosco, para realizar la excelente muestra que se llevo a cabo en el Museo del Prado comisariada por Pilar Silva.

El documental no posee ni un narrador, ni un hilo conductor, sino que está concebido como una “Conversación alrededor del cuadro” que es, por otra parte, la tesis de Reindert Falkenburg, quien viene estudiando la obra hace más 10 años, y en quien se basa José Luis López Linares para realizar su documental.

A lo largo de 90 minutos y ampliado en 3 dimensiones vemos a un grupo de espectadores que lo contemplan extasiados. Son especialistas en diferentes áreas de la cultura y de la ciencia: Cees Noteboom, Salman Rushdie, Laura Restrepo, Orhan Pamuk, Miguel Barceló, Michel Onfray, Nélida Piñon, José Manuel Ballester, Silvia Perez Cruz, Ludovico Einaudi, William Christie , Cai Guo Quiang, y por supuesto Pilar Silva, entre otros. Hay algo que los une, y es la mirada fija en la pintura, disfrutando…atrapados en su belleza fantástica.

Luego sabremos que estas personas realizarán una gran conversación, donde nos darán a conocer simple e improvisadamente su interpretación de la obra, con el bagaje que cada uno tiene, es decir con la experiencia que cada uno tiene, y con su modo de ver, entender, y percibir el mundo. Y eso se traduce también en darnos a conocer sus emociones, que es lo que quiere decir la frase de Andrei Tarkovsky en la cita del prólogo con que se inicia el film. Por lo que es lógico deducir, que cada vez que estamos frente a una obra de arte, lo que hacemos es hacer espejo y vernos a nosotros mismos. Y yo me pregunto: ¿que es el cine sino eso?.

Si cuando vemos un film, o contemplamos una obra de arte no llegamos a emocionarnos, seguramente que eso no es arte, como tampoco es cine.

El Jardín de las Delicias es probablemente una de las obras más fascinantes y enigmáticas del arte occidental, de alguien que tuvo ante todo, un espíritu libre para crear.

El film comienza con un ritual: el que realizan los guardias del museo todas las mañanas cuando abren sus puertas al público. El tríptico cerrado nos muestra en tonos de grises el 3er día de la creación del mundo. Y al abrirse, presenta en el panel izquierdo al Paraíso con la creación de Adán y Eva, a la Lujuria en el centro y a la derecha el Infierno. Este tema del ritual no es menor, sobre todo para aquellos que seguimos pensando que es bueno mirar las obras de arte en los museos, o mirar las películas en el cine.

El mundo que nos presenta el Bosco, no sólo tiene que ver con la realidad que lo rodea, sino que su pintura da cuenta de otros mundos, donde lo espiritual, lo metafórico, lo divino, lo onírico, lo surreal, y porque no lo paródico, se hacen presente en sus imágenes.

El tema es que esa conversación se viene manteniendo desde hace 500 años: se inició en el palacio del Duque de Nassau en Bruselas, primer destino del tríptico, donde sus dueños solían invitar a la élite de la época para poder hablar sobre lo divino y sobre lo humano. Sobre los instintos, y sobre lo que era, o no era pecado. a esa estrategia es a la que apela su director, para contarnos la historia.

También el público de diferentes nacionalidades charlan todos los días sobre los significados y sobre los enigmas que rodean al Jardín de las Delicias. Muchos ya han visto el cuadro por internet, y eso no es bueno, ya que esa supuesta familiaridad que se establece con la obra, no es tal, porque contrasta absolutamente con su extraña iconografía… en el momento en que se enfrentan cara a cara con el cuadro.

Y también el propio cuadro contiene escenas donde sus personajes hablan, cuchichean. Y esa conversación no es sólo verbal sino corporal, porque también los cuerpos hablan, intercambian miradas, juegan, gozan, sienten placer, pero también sienten miedo. Porque saben que serán juzgados y castigados.

Se sabe que el Bosco era un hombre culto, que había heredado esta profesión de su padre, de su abuelo, y de su bisabuelo, y que estos le habían transmitidos sus secretos para crear los colores y hacer sus pastas, a las que se cree agregaba claras, entre muchos otros ingredientes. Secretos de familia… como si fuesen recetas de cocina. De su biografía se sabe muy poco, se sabe sí, que era un hombre muy religioso, de hecho pertenecía a una cofradía, a la cual asistía todas las semanas, y en la cual pinto su altar. Pero paralelamente fue absolutamente revolucionario artísticamente hablando.

La rotunda transgresión artística del Bosco parece radicar, en haber trasladado los dibujos de los márgenes de los manuscritos medievales hacia el centro de la pintura de caballete. Y dentro de ella dibujar, con pincel fino y lupa, esos personajes minúsculos, que vemos se debaten, entre lo humano y lo bestial, y entre el realismo y la caricatura. Para poder criticar lo inmoral y al mismo tiempo celebrarlo. Y para juzgar los pecados, y a la vez romper con las normas… para luego reírse de ellos.

Cómo se podrán imaginar que 500 años de conversaciones han dado lugar a innumerables interpretaciones: sus animales gigantes, sus frutos… un billete al placer, los encuentros sexuales inimaginables, la arquitectura futurista… los instrumentos musicales.

En el panel la derecha está sin duda la escena más importante del infierno del arte occidental. Y en ella estos instrumentos son los elementos de tortura. Y esto es impresionante. Porque estos hombres y mujeres están en pánico, porque son torturados no sólo físicamente, sino mentalmente En una de las escenas hay un condenado aplastado por un laúd que lleva grabado en sus nalgas una partitura hasta ahora desconocida, porque fue analizada en el contexto de la crítica de arte, y se pensó que no era real.

Lo cual a dado lugar a una canción tocada con laúd y arpa, e interpretada como canto gregoriano. Titulada Butt song from hell, y que tiene una traducción literal poco feliz. Algo así como la Canción del trasero del infierno.

Es innegable que el documental de José López Linares es muy didáctico para entender la inmensa importancia de El Bosco, y su posterior influencia en el mundo del arte. Para lo cual se mostró al Gran Masturbador de Dalí. Podría pensarse en tantísimos ejemplos, incluso literarios, vale pensar en Lewis Carrol, y su Alicia en el país de las maravillas, con esos conejos que nos miran y nos hablan.

Esta obra ha dado lugar y seguirá dando lugar a través del tiempo… a infinitas interpretaciones. Y su director ha querido mostrarnos en todo caso las preguntas que se hacen estos especialistas, y cuan abierto seguirá este tema, ya que “El Jardín de las Delicias” se resiste una y otra vez a la interpretación. Y seguramente esta fue también la idea de su autor. Porque no sabremos en su real dimensión que quiso decir con estos dibujos, alguien que pintaba como un dibujante, y dibujaba como un pintor, comentario que hace Pilar Silva frente al cuadro, otra gran estudiosa y amante de la obra. Por lo que las respuestas certeras son pocas en esta larga conversación de 500 años.

Pertinente es comentar que a finales de la década del 80 el gran poeta español Rafael Alberti le puso palabras al Jardín de las Delicias, allí también se realizó una filmación, de una conversación frente a la obra en el Museo del Prado, que fue transmitida por la televisión Española.

Un documental excelente y mágico, para no dejar de ver.

Sin fecha de estreno.

Aprovecho para consignar el poema de Rafael Alberti, cuyo trabajo lúdico con el lenguaje escapa de la función referencial, y donde la estructura fonética se constituye en juego, en balbuceo infantil, en trabalenguas. Un deliberado y deformante trabajo con el significante. Trabajo que establece de algún modo una analogía con la pintura del Bosco. Porque así como el poeta juega con el lenguaje, el pintor juega con las imágenes. Y ambos se ríen.

EL BOSCO Poema de Rafael Alberti

El Diablo hocicudo,

ojipelambrudo,

cornicapricudo,

perniculimbrudo

y rabudo,

zorrea,

pajarea,

mosquiconejea,

humea,

ventea,

peditrompetea

por un embudo.

Amar y danzar,

beber y saltar,

cantar y reír,

oler y tocar,

comer, fornicar,

dormir y dormir,

llorar y llorar.

Mandroque, mandroque,

diablo palitroque,

¡Pío, pío, pío!

Cabalgo y me río,

me monto en un gallo

y en un puercoespín,

en burro, en caballo,

en camello, en oso,

en rana, en raposo

y en un cornetín.

Verijo, verijo,

diablo garavijo.

 

¡Amor hortelano,

desnudo, oh verano!

Jardín del Amor.

En un pie el manzano

y en cuatro la flor.

(Y sus amadores,

céfiros y flores

y aves por el ano.)

Virojo, pirojo,

diablo trampantojo.

El diablo liebre,

tiebre,

notiebre,

sepilipitiebre,

y su comitiva

chiva,

estiva,

sipilipitriva,

cala,

empala,

desala,

traspala,

apuñala

con su lavativa.

 

Barrigas, narices,

lagartos, lombrices,

delfines volantes,

orejas rodantes,

ojos boquiabiertos,

escobas perdidas,

barcas aturdidas,

vómitos, heridas,

muertos.

Predica, predica,

diablo pilindrica.

Saltan escaleras,

corren tapaderas,

revientan calderas.

En los orinales

letales, mortales,

los más infernales

pingajos, zancajos,

tristes espantajos

finales.

Guadaña, guadaña,

diablo telaraña.

 

El beleño,

el sueño,

el impuro,

oscuro,

seguro

botín,

el llanto,

el espanto

y el diente

crujiente

sin

fin.

Pintor en desvelo:

tu paleta vuela al cielo,

y en un cuerno,

tu pincel baja al infierno.