Una defensa del Iluminismo

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Es tiempo de defender al Iluminismo. Luego de la irrupción del postestructuralismo y el posmodernismo, tenuemente a comienzos de los 60 y con fuerza a partir de los 80 y sus críticas, fundadas, al Iluminismo y a la Razón, es tiempo ya de ensayar alguna respuesta. No pasemos por alto el hecho que ya el Romanticismo había dado cuenta de los excesos iluministas. Frankenstein, por caso, es un claro ejemplo de esos límites. Mary Shelley conocía de primera mano a dos de los representantes más conspicuos de esa corriente: William Godwin, padre del Anarquismo y de ella misma y Mary Wallstonecraft madre del Feminismo y también de Mary. El monstruo es un logro de la Ciencia, Víctor es un científico, pero es también el fruto de su propia irracionalidad; un claro límite al optimismo exagerado del Iluminismo.

Claro, los horrores del siglo XX, en especial la II Guerra Mundial, fueron un síntoma evidente de los límites a la idea de progreso y racionalidad. El Holocausto no podía ser justificado bajo ningún concepto. La miseria y el espanto, al fin y al cabo, forman parte de la historia de la humanidad. La lucha por el derecho de las minorías, exigía “epistemes” que tomaran en cuenta las múltiples identidades, no había lugar para los “grandes relatos teóricos”. Pero cuidado, la negación de la Racionalidad, nos puede llevar de vuelta directo al infierno del que queremos escapar.

Y es cierto que la Ilustración fue también la época de la exageración. Sus estilos artísticos lo demuestran con contundencia. El Barroco, cuyo significado quiere decir “perla deforme” y su hijo bastardo el Rococo, son las referencias estéticas, que, dotadas de un preclaro modernismo, marcaron la tendencia del época. Y claro que lo hicieron desde la hipérbole, donde lo exótico, el extremo rosado (¡el color preferido de María Antonieta!) y el arabesco fueron el punto de partida y el de llegada, el alfa y el omega de un estilo circular y recursivo como una fuga de Bach.

Pero no todo fue sofisticación, decadencia y ostentación; si bien Europa se encontraba entre los estertores del modelo feudal y los excesos del Absolutismo (como una forma de parar la irreversible caída de la monarquía), se percibe ya el comienzo de una nueva era, la de la democracia representativa capitalista. Nuestro mundo actual. Por lo tanto, muchos de los que vivieron en aquella época, ya nos alertaban sobre los peligros que hoy estamos viviendo.

El abismo entre ricos y pobres era un verdadero azote, al que se le agregaban los problemas políticos. No había igualdad de derecho, ni siquiera teórica. La libertad de expresión, la libertad de cátedra o la libertad para investigar científicamente, eran quimeras por las que eran perseguidos muchos intelectuales (sólo mencionemos a Voltaire y sus idas a prisión). Las crisis económicas del capitalismo incipiente ya marcaban la cancha. Recordemos la primera burbuja especulativa de la historia moderna, la llamada “Crisis de los Tulipanes” y que ocurriera en los Países Bajos durante el siglo XVII. No tan diferente a la “Crisis de las Subprimes” que sufriéramos en el 2008.

Tal vez sea tiempo de rescatar del canasto de la guillotina, algunos elementos, que fueron centrales durante la brillante Edad de las Luces. Al fin y al cabo, fue durante la Revolución Francesa que se postularon los derechos del Hombre, aunque, claro, detrás de esa declaración, le cortaban la cabeza también a Olimpia de Gouges, quien había propuesto los derechos de la Mujer. Pero bueno, fue justamente esta época la del comienzo de lo que hoy conocemos como Feminismo. La igualdad que se planteaba, la misma del himno, no era una mera igualdad jurídica (como nos quisieron hacer creer ciertos apologetas de la burguesía), era, antes bien, una clara igualdad material, una verdadera igualdad de oportunidades.

El otro elemento importante es, claro, la idea de la Razón. Si bien sabemos, con certeza desde Freud, que no somos seres puramente racionales y la historia parece confirmarlo a cada paso, es cierto también que la herramienta cognitiva existe. En Inteligencia Artificial y en otros ámbitos de discusión científica, se suele hablar de una racionalidad acotada, o bien de racionalidad adaptativa. Esto implica una mirada más realista, ya que significa que no se puede tener toda la información necesaria para tomar una decisión, sino que hay que arreglárselas con la escasa información que uno posee y en función de ello, actuar. En este mundo, manda la incertidumbre.

Con lo intrincado y peligroso que se ha vuelto el planeta, donde el viejo y sano relativismo se exacerbó para dar paso a la peligrosa posverdad, es tiempo de retomar algunas de aquellas ideas iluministas y recordar que la razón, al menos acotada, es uno de los elementos fundantes de nuestra característica como seres humanos y uno de las pocas herramientas que pueden sacarnos de este atolladero.