La comedia musical antes de La La Land

0
0

Volver el tiempo atrás. (Re-Introducción a las películas musicales de Hollywood)

- Publicidad -

Antes de hablar, el cine primero cantó. Ya bailaba de antes. Los primeros musicales eran como el registro de una función filmada de burlesque.

Después, llegó alguien y se le ocurrió que la cámara no tenía por qué estar en el fondo de un teatro, sino que podía atravesar paredes, volar, ubicarse sobre decenas de bailarinas tocando violines de neón, sumergirse en una piscina para ver evolucionar a bañistas que ya no eran como aquellas del principio que causaban risa, sino estilizadas coristas de los años treinta al borde de lo porno, antes del código que después prohibió hasta los ombligos.

También –siempre con música- alguien creyó que podía mostrar largas filas de gente pidiendo pan, soldados que volvían desencantados de la guerra, asesinatos en pensiones mientras una sonriente chica de galerita y zapatos con moños zapateaba por una famosa calle Ell sería después una de las que tocarían esos violines. En ese momento de crisis y desempleo, vinieron bien esas coreografías de decenas de bailarines y bailarinas, centenares de escalones, con millones de estrellas en el firmamento, todo en estudios.

Hermoso escapismo en blanco y negro, tan genuino como inexistente en otro medio, que hizo soñar con que alguna estrella o astro saliera de la pantalla para vivir una aventura extramatrimonial. Las pautas del género se fueron armando. Tenores y barítonos acompañaron a las damas. Patinadoras, nadadoras y niñas cantaron y bailaron, jóvenes hijos de la farándula.

Entonces algún flaco que bailaba con su hermana, le puso alas a los zapatos y el tap, que era algo muy marginal, pasó a ser algo de sombrero de copa y frac, vestidos vaporosos, romances y viajes volando por países alejados, siempre en estudios. Y el color, brillante y primitivo le puso torres de frutas a bellezas importadas que coreografió aquel de los violines y esas extravagancias. La fantasía se imponía a las bombas, aviones y atrocidades de una nueva guerra.  Cuando terminó, después de un par de años de introspección y ahora con la generalización del color, el musical pasó a narrar otra cosa. No aquellas sombras de los treinta que nombramos, sino algo parecido a una historia de amor, pero con algo de arte. Los había de diferentes estudios, la Metro y la Fox fueron los que más se destacaron. Un bailarín algo retacón, junto con un joven director , le cambiaron la cara y sacaron a pasear las cámaras durante un día en la Ciudad opuesta a Los Angeles.

Después, un amante de las bellas artes llevó la acción a París, homenajeando a los impresionistas, mientras el retacón se animaba a cantar y bailar. Después, éste y el joven realizador se empaparon en el viejo Hollywood de un siglo atrás …perdón, era el Hollywood de hacía unos veintipico años atrás, pero había pasado tanta agua debajo del puente y no solo de lluvia. También se animaron a otras cosas, hasta la última, una historia amarga en pantalla ancha sobre tres amigos de la guerra. Ahí, el director/bailarín, bailó en patines, como el flacucho distinguido había hecho unos años antes con su pareja indisoluble. Ese flaco, bailó con todo y con todas, y con percheros, cabeza para arriba y hasta de viejo, en  un rascacielos en llamas.

La televisión ya era una realidad. Y el musical que podía llevarte a una tierra irlandesa mítica, a casar a unos leñadores con sus novias o animarse a meterse en el cinemascope (La La Land tiene el logo de Cinemascope al comienzo), o hasta el 3D, se pasó de moda. Hasta los actores cambiaron de rubro: los canoros de ayer se hicieron actores del cine negro o la ciencia ficción. El musical entonces pasó a ser, con muy pocos ejemplos por año, versiones de obras teatrales de Broadway lo que nos parece de lo más insportable en el cine y motivo de que muchos no les guste el musical. Por el otro, algún experimento venido del otro lado del océano con gente que cantaba toda la película…y poco más. En los sesenta  siguió ese esquema: película larga, adaptada de obra exitosa, que nos podía llevar hasta los alpes suizos, sobrevolar la ciudad opuesta a Los Angeles como si fuéramos en un plato volador, animándonos a ver el lado opuesto de esa misma ciudad, decorar la calle donde ella vivía con vestidos largos, o saludar a una chica talentosa o fuera de tipo con la presencia del mismísimo Louis Armstrong (¿no te  gusta el jazz? Leer más abajo).

Después, mucho después, unos diez años después, llegó el que podríamos llamar el primer tiempo de los homenajes. Y si una opera rock, porque así se les llamó, podía apelar en su momento a la guerra de Vietnam y el pelo largo, para que llegara al cine tuvo que pasar otra década. El musical pasó a ser algo dramático y uno de sus creadores, bailarín de los 50s, lo mostró en la vida de una chica de vida fácil, en un tugurio de la Alemania pre nazi, y finalmente como un asunto de vida o muerte. Ese fue un musical exitoso. Como lo fue el afán de un bailarín con pinta y jopo por triunfar en las pistas disco o recrear los engominados años 50, otra historia made in Broadway. Ese fue la última figura del musical, que después de filmar películas con bebes parlanchines terminó como gorda peluquera (basta de Broadway) y actor de culto en otros géneros más negros.

Y todo para que alguien diga: -Me parece tonto que alguien se ponga a cantar y bailar en un momento de la película, no lo entiendo.

Aceptamos el gusto o no por un género determinado, pero eso de no entender el musical suena a excusa. Porque si hablamos del cine, qué sentido tiene un monstruo que rapta a una chica (en los frisos art deco del destruido complejo Tita Merello, está representada esta escena), o un viaje al futuro, o un padre que busca a su hija por países de Europa del Este, o alguien que juega al ajedrez con la parca, o alguien que simplemente hace sombras con la mano en una caverna, estirando la palma y separando el meñique para que parezca un temible lobo.

Ahora estamos en el presente imperfecto. La La Land intenta volver el tiempo atrás.

Ya lo hizo el hombre de acero en su segunda película una vez para salvar a su amada.  Más allá del efecto argumental, es la intención del director hacer un film como los de antes, pero hoy.

La La Land forma parte del esquema actual de final no feliz, con muchos puntos en común con Café Society. Muchos. Hija de una época y de lo que “se usa” o es “socialmente aceptado”. O más escépticamente, “comercialmente aceptado” o con un poco más de piedad “artísticamente aceptado”. Tendencias de un tiempo. Es interesante verla así. Y ya que estamos con ese director de Nueva York, él ya hizo volar a una rubia actriz de comedia levemente envejecida a la orilla del Sena (Hollywood y París como concepto de lo romántico otra vez), y hacer decir a todos “te quiero”.  Hasta los homenajes no son algo nuevo, porque aquel director francés que le dio amor a Hiroshima, lo había hecho mucho más que un año atrás. Ya conocemos esa canción.

La La Land también entra en el molde de “todo por un sueño”, que no tiene a la protagonista de aquella película, que también un día se animó a un musical que hasta incluía un tema de Mariano Mores.

La edad de oro del musical norteamericano, su madurez, en la que tanto abreva esta película, coincidió con las presidencias de Harry S. Truman y Dwight Eisenhower. Momentos de guerra fría, miedo nuclear, y a la vez surgimiento del consumismo desenfrenado.

El reino de los gadgets: entonces licuadoras, luces que se activaban cuando se abría la puerta de un bajo mesada, cepillos dentales eléctricos, hoy celulares y dispositivos varios.

Aquellos fueron los años que después de la crisis económica y la guerra, llegó la conciencia de ser la primera potencia mundial por primera vez. Y como tal, en la cima y en el target de la mira telescópica, pero sobre todo mirando hacia abajo.

La La Land triunfa entre el  fin del mandato de Barak Omaba resistido por gran parte de la población y la llegada al poder de Donald Trump, votado por la mayoría.

Son buenas las canciones, en letra y música. El color, la dirección de arte y el esfuerzo por recrear coreografías, momentos,  posturas físicas de los actores. Es una película pastiche, recreada para maravillar. Es de las que si uno entra en código, puede salir inspirado en el cine. Y de las que si no, genera indiferencia.

Se dijo en su momento que Whiplash era una película para gente que no le gustaba el jazz.

Tal vez La La land sea una película para gente que nunca vio un musical.

Mirá también el montaje que hizo una estudiante española con peliculas de la historia del cine

O sí, porque tiene tantas o más referencias que las que incluimos en esta nota, sin nombrarlas . Como las películas de Disney o los dibujos animados (también brillaron en aquellos años de los primeros cincuentas), se maneja con distintos niveles. Para el conocedor y para el lego, que no es un ladrillito de plástico que va por otra película, con el hombre murciélago, sino alguien que hoy por hoy no tiene mucha conciencia del camino recorrido por el cine desde hace más de un siglo, y que sin embargo puede sentarse y disfrutar lo que le proyectan. O no. Como desde aquellas vistas registradas por unos hermanos franceses.