David Lynch, cantera de pesadillas

0
0

Cuando en 1984 se estrenó “Dune”, su cuestionada adaptación de la obra de Frank Herbert, David Lynch declaró que las presiones de los productores limitaron su libertad artística, causando el fracaso del proyecto. En el documental “Jodorowsky’s Dune”, que retrata el fallido intento de Alejandro Jodorowsky por llevar a la pantalla la misma historia unos años antes, el realizador chileno cuenta su experiencia al ver el film: “Paso a paso, a medida que pasaba la película, lo que veía era cada vez más horrible ¡Era un fracaso! Esto no era culpa de David Lynch, que es un gran artista. Fueron los productores los que le hicieron eso”.

Puede resultar extraño comenzar hablando del universo lyncheano citando su film menos personal, pero aquella experiencia puso en evidencia que, a pesar de pertenecer a la misma generación que Steven Spielberg y sus imitadores, el realizador poco tenía que ver con las sagas estelares y las aventuras fantásticas típicas del Hollywood de los 80’. Y si bien comparte con sus colegas la mirada exploradora sobre el cine clásico, allí donde muchos – desde George Lucas hasta Quentin Tarantino -se lanzaron al reciclaje pop, el creador de “Twin Peaks” se interesó por el costado alucinante de las imágenes. El séptimo arte no es un lugar para contar historias, si no una cantera llena de pesadillas.

Mirá también el regreso de la serie Twin Peaks Twin Peaks el 21 de Mayo del 2017

Existen varios lugares comunes a la hora de definir el estilo de David Lynch: surrealista, violento, experimental, poco amante de la linealidad narrativa y – sobre todo -onírico. Teniendo en cuenta que la comparación entre los sueños y el cine es una vieja obsesión para los críticos, el hombre nacido en Montana en 1946 ha sido foco constante de ensayos al respecto, aunque él siempre se mostró reacio a todas las interpretaciones. Cuando en 1979 una estudiante le preguntó si estaba de acuerdo con quienes decían que “Eraserhead”, su primer largometraje, era “un sueño sobre cosas oscuras y problemáticas” la respuesta fue contundente: “No. Ni siquiera estoy seguro de saber lo que eso significa”, aunque concluyó que “Es una buena afirmación esa igual. ¿No le parece?”.

Una década antes, el joven David era un estudiante de pintura desilusionado con las academias de arte a las que había asistido. Luego de que un planeado periplo de tres años por Europa se viera truncado prematuramente y de ser padre de su primera hija, Jeniffer, se interesó definitivamente por el cine. De todas formas nunca abandonó su primera pasión. Lynch no sólo continuó pintando con regularidad, sino que en numerosas entrevistas reconoció su admiración por artistas como Francis Bacon, Oskar Kokoschka y Edward Hopper. Las estéticas de estos tres pintores pueden ser encontradas en la obra del realizador.

Sin embargo, a pesar de esos comienzos dentro de la disciplina de combinar colores, sus primeras películas fueron rodadas en blanco y negro.  Como un creador que necesita sentirse cómodo en el nuevo medio, el artista plástico entró al cine mirando hacia atrás. Si en “Eraserhead” había rescatado el espíritu experimental de cierto cine mudo retratando paisajes urbanos desolados con una atmósfera de cuento de terror, para “El hombre elefante” (1980) viajó a la Inglaterra victoriana contando el calvario de uno de los freaks más célebres de la historia: Joseph Merrick. El hecho de estar basada en una historia real y de poseer un tono más convencional no asfixió su poética personal, mostrando ahora una faceta humana genuinamente conmovedora. De pronto este realizador de espíritu gótico y grotesco se transformó en una de las grandes promesas del cine de la época, con un estilo muy distinto al de sus contemporáneos. Esto último también explica el fracaso de “Dune”.

Luego de este traspié, Lynch exige mayor libertad y encuentra su estilo definitivo. En “Terciopelo azul” (1986) profundiza su mirada sobre ciertos géneros clásicos – particularmente el film noire y el melodrama – deformándolos de manera novedosa, con la colaboración del músico Angelo Badalamenti, fundamental durante el resto de su carrera. Pero aquí también aparece la fascinación por lo que ciertos estudios culturales llaman “small town Americana”. El cineasta parece sentirse cómodo retratando la vida extraña de los pequeños pueblos de la Norteamérica profunda, con su conservadurismo, sus ocultamientos y su amor por los interiores decorados con dudoso gusto. En la película la curiosidad lleva a Jeffrey (interpretado por Kyle MacLachlan, actor recurrente en la obra lyncheana) a investigar el misterio detrás de una oreja tirada en un descampado. A partir de allí descubrirá  la oscuridad subyacente bajo la superficie lustrosa de la realidad pueblerina, con Dennis Hopper dándole vida al perverso Frank, uno de los personajes más atemorizantes de la historia del cine.

En ese universo el realizador les permite a sus actores desempeñarse de un modo poco realista, con un registro cercano al de las telenovelas diarias y a la comedia absurda, un riesgo que rinde sus frutos en cámara. Quizás esto es lo que lo hace aprovechar el muchas veces cuestionado estilo over the top de Nicolas Cage en “Corazón salvaje”. Es una táctica que será llevada al límite en “Twin Peaks”, la miniserie que marcó un hito en la ficción televisiva de 1990. Una vez más hay un misterio que resolver – el asesinato de Laura Palmer – y nuevamente todo se enrarecerá hasta extremos impensados. A medida que los capítulos se suceden los elementos sobrenaturales aumentan, mientras la galería de personajes excéntricos no deja de crecer. Una excentricidad que incluso es compartida por el tozudo anciano de “Una historia sencilla”, su película más luminosa.

Para un cineasta interesado en la naturaleza ambigua del cine y en el poder perverso de la industria que lo sostiene era lógico adentrarse en la ciudad donde la“fábrica de sueños” funciona. “Lost Highway” (1997), “Mulholland Drive” (2001) e “Imperio” (2006) conforman una particular trilogía sobre Los Ángeles y el negocio del cine, actividad ligada al mundo criminal. En los tres films los protagonistas sufren dramáticas metamorfosis (en el caso del primero es literal, Bill Pullman muta en otra persona para resolver la intriga) y en todos ellos hacer películas es asunto de turbios manejos gangsteriles. Del conjunto muchos consideran “Mulholland Drive” como la historia más redonda del realizador, con Naomi Watts perdiendo su inocencia al perseguir su sueño de triunfar en Hollywood. Y si esta película ya desconcertaba al espectador con sus giros absurdos y su atmósfera pesada, “Imperio” directamente desafió la paciencia de todos, incluidos los fanáticos más acérrimos de Lynch, quienes terminaron con una mirada más perpleja que la de Laura Dern a lo largo de la historia.

Aunque hace una década que no estrena un largometraje, el hombre que alguna vez fue un orgulloso boy scout se ha mantenido muy activo. A su pasión por la pintura y la fotografía se le suman sus discos de música ambient experimental, sus ficciones en la web (como la sitcom metafísica “Rabbits”), las charlas sobre la importancia de la meditación trascendental y su carrera paralela como realizador de videoclips y publicidades. Ahora que el detective Dale Cooper vuelve a visitar las extrañas calles de Twin Peaks el interés por la obra de David Lynch vuelve a crecer, reapareciendo las infinitas interpretaciones sobre ella. Él afirma trabajar en una autobiografía definitiva para contrapesar “toda la porquería que se dice sobre mí ahí afuera”.

Habrá que esperar su publicación para saber si, como alguna vez señaló el escritor David Foster Wallace, sus películas están hechas para ser experimentadas más que para entenderlas. Lo mismo puede decirse de ciertas pesadillas, solo que en el caso de Lynch no siempre deseamos despertar.