Revisando Apichatpong: Mysteriuos Object at Noon

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(Érase una vez) Unos niños que hacían travesuras

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La seducción de Apichatpong está en esa ilusión fantasmagórica que ocurre dentro de otra ilusión fantasmagórica, el cine. En un momento de su película MYSTERIUOS OBJECT AT NOON la ilusión se corta y el niño reclama la recompensa. El director lo ha sobornado para que actúe (?). De un momento a otro la recompensa llega y se sientan a la mesa a digerir la tan ansiada contrapartida, unas cuantas presas de pollo. El pacto se ha develado, está sobre la mesa. Somos invitados al banquete. Nuestro alimento está a la vista. El niño ahora ríe. La luz que ingresa por las abiertas puertas y ventanas es épica, luz sobre luz. Una aureola parece bañar al niño que ahora se apoya sobre el trípode de la cámara. El cine como sustento, como ánimo, como ilusión, como artificio, el cine como religión. Un pacto con el demonio? Queremos ver, por eso mostramos. Los pájaros melodiosos estimulan nuestra dicha. A esa altura es todo gloria. La gente se acaricia, reconoce parentescos. Entre gallos y medianoche una película se acaba y otra comienza (?) porque nos quedamos. ¿Está allí la clave? ¿En quedarse después del artificio? ¿Después de la ilusión recompensada?.

Estás en el lugar equivocado. Mira en otro sitio” exclama un amigo a otro en la película del tailandés. Perfectamente podría estar diciéndoselo al director. ¿Qué hace ahí? ¿Qué mira? ¿Qué busca? De pronto la interrupción. La radio informa que el gobierno ha decretado oficialmente el fin de la guerra del Pacífico. Los amigos se abrazan y festejan la noticia. El texto ley dice que en primer lugar hay que “Honrar a los americanos” (léase EEUU). En segundo lugar “consumir productos americanos”. Y en tercer lugar “reforzar los vínculos de amistad enviando a los chicos a cursar estudios en EEUU”. No vaya a ser cosa que se preocupen antes por hacer amigos que por engullir un vaso de Coca-Cola. Después del anuncio, uno de los amigos se afirma subyugado a reflexionar contra una columna,. No parece estar tan convencido de las bondades del informe gubernamental. Mario Levrero temía mucho a la interrupción. Confesó que abandonó la empresa de varios textos por temor a ser interrumpido. Lo tentaban a distraerse juegos de computadora y algunas mujeres, ex y no tanto. Un día creyó que era posible, o eso parece que llegó a reflexionar una ocasión en que pudo volver a escribir luego de ser interrumpido. ¿Cómo escribiría Levrero hoy? El mundo 2.0 es un mundo de interrupciones, de extravíos. Primera digresión de un barco que no tiene río propio, al que le asaltan desvíos contreras, burlones e indomables, pero al mismo tiempo seductores. ¿Es la seducción el arte de ocultar? ¿Vieron que las tapas de Playboy ya no vienen con desnudos? ¿Habremos visto demasiado? Volviendo a Apichatpong, la irrupción del material de archivo (aunque podríamos afirmar que todo es material de archivo) es demostrativo. Las imágenes de las mujeres prácticamente desnudas haciendo el baile del caño (versión tailandesa, supongo) sufren un leve parpadeo producto del juego de luces del local bailable. La sugestión al poder. Los encargados del antro y de Playboy lo saben muy bien.

Por allí leí que la clase alta es inenarrable o que no se deja narrar. Por la alienación. ¿Será que no saben lo que dicen, hacen o piensan? Pobre de ellos. Y de nosotros. No estaría del todo mal no querer narrar, el problema es que se utilice eso como excusa para no incomodar/se. En cambio Apitchapong cree que en el pueblo la narración manda. Brota donde la busques. Desde un anciano a un niño. Todos narran, y todos quieren que se narre. Como él bien indica al comienzo del metraje, no importa si es mentira o es verdad. Extraterrestres, tigres, profesoras, flores. Todo es posible. Todo es narrable. Hay una necesidad imperiosa de arrastrarnos como sea en el devenir de una historia cualquiera. No importa lo que se narra. Lo importante es narrar. Y todos dejan que eso ocurra. Observan, incrédulos o no, cómo, el que recibe la historia, presta plena atención.

¡Quiero ver! ¡Déjenme ver! En el final la luz, los niños, el juego. Ah no, esperen, no era el final. El verdadero final muestra a un perro que corre espantado porque unos niños le tendieron una trampa, le hicieron una travesura.

¿El fin de la inocencia? ¿El truco del cine ha sido revelado?

Yo por lo pronto busco una película en una de esas páginas como mirateesta.net o algo por el estilo, prendo uno y apago la lumiere, voilà.