El ciudadano ilustre

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Empecemos por recordar que El ciudadano ilustre es la película que eligió la Academia de Cine y Artes Cinematográficas de Argentina para que represente a nuestro país en la selección general de los Premios Goya y los Premios Oscar en este 2017. Regalito que dejaron las antiguas autoridades antes de su renovación en el mes de octubre. En ninguna de las dos quedó en la selección final. Sí, acaba de conocerse sus nominaciones a los premios Ariel, en México.

En su momento me había parecido que El invierno, notable film de Emiliano Torres, era mucho más representativo para instalarse en todo ese lugar internacional, representativo no sólo de un tipo de acceso a la producción cinematográfica bien argentina, sino también de un momento particular de nuestro país: lo nuevo vrs lo viejo, el individuo solitario frente al paisaje patagónico, todo dignificado por la fotografía de Ramiro Civita.

Sin embargo, el mainstream local ensalzó esta película que, además de todo, volvió de la competencia oficial del Festival de Venecia con un premio gordo. El de mejor actor protagónico.

Ver también Nota sobre las candidatas finales al Oscar Extranjero, sin películas iberoramericanas 

La película. Pobre pueblo el de Salas. Ese lugar ficticio ubicado imaginariamente al suroeste de la provincia de Buenos Aires y desdoblado entre su chatura estructural y su violencia contenida. Pobre protagonista, escritor exitoso (Oscar Martínez) ganador del premio Nobel, que encuentra una manera de regresar a su pueblo natal y reconciliarse con su tierra, con su país, con su gente, pisando las calles del lugar que lo vio nacer, despues de 40 años, y lleno de contradicciones irreparables. El regreso del hijo pródigo, extrañamente recibido.

Pobre también la calidad institucional de esas Direcciones de Cultura en ciudades de la Argentina, generalmente a cargo de los familiares del poder político, representadas como máximo logro por “las Reinas de Belleza” u organizadoras de concursos de “Pintura” que sufren de jurado al invitado de turno, en este caso un escritor (?). Pobres argentinos cruzados por dicotomías irreparables: ignorancia vrs conocimiento, campo vrs ciudad, lo nacional y lo internacional. Lo popular y lo consagrado. Dicotomías a las que el cine argentino suele aferrarse con una lamentable asiduidad sin simular su intención de romperlas ni de plantear ninguna cuestión crítica. Pobres los ignorantes que sufren de desconocimiento y de apatía. Pobres.

El tema del arte y el artista viene siendo una preocupación sostenida por la triada creativa de los hermanos Duprat y Mariano Cohn desde films como El artista o El hombre de al lado, repletas de esos juegos dobles sin posibilidad de grises. Eso sí, entre el 2009 y el 2016 corrió mucha agua bajo el puente político de la Argentina y el espíritu de época se llevó por delante esa visión parcial y algo estructurada del choque entre el maestro y el ignorante. Entonces, por lo pronto, El ciudadano ilustre se ríe de algo que atrasa.

Por las dudas, y si hiciera falta alguna pregunta clarificadora en torno a la historia, podríamos preguntarnos cuál es el punto de vista que se privilegia, cuál de esas representaciones es la que lleva el pulso de la narración. Claramente, entre el vecino insistente que sueña con el personaje de un libro, o el remisero que no lleva rueda de auxilio y tiene que esperar toda la noche que alguien aparezca a arreglar la pinchadura; o el padre que suplica una silla de ruedas para su hijo, o el matón que se violenta porque no quedó seleccionado en el concurso de Pintura, o varios más; entre ellos y el europeizado y pulcro, educado y victorioso ilustre e ilustrado, seguramente no hay mucho que pensar, máxime si la narración está impulsada a ser narrada desde una primera instancia desde ese segundo y triunfante personaje de la historia.

Para percibir esa preeminencia narrativa del personaje central, hubo que atravesar hacia el comienzo de la película por un “mojón”: el cuento oral que Mantovani cuenta en medio de la noche en torno a los dos hermanos gemelos enfrentados por una mujer. El espectador apreciará, a partir de allí y sin demasiado cuestionamiento que ese conjunto de hechos que enfrenta el escritor en ese pueblo de Salas va como en un crescendo de enrarecimiento y violencia que sólo tienen que ver con ese lugar “raro y atrasado” que ataca irracionalmente a ese punto de vista privilegiado. En otras palabras: todo nos parecerá raro, atrasado y violento porque así le parece a Mantovani.

En medio de todo eso, es infalible la participación de Dady Brieva que le otorga un componente mayor a ese oscuro “ser pueblerino”. Tal vez lo mejor de El ciudadano ilustre.

Y la perla para el final, a modo de toda una declaración de principios en torno a la noción de cultura que también parece atravesarnos peligrosamente. Tanto, como los tiempos que corren. “La mejor política cultural es no tener ninguna” dice el personaje de Oscar Martínez nunca abandonando un modo sentencioso y anquilosado: “siempre se considera a la cultura como algo frágil, raquítico, que necesita ser custodiado, promovido…” “la palabra cultura siempre sale de la boca de la gente más ignorante y más estúpida.. y más peligrosa.”

Otra vez el punto de vista de Mantovani contiene una amenazadora convicción: que la cultura, en la pelicula representada fundamentalmente por la literatura (de la que se habla poco) y la pintura en ese confuso concurso, no hay que custodiarla, ni promoverla, ni siquiera nombrarla.

Ojalá que lo dicho no funcione como punta de lanza y que en los tiempos venideros esto no sea así.