Umberto Eco

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Umberto Eco (1932-2016) fue un semiólogo y escritor italiano. Su interés por la filosofía tomista y la cultura medieval se hace más o menos presente en toda su obra, hasta emerger de manera explícita en su novela El nombre de la rosa (1980).

Se pueden definir dos presupuestos clave en la amplia producción del autor: en primer lugar, el convencimiento de que todo concepto filosófico, toda expresión artística y toda manifestación cultural, de cualquier tipo que sean, deben situarse en su ámbito histórico; y en segundo lugar, la necesidad de un método de análisis único, basado en la teoría semiótica, que permita interpretar cualquier fenómeno cultural como un acto de comunicación regido por códigos y, por lo tanto, al margen de cualquier interpretación idealista o metafísica.

Mirá también “¿De qué sirve un profesor?”, una nota que Umberto Eco escribió para el diario La Nación, en el 2007.

El nombre de la rosa combina todos los temas teóricos de la obra de Eco. La historia transcurre en una abadía medieval italiana donde, con una estructura similar a la de las novelas policiacas, el protagonista, un fraile inglés llamado Guillermo de Baskerville, indaga en una serie de asesinatos.

El péndulo de Foucault (1988), el segundo relato del autor, intentó recrear la tradición hermética, ocultista y masónica como metáfora de la irracionalidad superviviente en los contemporáneos movimientos terroristas y en las mafias económicas.

La variedad de aspectos analizados por Umberto Eco abarca desde la producción artística de vanguardia, como en Obra abierta (1962), hasta la cultura de masas, como en Apocalípticos e integrados (1964) o en El superhombre de masas (1976).

A la sistematización de la teoría semiótica dedicó, sobre todo, el Tratado de semiótica general (1975), publicado casi al mismo tiempo en Estados Unidos con el título de A Theory of Semiotics, obra en la que el autor elabora una teoría de los códigos y una tipología de los modos de producción sígnica.

Su última novela, Número Cero, pinta a un editor que monta un periódico que no saldrá, pero cuya presencia le sirve al magnate para intimidar y chantajear a sus adversarios. Eco afirma en referencia a este libro: “Mi novela no es solo un acto de pesimismo sobre el periodismo de fango; acaba con un programa de la BBC, que es un ejemplo de buen hacer. Porque hay periodismo y periodismos. Lo llamativo es que cuando se habla del malo, todos los periódicos tratan de hacer creer que se está hablando de otros… Muchos diarios se han reconocido en Número Cero, pero han hecho como que estaba hablando de otro”.

Fragmento de El nombre de la rosa

-Entonces es así… Construí un esquema equivocado para interpretar los actos del culpable, y el culpable acabó ajustándose a ese esquema. Y ha sido precisamente ese esquema equivocado el que me ha permitido descubrir tu rastro. En nuestra época todos están obsesionados por el libro de Juan, pero tú me parecías el más afecto a ese tipo de meditación, no tanto por tus especulaciones sobre el Anticristo, como porque procedías del país que ha producido los Apocalipsis más espléndidos. Un día alguien me dijo que eras tú quien había traído a la biblioteca los códices más hermosos. En otra ocasión, Alinardo se puso a delirar acerca de un misterioso enemigo que había ido a buscar libros a Silos (me llamó la atención que dijera que este último había regresado antes de tiempo al reino de las tinieblas: en el primer momento podía pensarse que quería decir que estaba muerto, pero en realidad aludía a tu ceguera). Silos está cerca de Burgos, y esta mañana he encontrado en el catálogo la referencia a una serie de adquisiciones: todos los apocalipsis hispánicos, que correspondían al período en que sucediste, o estabas por suceder, a Paolo da Rimini. Y en ese grupo de adquisiciones se encontraba también este libro. Pero no pude estar seguro de lo que había reconstruido hasta que me enteré de que el libro robado estaba hecho con folios de tela. Entonces me acordé de Silos, y ya no tuve dudas. Desde luego, a medida que tomaba forma la idea de este libro y de su poder venenoso, se iba desmoronando la idea del esquema apocalíptico y y sin embargo no lograba entender cómo podía ser que el libro y la secuencia de los toques de trompeta condujesen ambos a ti, y entendí mejor la historia del libro justamente cuando la secuencia apocalíptica me obligó a pensar en ti, y en tus disputas sobre la risa. Hasta el punto de que esta noche, cuando ya no creía en el esquema apocalíptico, insistí en controlar las caballerizas, donde esperaba el toque de la sexta trompeta, y fue justo en las caballerizas, por pura casualidad, donde Adso me proporcionó la clave para entrar en el finis Africae.

-No te entiendo -dijo Jorge . Estás orgulloso de poder mostrarme cómo siguiendo tu razón has podido llegar hasta mí, y, sin embargo, me demuestras que has llegado siguiendo una razón equivocada. ¿Qué quieres decirme?

-A ti, nada. Sencillamente, estoy desconcertado. Pero no importa. El hecho es que estoy aquí.

-El Señor tocaba las siete trompetas. Y, a pesar de tu error, has oído un eco confuso de ese sonido.

-Eso ya lo dijiste en tu sermón de ayer noche. Tratas de convencerte de que toda esta historia se ajusta a un plan divino, para no tener que verte como un asesino.

-No he matado a nadie. Cada uno ha caído siguiendo su destino de pecador. Yo sólo he sido un instrumento.

-Ayer dijiste que también Judas fue un instrumento. Sin embargo, se condenó.

-Acepto el riesgo de la condenación. El Señor me absolverá, porque sabe que he obrado por su gloria. Mi deber era custodiar la biblioteca.

-Hace apenas un momento estabas dispuesto a matarme también a mí, e incluso a este muchacho…

-Eres más sutil, pero no mejor que los otros.

-¿Y ahora qué sucederá? Ahora que he deshecho tu trampa.

-Veremos. No quiero necesariamente que mueras. Quizá logre convencerte. Pero antes dime cómo adivinaste que se trataba del segundo libro de Aristóteles.

-Sin duda, no me habrían bastado tus anatemas contra la risa, ni lo poco que pude averiguar sobre la discusión que tuviste con los otros. Me han ayudado algunas notas que dejó Venancio. Al principio, no entendí lo que quería decir. Pero contenían ciertas alusiones a una piedra desvergonzada que rueda por la llanura, a las cigarras que cantarán debajo de la tierra, a las venerables higueras. Yo había leído antes algo así: lo he verificado en estos días. Son ejemplos que Aristóteles ya daba en el primer libro de la Poética, y en la Retórica. Después recordé que para Isidoro de Sevilla la comedia era algo que cuesta stupra virginum et amores meretricum… Poco a poco fue dibujándose en mi mente este segundo libro, tal como habría debido ser. Podría contártelo casi todo, sin tener que leer las páginas envenenadas. La comedia nace en las komai, o sea en las aldeas de campesinos: era una celebración burlesca al final de una comida o de una fiesta. No habla de hombres famosos ni de gente de poder, sino de seres viles y ridículos, aunque no malos. Y tampoco termina con la muerte de los protagonistas. Logra producir el ridículo mostrando los defectos y los vicios de los hombres comunes. Aquí Aristóteles ve la disposición a la risa como una fuerza buena, que puede tener incluso un valor cognoscitivo, cuando, a través de enigmas ingeniosos y metáforas sorprendentes, y aunque nos muestre las cosas distintas de lo que son, como si mintiese, de hecho nos obliga a mirarlas mejor, y nos hace decir: Pues mira, las cosas eran así y yo no me había dado cuenta. La verdad alcanzada a través de la representación de los hombres, y del mundo, peor de lo que son o de lo que creemos que son, en todo caso, peor de como nos los muestran los poemas heroicos, las tragedias y las vidas de los santos. ¿Estoy en lo cierto?

-Casi. ¿Lo has reconstruido leyendo otros libros?

-Con la mayoría de los cuales estaba trabajando Venancio. Creo que hacía tiempo que iba detrás de este libro. Debe de haber leído en el catálogo la misma referencia que después leí yo, y debe de haber comprendido que aquel era el libro que estaba buscando. Pero no sabía cómo entrar en el finis Africae. Cuando oyó que Berengario se lo mencionaba a Adelmo, se lanzó como el perro que sigue el rastro de una liebre.

-Así fue. Me di cuenta en seguida. Comprendí que había llegado el momento de defender la biblioteca con uñas y dientes…

-Y pusiste el ungüento. Debe de haberte costado bastante… en la oscuridad.

-Mis manos ya son capaces de ver mejor que tus ojos. También robé un pincel del laboratorio de Severino. Y yo también me puse guantes. Fue una buena idea, ¿verdad? Tardaste mucho en descubrirla…

-Sí. Pensaba en un dispositivo más complejo, en un diente envenenado o en algo por el estilo. Debo decir que tu solución era ejemplar: la víctima se envenenaba sola, y justo en la medida en que quería leer…

Me estremecí al comprobar que en aquel momento esos dos hombres, enfrentados en una lucha mortal, se admiraban recíprocamente, como si cada uno sólo hubiese obrado para obtener el aplauso del otro. (…)