La pulga del Cosmos

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Me entusiasmo con la idea de escribir algo simple, que no sea enroscado ni que discuta grandes teorías. Pasa un pájaro y pienso en Favio (el único), que alguna vez citó a San Agustín “Ama y haz lo que quieras”, lema compartido con la ficticia Abadía de Thelema. Entonces me sale poner el cuerpo, aunque tan solo por el momento sea el cuerpo virtual de las palabras. De todas maneras, al final todo se resuelve entre los cuerpos de carne y hueso, en la calle, en el calor o en el frío, sudados o acurrucados, da igual.

Detrás de los acuerdos (o por delante, mejor dicho) ruedan las batallas, las verdaderas batallas, las que no escatiman en riesgos, en contundencias, en apretar la llaga. En los acuerdos (me refiero a los espurios) están los mediocres regateando la llama de la gloria berreta. Entonces la disputa también es de espacios, de espacios para observar y ser observados, para escuchar y ser escuchados. La nebulosa puede ser grande pero siempre hay maneras de llegar a ver esa estrella, que no obstante estar oculta para los ojos de los regios terrícolas mortales, brilla más que 10 millones de soles juntos.

¿Qué cine hacemos? O mejor dicho, ¿qué cine tenemos que hacer? “Tenemos”?

La guita, el poder, el éxito, el fracaso, la indiferencia, el espectáculo, el “me voy al cine así me distraigo un rato”,  o el invito a una chica/o al cine para chapar en uno de los mejores lugares que existen para eso. Hay muchos factores que condicionan al cine (demasiados?). Hay muchos factores que condicionan a la persona que hace cine, o películas, o videos, o como quieran llamarle. Es imposible tenerlos en cuenta a todos, como tampoco es posible prescindir absolutamente de ellos. Están ahí, cuchicheando, tras bambalinas. Me llega un mail, disculpen, ya vuelvo. Voy a aprovechar la interrupción para buscar el significado de una palabra en Google.

¿Quién dicta los gustos del cine? ¿Quién los pondera? ¿Qué se modifica cuando el poder cambia de manos? Cómo se relacionan los gobiernos de turno con los gustos cinematográficos? ¿Cambiamos de gusto? ¿Aparecen frente a nosotros algunas imágenes más que otras? ¿Quizás lo que a uno le puede llegar a resultar interesante haya que ir a buscarlo al sótano de algún espécimen humanoide que deseoso exhiba ese tipo de películas?

¿La sala “B” del cine Cosmos, existe todavía? Tengo presente el día que vi ahí NOTRE MUSIQUE de Godard. Me llevé de souvenir una buena cantidad de picaduras de pulga. La sala, diminuta, rectangular y prácticamente vacía, tenía unos sillones que me recordaban a los de mi abuela Rosa Filomena, que vivía en Caballito. Esos sillones de señora cuidadosa, un tanto conservadora en los gustos, pero convencida. Con estampados de flores en tonos rosáceos y blanquecinos. Los del Cosmos curtidos, por supuesto. Cuánto tiene que ver con el cine la pulga del Cosmos? ¿Cuánto dice el hecho de que para ver una película como NOTRE MUSIQUE haya que someterse a unos sillones de señora cuidadosa y a unas picaduras de pulga? ¿Esas son las condiciones que ofrece el poder cuando quiero ver una película que no le gusta a nadie? ¿Cuando quiero ver esas películas que no divierten, que hinchan las pelotas, que no se entienden un carajo?

Me gustaría aclarar que ver películas ahí siempre me resultó una experiencia muy estimulante (no sé si es el adjetivo que corresponde). ¿Sigue abierto el Cosmos?

Juan Hendel es realizador. Nació en Marcos Paz, provincia de Buenos Aires, en el año 1978. Se graduó en Derecho (UBA) y en el master en Documental de Creación en el Observatorio – Escuela de Cine Documental. En 2016 comenzó la Licenciatura en Artes de la Escritura (UNA). Dirigió el largometraje documental El tramo (2012), y los cortos de ficción Arenal (2014), Tosie (2015) y Mañana los restos (2017). Actualmente se encuentra finalizando Los piélagos (título tentativo), su segundo largometraje.