Hopper, en Roma

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El lugar es bastante particular, el Museo del Resorgimento cerca del Foro Romano, alberga tres muestras que dan cuenta de la diversidad postmoderna: una sobre el 40 aniversario de la Guerra de las Galaxias, otra sobre Antonio Ligabue, un autodidacta que sufrió varias internaciones psiquiátricas y es considerado referente del arte naïf en Italia y la de Edward Hopper traída desde el Museo Withney de Nueva York. Es diferente ver a Hopper aquí que en Nueva York? Sí, es muy diferente y da cuenta de que las muestras no sólo involucran las obras y la sala, también el entorno.

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Dispuestas en orden cronológico, las obras más cercanas al clima externo son aquellas de la época parisina en la cual la luz todavía no encandila y la estética es posimpresionista. En ellas aparecen ya esos recortes que el cine rescataría para sí y que logran tensar el aire dejando la sensación de que algo va a ocurrir o que algo ya ocurrió. Uno de los primeros es el escorzo de la escalera del hotel (Escalera del 48 Rue de Lille, 1906) en que vivía Hopper aparentemente solitario y poco comunicado con el entorno. Años más tarde dijo que  nunca escuchó  hablar de Picasso  y que tampoco logró encontrarse con Gertrude Stein a quien quería conocer. Por entonces era él quien estaba sólo y miraba con esos ojos tan llamativos del autorretrato de la misma época.

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Había estudiado arte e ilustración en EEUU era un maravilloso acuarelista que retrataba el paisaje al aire libre a la manera impresionista pero decidió dejar la técnica para poder trabajar y corregir con más libertad en su estudio. En sus paisajes pocas veces aparecen personas pero los edificios, solitarios, adquieren cierta humanidad.

Hopper atraviesa en su vida dos guerras mundiales y la gran depresión del año 29 pero nada de eso aparece en su obra de manera directa. Uno de sus grandes admiradorxs, Wim Wenders, dirá que no es necesario mostrar la violencia de manera directa, que la tensión que transmite Hopper da cuenta de ella.

Su obra emblemática está ligada a los EEUU y es allí donde, a pesar del paso del tiempo, sus cuadros parecen instantáneas del afuera del Museo Withney. Dicho sea de paso, ese museo junto a la Frick Collection y la Neue Gallery (quizás haya más pero conozco estos tres ejemplos) son una muestra de colecciones de dimensión humana en una ciudad como NY en la que todo (museos, negocios) parece infinito y excesivo. En esta obra se inspirarán diversos directores de cine. Uno de sus cuadros será el modelo para el motel de Norman Bates en Psicosis, de Hitchcock, el clima que transmite inspirará a Antonioni, a Orson Welles y, obviamente, a Wenders que tomará sus  imágenes de una gasolinera en medio de la nada para su París, Texas.

Hopper retrata las miradas. La suya mirando el mundo, la de sus personajes mirándose a sí mismxs o echando miradas sobre otrxs, como la secretaria y su patrón, como la pareja burguesa que mira al payaso que cena a su lado mientras una mujer parada junto a él desafía a quien mira el cuadro; la costurera que mira por la ventana(y que por algún o ningún motivo me recordó a Sin pan y sin trabajo, de de la Cárcova); la mujer de Carolina del Sur que parece estar lista para una ocasión importante y que mira desconfiada a quien la mira. Y retrata la peor de las soledades: aquella que siente una persona en medio de otras. Y,  también, la soledad de los edificios que queda marcada por una luz inclemente.

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Finalmente, los cuadernos del artista se muestran fotografiados. En uno de ellos aparecen hermosísimos bocetos que dan cuenta de un gran dibujante así como la historia del cuadro, cuando y donde fue realizado, quienes lo compraron  y en cuanto dinero.

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La muestra permite sacarse una foto apareciendo en un cuadro de Hopper, ofrece un lugar de dibujo para niñxs y un pequeño documental sobre directores de cine influidos por el artista. Hopper logra provocarnos un modo de mirar el mundo, algo de esa mirada intenté reflejarlo en la última fotografía de su propia muestra.

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Fotos de Silvia Di Segni