#Netflix: Llámame Francisco

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Hay una elevada cuota de didactismo en esta película sobre el cura Jorge Bergoglio, cuya vida antes de convertirse en el Papa Francisco, Netflix convirtió en serie de 5 capítulos y 50 min cada uno, y que ya puede verse en la plataforma VOD.

Con los tics y la estética Netflix, una apreciable dirección de arte (planos abiertos de distintos lugares de la ciudad de Buenos Aires con reconstrucción de época), un guión excesivamente sintético, Llamame Francisco (Chiamatemi Francesco – Il Papa della gente) fue dirigida por el italiano Daniele Luchetti y ya había tenido su estreno en Roma con la anuencia del Papa. 

No se aleja de las biografías de grandes personajes de la historia: idealizada, fáctica y sin poner en duda a su protagonista: un hombre íntegro que está en el lugar que tiene que estar.

Tal vez lo que extrañiza, sobre todo al espectador argentino, es que este personaje recorre la historia, las calles, las villas miserias, los pueblos de la Argentina entre fines de los 40 y el 2013, año en que Jorge Bergoglio se transforma en Francisco. Ese devenir y esa vida la serie la hace transcurrir casi sin querer, sin escollos políticos ni evidencias de estrategias de poder. La síntesis tal vez resiente las causas reales de un crecimiento en la escala de la iglesia, las elipsis en algunos casos son groseras como cuando pasa rápidamente del beso con su novia en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata a ser llamado cura en un bar donde se arma una trifulca entre peronistas y antiperonistas.

No queda duda, desde el comienzo, que Bergoglio es peronista, que su pertenencia a la orden jesuita sólo le permite un trabajo docente y evangélico, de ahí su nombramiento como superior provincial de la Compañía de Jesús o como rector de las facultades de Filosofía y de Teología del Colegio Máximo de San Miguel y que llega a ser obispo auxiliar con el permiso de Juan Pablo II en la época del cardenalicio de Quarracino. Tampoco queda dudas de su preocupación con los perseguidos por la Dictadura, o los amigos amenazados y del sufrimiento por la desaparición y muerte de su antigua jefa de laboratorio, luego madre de Plaza de Mayo Esther Ballestrino de Careaga (como siempre impecable Mercedes Morán), cuyo cadáver fue encontrado junto con el de Azucena Villaflor en las costas de Santa Teresita. El tiempo dedicado a los años de la Dictadura es el más extenso dentro de la duración total de la serie.

El comienzo con la llegada del Cardenal a Roma para el cónclave que decidirá el reemplazo del renunciante Benedicto (Bergoglio mayor es interpretado por el chileno Sergio Hernández (Gloria, NO), y su voz es el vehículo para ir hacia el pasado a partir de preguntas o reflexiones hacia el joven Jorge (Rodrigo de la Serna) y su primera decisión para entrar a la iglesia. Esa voz siempre va a construir el relato desde el presente hacia su historia personal, cruzada inexorablemente por la historia del país: hay un momento de la que puede resumir lo que es Llámame Francisco: la visita de Jorge Luis Borges al colegio donde Bergoglio es profesor, increpado políticamente, Borges habla desde el pedestal en el que la historia y sus libros lo pusieron para luego ser afeitado por el propio cura en el patio del colegio. La anécdota es real. Previo a ese momento, la persecusion de un chancho por parte de los alumnos del colegio secundario con el único ralenti que muestra esta producción italiana que maneja un buen tempo televisivo.

Termina siendo una buena propuesta para el verano.