Ensayo sobre la risa

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Roeloff van Zijl, Venus and Cupid, c. 1625

Brindemos por la risa.

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Un ensayo sobre la risa no debe provocar risa sino un simulacro de risa, pues para eso es un ensayo. Ja, ja, ja. No. No debería tomárselo demasiado en serio. Deberían desplegar una cierta condescendencia para con el autor, ya que esbozar una sonrisa, aunque sea de compromiso, suaviza la lectura. (Es increíble pero escribir un ensayo sobre la risa puede generar angustia. Ya mismo siento el clásico vacío en el pecho, el llanto latente, las manos transpiradas que impiden el corrextso tijfpeo posr edl teclkdjAdo).

Secas las manos continuamos ensayando. Total falta para el estreno. Lo mismo que este ensayo, la risa y como corolario, la felicidad, no deben ser tomadas muy en serio. Es preferible tomarse en serio las tomadas y entrarle al copete. Pero ojo que el alcohol no necesariamente provoca risa, a veces explota en llanto y la cosa se torna en una sórdida melancolía, aunque el ojo externo derrame una lágrima en honor a la carcajada.

Hablando en serio, hemos detectado que la risa es uno de los cuatro elementos fisiológicos que son contagiosos sin necesidad de ninguna noxa. La risa se expande como una epidemia, nadie duda de ello, sobre todo si la ocasión requiere de guardar un silencio solemne. Quién no recuerda las formaciones escolares, donde a partir de un hecho insignificante, un gas en el aire, la risa se propagaba por todos los alumnos, contenida en la garganta, llegando casi al dolor por el esfuerzo muscular de la mandíbula. Los otros tres elementos contagiosos son: el bostezo (cuya sola mención, imaginación o lectura genera un bostezo, como ahora mismo le suceden al lector y al autor que suspiran casi al unísono), el llanto y el vómito. Por alejarnos del objetivo del presente ensayo mínimo, dejamos para otra ocasión la explicación de la epidemiología del llanto. Con respecto al vómito, mejor lo evitamos y no nos salpicamos con esa desagradable, hedionda, llena de fragmentos no digeridos, asqueante, repugnante, descripción.

Limpio ya el camino podemos proseguir con nuestro ensayo. Trataremos de no caer en la recursividad infinita del ensayo del ensayo. Pero sí apelaremos a la risa que provoca la risa, a la clase de situación o relato que enciende la chispa aunque no logre poner en marcha el motor.

De risa uno puede morirse y si son de risa fácil las probabilidades aumentan. Alguna vez se dijo que la película “Los enredos de Wanda” había matado de risa a un espectador. Como me gustan los deportes extremos me senté a mirar la película con el número de teléfono de la ambulancia cerca del televisor. Pero no. A duras penas me hizo mover los músculos de la cara. Sólo una diversión introspectiva. Era graciosa, pero tampoco para llegar al extremo de la muerte, apenas algunas carcajadas forzadas, una sonrisa complaciente, casi de Mona Lisa, fue lo único que logró despertar.

La risa no es exclusiva del ser humano. Estudios recientes muestran que otros primates tienen la misma conducta pero en diferente formato. Por cuestiones particulares relacionadas con la anatomía, los chimpancés no pueden esbozar el mismo sonido que nosotros, de allí la imposibilidad del habla, de la que hablan. Un mono siempre ayuda a la risa. En el show business siempre aparece alguno con sombrero o fumando. Un primate más, que es explotado, pero que en el momento regala risa. Es que la desgracia ajena y a veces la propia, causan también cierta gracia.

No hay nada peor que tratar de ser gracioso. Por suerte este es un ensayo y nadie puede exigir carcajadas a algo que todavía no es. Y que probablemente no sea nunca, ya que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, o como dijo Aristóteles con mejor verba, el principio del tercero excluido. Hablando de exclusiones, de aquí sí que se fue la risa. Sólo quedó esta absurda compulsión por seguir escribiendo (leyendo en el caso suyo), un ensayo que tiene menos efecto que un vaso de agua. Siguiendo la metáfora química, mi mejor jugada podría ser la de encerrar este ensayo dentro de un tubo y meterme en el laboratorio a seguir experimentando.

En el acto final puede apelarse a la expresión patética de quien quiso hacerse el gracioso y sólo llegó a la vergüenza, muchas veces, para peor, no es esta la situación, ajena. Capaz que unos naranjazos del público, luego del escarnio del estreno, despierten la carcajada.

Lo absurdo, en este caso, no es una búsqueda deliberada. Es el producto de la propia limitación. Nos queda un último acto desesperado… Vayamos enrollando este papiro y ubicando su destino en esa incómoda posición, mientras el lector relaja una risa.

Publicado en Leedor el 2-06-2011

  • sandra milena muñoz

    me pareció muy divertido el ensayo lo recomiendo para que lo lean y se rían un ratico ya que la risa es muy buena para la salud….