Manuel Puig: la literatura como collage

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La presencia constante del cine, la parodia, el collage, la cultura popular, el manejo extraordinario de los narradores y de los puntos de vista son algunas de las características que definen la obra de Manuel Puig (1932-1990), el recordado autor de Boquitas pintadas.

Nació en el pueblo de General Villegas que le sirvió de marco espacial y social para su narrativa. Allí comenzó su amor por el cine que ya se traduce en La traición de Rita Hayworth (1968), proclamada por el diario Le Monde como una de las mejores novelas del bienio 1968-1969.

Boquitas pintadas (1969) –llevada al cine por Leopoldo Torre Nilson– está pensada como un folletín con un aprovechamiento genial de la cultura popular y de sus clisés; aquí, además, el narrador se corre totalmente dejando paso a la voz de sus personajes.

En El beso de la mujer araña, también trasladada al cine y adaptada al teatro, abordó los temas del compromiso político y la homosexualidad. La obra transcurre en la cárcel, donde un homosexual refiere casi sin cesar a un preso político argumentos de películas clásicas con cuyas heroínas se identifica plenamente. The Buenos Aires Affair (1973), Pubis angelical (1979), Maldición eterna a quien lea estas páginas (1980) son otras de sus novelas, por solo mencionar algunas.

Además, escribió guiones de cine: La cara del villano y Recuerdo de Tijuana (ambos de 1985).

Fragmento de El beso de la mujer araña

—Buen día…
—Buen día…, Valentín.
—¿Dormiste bien?
—Sí…
—…
—¿Y vos, Valentín?
—¿Qué?
—Si dormiste bien…
—Sí, gracias…
—…
—Ya oí hace un rato pasar el mate, ¿vos no querés, verdad?
—No… No le tengo confianza.
—…
—¿Qué querés de desayuno?, ¿té o café?
—¿Vos qué vas a tomar, Molinita?
—Yo, té. Pero si querés café es el mismo trabajo. O mejor dicho, no es ningún trabajo. Lo que vos quieras.
—Muchas gracias. Haceme café, por favor.
—¿Querés pedir puerta antes, Valentín?
—Sí, por favor. Pedime puerta ahora.
—Bueno…
—¿Sabés por qué quiero café, Molinita?
—No…
—Para despabilarme bien, y estudiar. No mucho, unas dos horas, o un poco más, pero bien aprovechadas. Hasta que retome el ritmo de antes.
—Muy bien.
—…
Y después un descanso antes de almorzar.
—Molina… ¿cómo amaneciste?
—Bien…
—¿Se te pasó el malhumor?…
—Sí, pero estoy como atontado… No pienso, no puedo pensar en nada.
—Eso es bueno… de vez en cuando.
—Pero estoy bien…, estoy contento.
—…
Hasta me da miedo hablar, Valentín.
—No hables,… ni pienses.
—…
—Si te sentís bien, no pienses en nada, Molina. Cualquier cosa que pienses te va a aguar la fiesta.
—¿Y vos?
—Yo tampoco quiero pensar en nada, y voy a estudiar. Con eso me salvo.
—¿Te salvás de qué?…, ¿de arrepentirte de lo que pasó?
—No, yo no me arrepiento de nada. Cada vez me convenzo más de que el sexo es la inocencia misma.
—¿Te puedo pedir algo… muy en serio?
—…
—Que no hablemos… de nada, que no discutamos nada, hoy. Es por hoy sólo que te lo pido.
—Como quieras.
—… ¿No me preguntás por qué?
—¿Por qué?
—Porque me siento… que estoy… bien, estoy… muy… bien, y no quiero que nada me quite esa sensación.
—Como quieras.
—Valentín…, yo creo que desde que era chico que no me siento tan contento. Desde que mamá me compraba algún juguete, o algo así.
—¿Sabés una cosa? Pensá en alguna película linda… y me la empezás a contar cuando termine de estudiar, mientras se hace la comida.
—Bueno…
—…
—¿Y qué película querés que te cuente?
—Una que te guste mucho a vos, no me la pienses para mí.
—¿Y si no te gusta?
—No, si te gusta a vos, Molina, me va a gustar a mí, aunque no me guste.
—…
—No te quedes tan callado. Te quiero decir que si algo te gusta, me alegra, porque me siento en deuda con vos, no, qué digo, porque fuiste bueno conmigo, y te estoy agradecido. Y saber que algo te puede poner contento… ya me alivia.
—¿De veras?
—De veras, Molina. ¿Y sabés qué me gustaría saber? Es una pavada…
—Decí…
—Que me digas si te acordás de algún juguete que te gustó mucho, el que más te gustó… de los que te compró tu mamá.
—Una muñeca…
—Uy…
—¿Por qué te reís tanto?
—Ay, si no me dan puerta rápido me hago encima…
—Pero ¿por qué tanta risa?
—Porque… ay, me muero… ay, qué buen psicólogo resulté…
—¿Qué pasa?
—Nada… que quería ver si había alguna relación entre ese juguete… y yo.
—Lo tenés merecido…
—¿Y seguro que no era un muñeco?
—No, una muñeca bien rubia, con trenzas, y que abría y cerraba los ojos, vestida de tirolesa.
—Ay, que me den puerta, porque no aguanto más, uy…
—Me parece que es la primera vez que te reís desde que tuve la mala suerte de entrar en tu celda.
—No es cierto.
—Te lo juro, no te había visto reírte, nunca.
—Pero si tantas veces me he reído… y de vos.

Manuel Puig nos habla de su infancia en General Villegas