Joan Fontcuberta: Pareidolia en Bogotá

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Un lujo recorrer la capital colombiana en estos días, por la posibilidad de adentrarnos en el mundo visual y teórico de uno de los artistas más relevantes de la escena que toma la fotografía como campo fecundo donde desarrollar una amplia crítica sobre la imagen, lo verosímil y los medios de comunicación.

Máxime encontrarlo en una Bogotá que ha atravesado su referendum para ratificar su acuerdo de paz el pasado domingo 2 de octubre. No es un dato menor, porque el voto por el sí (que perdió por escaso margen) parece haber sido apoyado por buena parte del espectro cultural, así como en general fue la opción mayoritaria de los bogotanos. Esto también marca una línea posible a la hora de pensar las propuestas artísticas en los distintos espacios, descendiendo sensiblemente la cantidad de ellas que toman como tema la representación de la violencia, excepto claro, si pensamos en la contundente propuesta de Andrés Felipe Orjuela, Miserere, Vestigios de una historia, curado por Irving Domínguez en El Dorado, que desarrollamos en otra nota. En este sentido, también adquiere valor la experiencia de Spencer Tunick en Colombia y su registro en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Además, en relación con la campaña del NO al acuerdo de paz, este tema de Fontcuberta en relación al fake mediático, permanente por estos días, donde las democracias son moldeadas por los inventos de la televisión y el internet, es un punto reflexivo que potencia los lugares de incomodidad que el arte contemporáneo pareciera estar llamado a provocar.

Aquí en el Museo de Arte del Banco de la República, la exposición de Fontcuberta en su anexo de exposiciónes temporarias, ha traído cinco de sus proyectos desarrollados a lo largo de casi 35 años: Herbarium, Fauna, Constelaciones, Sputnik, Milagros&Co.

Herbarium es su primera serie, desarrollada de 1982 a 1985, apoyada directamente en una referencia existente, las investigaciones del fotógrafo Karl Blossfeldt, perteneciente a la escuela de la Nueva Objetividad, que publica su éxito epocal Urformen der Kunst (Las formas originales del Arte) en 1928. Con esta referencia, el artista catalán se lanza a inventar sus propias formas botánicas a partir de desechos encontrados en las calles de Barcelona. Desde la factura, quizás sea la serie más plástica y con profundidad poética sin perder el tono crítico, y preanuncian los caminos por los que se embarcará el catalán para pensar las búsquedas que siguen.

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Flor Miguera, serie Herbarium
Flor Miguera, serie Herbarium

La serie que le sigue cronológicamente es Fauna y se apoya en las investigaciones del criptozoólogo alemán Peter Ameisenhaufen quien relevó un bestiario fantástico en distintos lugares del mundo, expulsado del mun do científico por su falta de rigurosidad. Todavía no estoy en condiciones de afirmar, como autora de esta nota, si Ameisenhaufen existió realmente, al menos no sí me baso en los rastreos de internet. Aquí entonces aparece la primera pista de lo que luego será central en toda su obra, la reflexión -crítica y no exenta de humor- sobre el discurso científico al que accedemos a través de la divulgación, la producción y el consumo de conocimientos en la era digital. Es decir, internet = abundante contenido, potente hipertextualidad, nula profundidad,  planteo sobre la veracidad de la información. Esta es la oposición simple que liga las lógicas líquidas de lo mediático: big data vs. deep data.

Esto que escribo se apoya en buscar info y encontrar páginas como ésta (cliquear aquí) donde se presenta la siguiente foto con el epígrafe In the year 1900, Wilhelm Ameisenhaufen, que es claramente una mujer disfrazada inventada por el catalán:

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Un paréntesis desde la matriz del museo como totalidad armadora de claves de sentido. En el piso superior está la también temporaria Formas de la Memoria, con las nuevas adquisiciones del museo, que incluye la videoinstalación de Antoni Muntadas, On translation, el aplauso, de 1999.

Retomamos Fauna, de Fontcuberta, donde aparecen los objetos taxidérmicos, esculturas de animales inventados por el artista y colocados en vitrinas, junto a fichas de los hallazgos del científico citado, acompañados de textos que empiezan a insinuar la suma del discurso literario con síntoma de la pareidolea también. Entonces, eso un modo de enunciación completo el que actúa como un sistema de modelización, revelando la máquina semiótica que es el arte con sus lenguajes específicos: la fotografía, la literatura, el dibujo, la imagen en movimiento.

Aquí los presuntos documentos de Ameisenhaufen recogidos por Fontcuberta:

Centaurus Neandertalensis
Centaurus Neandertalensis

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Hasta aquí nos queda claro que (y amamos a Fontcuberta por ello), la burla a la archivomanía también es una línea contundente de su hacer, esa patología de la investigación académica de los historiadores del arte y de la cultura, y de los artistas y las bienales), que acuchillan por encontrar un archivo como si el pasado no fuera un invento permanente del presente, y los archivos el modo más exquisito sancionado como necesario de ocultar lo distinto, de olvidar lo que se quiere invisibilizar, la fuente de las verdades inéditas que quedan por desentrañar en la realidad.

En orden de años de producción, le sigue Constelaciones, una reflexión sobre el cielo y las estrellas, los objetos que nos llegan de la atmósfera, como una construcción absolutamente cultural, con un discurso aparentemente poetizado que también construye normatividad, donde lo que vemos es un paisaje reconstruido a partir del choque de insectos contra el parabrisas de su auto. Esa imagen, trabajada estéticamente, como suerte de traducciones culturales, invenciones, mentiras, sobre la naturaleza. Refuerza la idea de que es cierto una sala armada con un meteorito precisamente iluminado y teatralmente montado, al que le suma la desconfianza en lo que veamos con la advertencia en la entrada de que la radiación que emite podría afectar a mujeres embarazadas, personas con marcapasos cardíacos y niñas con trenzas (???).

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ALPHA CENTAURI (MAGS 0,0/1,2) AR 14H 39,5 MIN. / D -60º 50′

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Y así llegamos a lo que puede ser su instalación más delirante, y también por ello, en esta sociedad del espectáculo, más verosímil: Sputnik, donde reconstruye la guerra por el espacio de las dos grandes potencias, protagonizada por el astronauta soviético Iván Istochnikov y su perrita Kokla. En este proyecto explica cómo ambos seres vivos fueron “desaparecidos” de las comunicaciones oficiales de la misión luego de que tuvieran un accidente en el espacio, que la convierte en una experiencia fallada, que provoca la volatilización de ambos.

Una profusa, completa, exhaustiva documentación (que incluye fotos de la infancia del astronauta, su casamiento, juguetes de la perra, latas de alimento, bocetos de los trajes y hasta el video del lanzamiento), presentada en una curaduría potenciada por los soportes museográficos, hace de esta sala la exaltación del método Fontcuberta, solo superada, quizás, por la sala del final, la de Milagros&Co. Aquí empieza a aparecer el mismo artista autorretratado, haciendo del astronauta y luego del sacerdote de la secta finesa.

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Se incluye la repercusión que tuvo esta propuesta, cuyo fake fue levantado como verdadero por un programa de televisión española, y la historia tuvo que ser desmentida por la propia Rusia.

Finalmente, cierra esta impactante exposición retrospectiva, la serie de los Milagros, donde Fontcuberta presenta a una secta religiosa afincada en Valhamönde, Finlandia, que desarrolla el lucrativo negocio de la invención de milagros, reliquias y métodos de persuasión y transformación espiritual totalmente en línea con las iglesias milenaristas de nuestras sociedades que pareciera embaucar a gentes de todas las clases y zonas planetarias. Aquí el sentido del humor es lo que prima, nos damos cuenta a esta altura del recorrido cuál es la propuesta del artista y su mirada crítica, sarcástica, terrible, presentada en una clave reflexiva pero tan divertida, atravesada de guiños a la cultura universal, con estéticas diversas, plena de citas, que ponen en funcionamiento esa otra forma de la pareidolia, la semiosis ilimitada peirceana, que anticipa la patología tan siglo XXI denominada: exceso de referencia y de metatextualidad.

Un video final más bien teórico y (jeje), justamente, metatextual, aclara el propio derrotero de Fontcuberta a la hora de pensar y pensarse generacionalmente: Roland Barthes, Gillo Dorfles y especialmente Vilmen Flusser parecen flotar en su mirada.

Inolvidable esta exposición del República, y ojalá se traiga a Buenos Aires, donde, como en Colombia y en todo el mundo, la mentira, lo verosímil por encima del acontecimiento, el efecto realidad y la tiranía mediática parecen ser las que rigen todo lo que nos sucede.

Desde del 10 de noviembre de 2016 hasta el 27 de febrero de 2017.
Museo de Arte del Banco de la República. Bogotá.