Sobre censura en el cine argentino

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 Me pongo a escribir en este texto parte de mi infancia, adolescencia, gran parte de mi vida. Me hice (¿me hicieron?) cinéfilo en un colegio de curas salesianos donde cursé mi escolaridad primaria y secundaria (desde 1957 a 1970), el San Francisco de Sales del barrio de Almagro; en el cine-salón de actos aprendí mis primeras imágenes (cine de “acción”), después tomaría otros rumbos, otras imágenes.
Por este y otros motivos este excelente trabajo de Fernando Ramírez Llorens, “Noches de sano esparcimiento. Estado, católicos y empresarios en la censura al cine en Argentina, 1955-1973” editado hace poco por Enerc/Incaa y Libraria Editora (Premio Concurso Nacional y Federal de Estudios sobre Cine Argentino Biblioteca Enerc/Incaa), me pega donde me pega.
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Comienza el libro con una mención a un padre católico, y abogado (el padre del autor), un “dato” de gran importancia.
“Mi interés primero (se trata de la tesis de doctorado en Ciencias Sociales de Fernando) tenía más que ver con las ideas de la derecha conservadora en nuestro país, y fueron apareciendo el cine, la censura, los abogados (católicos), la Iglesia y la Acción Católica Argentina, ” (me cuenta Fernando en el Instituto Gino Germani, ante un grabador que se niega a su función).
“Pienso la censura no como algo que le pasó a la sociedad, que le fue impuesto, sino como algo que el propio aparato social constituyó y reprodujo”.
“Todo el mundo finge estar de acuerdo en que la censura debe ser eliminada” dice Homero Alsina Thevenet.
“Siempre se nos quiso hacer creer que no había vínculos carnales entre la sociedad y la censura, que todo sería culpa de “monstruos” y “malvados”, de “otros”, dice el autor refiriéndose a Ramiro de Lafuente y Miguel Paulino Tato. Los “Señores Tijeras” de Sui Generis.
Un programa de borramiento  de los grupos que sostuvieron ideológicamente a esas tijeras y que las manipularon (más o menos entre las sombras).
Fernando investiga en su obra la lógica y objetivos, génesis y reproducción del “monstruo”, se trata de comprender el rol social de la censura en un período de tiempo muy rico, intenso, complejo, preñado de contradicciones y ambigüedades. “Entre fines de la década del 50 y mediados de la del 60, se produjo un hecho hasta ese momento inédito en la historia del cine argentino: una numerosa cantidad de directores, productores, autores, intérpretes y técnicos hizo su entrada en la actividad con más de 400 cortos y largometrajes realizados en el formato profesional de 35mm, mientras simultáneamente se iniciaban nuevos críticos y ensayistas”. (así introduce Simón Feldman a su libro “Cine Argentino. La Generación del 60” (con un gran ¡60! en tapa roja) allá por “ese entonces”, un libro “clásico” con algunas manchas de “prejuicios” típicos de aquellos tiempos).
Fernando Ramírez Llorens analiza con certeza y coraje el lugar social de la censura. Un “cine bueno” (artístico-moral-educativo-ejemplificador) vs un “cine malo” (inmoral-comercial-vulgar).
A partir de las primeras décadas del siglo XX se hablaba o escribía acerca de la “inmoralidad del cinematógrafo”, su influencia en la “criminalidad” (¡infantil y juvenil!), “la disolución del núcleo familiar” (desde los púlpitos, incluídos los de la prensa, se exigía a las autoridades (civiles o militares) que pusieran límites a tanto desorden y que operaran sobre el cuerpo (social) “enfermo”.
El Estado (lobo-censor) y la sociedad (Caperucita-doncella victimizada).
Durante los 50 años que van desde 1930 hasta 1980, desde el Estado, el mercado, el “mundo católico”, gobiernos civiles y militares, empresarios cinematográficos (producción, distribución y exhibición), diseñaron estructuras especializadas para actuar en cinematografía (incluidas contradicciones, ambigüedades, y “negociaciones”).  La consolidación del empresariado de las tres ramas a partir de la aparición del cine “sonoro” (masividad), décadas del 20/30. La ofensiva del integrismo católico a escala planetaria, abandonar el  ámbito privado y pasar a la conquista del público (educación, cultura, medios) con el objetivo de “restaurar” un orden social (“moralización de las masas”), desquiciado por el “liberalismo” (en crisis) y armar a las “fuerzas vivas de la nación” frente al peligro “comunista”, mediante un ejército de laicos militantes disciplinados por el Vaticano y los obispos (locales).
Todo esto en un nuevo marco social de masas urbanizadas y (peligrosamente) proletarizadas, sin olvidar la inmigración (no deseada). Poder de policía, Moral – Seguridad – Salubridad : control social. Intervenir frente a una “amenaza potencial”.
Una de las columnas del trabajo de Ramírez Llorens: independientemente de las “alternancias” políticas (gobiernos civiles, democracias vigiladas y dictaduras cívico-militares), había una matriz social autoritaria.
El cine se “problematiza”, ¿inocente entretenimiento?, ¿monstruo de dos cabezas que provoca “desorden” a la vez que puede ser instrumentado como “medio de comunicación” (transmisor de “valores morales”) para una misión redentora (salvaguarda del orden y las jerarquías “naturales”)? ¡Usos sociales del cine!
La Santa Madre Iglesia evidencia su preocupación y lanza sus encíclicas desde el mismísimo trono de Pedro, Carta Encíclica Vigilanti Cura (sic), carta del Papa Pio XI, 29 de junio de 1936, “con ojo vigilante, como lo exige nuestro ministerio pastoral”. Convocan a los laicos a formar “Legiones de Decencia” (tomando como modelo las existentes en USA). La encíclica “Divini Illius Magristri”, 31 de diciembre de 1929, Pío XI, dedicada al tema de “la educación cristiana de la “gioventú”, ” (una de las obsesiones perennes de la Iglesia), “Miranda Prorsus”, 8 de septiembre de l957, Pius XII.
Toda esta “preocupación” se emparenta con el tema de la “cuestión social” (Encíclica Rerum Novarum, ya del año 1891), ante el avance del anarquismo, el socialismo, “el peligro a enfrentar”. A esto debemos sumar el “interés” de la Iglesia por la cuestión de los “medios de comunicación” (medios gráficos, radio, cine, y luego la televisión). Los “documentos” y planteamientos de la Iglesia son inumerables. Establecimiento de los “Grupos de Familia” (décadas del 40 y 50), Ligas de Padres y Madres, Protección a la Joven, etc.
El rol protagónico, central, de la Acción Católica Argentina, creación de la Dirección Central de Cine y Teatro de la A.C.A., encargada de “calificar” (y descalificar) “moralmente” películas y obras de teatro. Se trata (en síntesis) de disputar el “espacio público” y fundamentalmente ingresar en la administración estatal (construcción de un estado confesional). Recomiendo un libro para profundizar sobre este tema: “Del estado liberal a la nación católica. Iglesia y ejército en los orígenes del peronismo, 1930-1943”, de Loris Zanatta, Universidad Nacional de Quilmes Ediciones, 1ª edición 1996, reeditado en varias oportunidades.
Volvamos a los años investigados en el libro de Fernando.
Nuevas experiencias “contraculturales”, cineclubes, publicaciones especializadas, cortometrajes, festivales y muestras de cine, escuelas de formación cinematográficas, universidades, cine experimental, nueva crítica, nuevas generaciones de realizadores, técnicos y ¿un nuevo público, para un “nuevo cine”?
“La regulación que expresa aquello que no quiere expresar frustra su propio deseo”.
O sea que el carácter explícito de la censura suele producir efectos contradictorios (no deseados), hasta convertirse en “publicidad”.
Periodistas, críticos cinematográficos, abogados laicos (católicos) fueron legión en los organismos públicos de la censura, en el Ente de Calificación Cinematográfica y experiencias anteriores.
Las dos caras de la misma moneda, .No se trata de “prohibir”, también es fundamental “promover” (censuras explícita e implícita).
“Estimular la producción de discursos apropiados surge entonces como un complemento necesario de la prohibición”.
“La intención de mi trabajo es estudiar la cotidianeidad de la censura (…) no me propongo redactar una mera recopilación de hechos singulares de censura, Me propuse reconstruir los debates (intensos) sobre los usos “legítimos” e “ilegítimos” del cine argentino en ese período (…)”
“Estado, Iglesia y empresarios cinematográficos lograron construir (con sus idas y vueltas) un consenso en torno al “uso social” del cine, como “sano esparcimiento” (…) hasta la crisis de ese consenso entre 1966-1973″.
¿Tradición “industrial” (estudios) o refundación del cine sobre bases “artesanales”?
Revolución “Libertadora”, Aramburu, Frondizi, Guido (sic), Illia, Onganía, Levingston, Lanusse, Cámpora, Perón-Perón-López Rega. La censura montada sobre la interminable matriz social autoritaria.
Desde Ramiro de Lafuente a Miguel Paulino Tato,
El Código Hays y las Ligas de la Decencia yanquis como modelo (recomendaciones desde Roma), la prensa católica (diario “El Pueblo”) y las alianzas con el “nacionalismo”, Desde la Comisión Honoraria Asesora de Contralor Cinematográfico (1933), pasando por la creación en 1951 de la Comisión Nacional Calificadora de Espectáculos Públicos (los conflictos, idas y vueltas, entre la Iglesia y el gobierno de Perón, 1946-1955), hasta el Ente, de Calificación Cinematográfica,
“Mucha gente piensa que Tato (Miguel Paulino) siempre estuvo al mando del aparato de censura estatal, se olvidan de Ramiro de Lafuente y de otros pesonajes similares” (comenta Fernando Ramírez Llorens en su espacio de trabajo en el Instituto Gino Germani de Sociales),
Pero el tema no pasa por las “diferencias” entre el católico millitante (Don Ramiro) y el “vivo” (Tato), este último no muy apreciado por las Legiones de la Decencia (por ser un “separado” y no portar una vida “ejemplar”),
“Conservadurismo”, “modernidad”, “desarrollo”, “progresismo”, “apertura”, “liberalismo”, términos que parecen perder su aparente nitidez,
Pius XII, emitió en 1955 dos discursos sobre “El film ideal”. ¡El cine podría ser bien utilizado! (advierte y promueve).
Cineclubes católicos, exhibiciones con cine debate.
Matrimonios como Dios manda y sacerdotes cineclubistas/cinéfilos.
Revistas especializadas.
El Instituto de Cultura Religiosa Superior.
Contradicciones con respecto a la censura.
Negocian cortes y quebradas, entre empresarios del sector y el estado (censor).
¿Cual fue la postura de los realizadores en todo este asunto?
¿Fomento al cortometraje y al “nuevo cine”, durante la dictadura de Onganía?
¿Apertura y relajamiento de la censura durante el interregno de Lanusse?
Octavio Getino y esos 90 días de “intervención” del Ente, durante la breve primavera, antes de la llegada de los largos inviernos infernales.
Leyes y abogados (católicos y no tanto), Aramburu y el Decreto 11.847 del año 1956 (Comisiones  de Censura Provinciales y Municipales), policías de moralidad en defensa de “decoro nacional” (sic), la “moral ambiente” (¿sensación moral?) y sobre todo para promover “la formación espiritual de la juventud argentina”, ¡todo demasiado bizarro!
¡Los objetivos “morales” y comerciales podían articularse en el concepto de “sano esparcimiento” (familiar)!
¿Coroneles “vanguardistas” al frente del Instituto Nacional de Cine en plena dictadura del general-cursillista Juan Carlos Onganía?
(Adolfo Luis Ridruejo y el “consenso”, una especie de “Pacto de la Moncloa” -cinematográfico- al uso nostro).
La casi eterna LEY 18.019.
El dispositivo de la censura no dependía de una sola persona, ni de un grupo acotado de funcionarios, no era una torre vertical, estaba pensada, construída y mantenida como una red (extendida a lo largo y a lo ancho de la geografía social).
Año 1984 (gobierno de Raúl Alfonsin), Ley 23052, punto final a la censura (desde el estado), ¿y el mercado?
El papel de los organismos de “inteligencia” del estado como auxiliares y “asesores” del aparato censor, ¡una moviola en la Side!
Mi entrañable recuerdo para el cineasta, guionista, artista plástico y docente Juan Oliva, al que conocí personalmente a través de su sobrina (mi amiga) Silvia Somenzi. Su legendario cortometraje “Los cuarenta cuartos” (1962) fue secuestrado y prohibido en 1963 por un decreto (791/63) firmado por un triste y patético abogado devenido presidente de la nación, el Dr José María Guido, quien ocupó el sillón de Rivadavia desde marzo de  1962 a octubre de 1963, otro de nuestros presidentes “espresso”.
No se olvida Fernando Ramírez Llorens de citar en su libro a la Dipba (Dirección de Inteligencia (sic) de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (1956-1998), aunque sus funciones parecen originarse desde la década del 30.
Control de prácticas culturales.
(El archivo de la Dipba está abierto al público desde el año 2003 y es custodiado y gestionado por la Comisión Provincial de la Memoria).
Desde estos organismos se “protegía” a la sociedad y se combatía a “infiltrados comunistas” (término de larga data), a “criptocomunistas” y a cualquier “individuo” o grupo de individuos sospechados de “tendencias izquierdizantes”.
(Durante la última dictadura cívico-militar (1976-1983) funcionaba una red de porteros que informaban a las fuerzas del orden acerca de movimientos “sospechosos” en los edificios que “administraban”. La censura no vino del “espacio exterior”).
Las lógicas de una sociedad que se vigila a si misma.
Se clausuraron escuelas de cine, universidades y cine clubes. Toda actividad o expresión cultural era sospechosa, pero los emprendimientos comerciales estaban fuera de toda vigilancia, solo lo gratuito era peligroso.
Control capilar.
“A causa del cine las mujeres andaban por las calles de noche, fuera de su ámbito “natural”: el hogar”, argumento escuchado y leído desde la llegada del sonoro.
El cine, la noche, el pecado.
“De casa al trabajo y del trabajo a casa” (la calle, sobre todo por la noche, es peligrosa y todo el que la habita…sospechoso).
Estamos viviendo un traspaso de lo público a lo privado, desde hace tiempo, la televisión y las nuevas tecnologías han transformado y casi demolido un “acto social” (ver y oir cine). Nuevos encapsulamientos, una nueva y más eficaz matriz autoritaria (la “homologación de la(s) cultura(s)”, el nuevo fascismo que ya denunciaba y profetizaba Pier Paolo Pasolini hace casi medio siglo).
Es de destacar aquí el magnífico trabajo de investigación (detectivesco-arqueológico) de Fernando Ramírez Llorens, sobre todo si tenemos en cuenta lo engorroso de la búsqueda de fuentes y testimonios, en particular cuando se trata de determinados temas y períodos históricos.
Se comenta que gran parte de una valiosa documentación que permitiría iluminar las sombras de esos tiempos (nombres, grupos e instituciones que formaron parte del dispositivo de la censura) fue intencionalmente destruida durante el menemato, en la infame década delos 90.
¡La censura no es algo que nos pasó, que nos impusieron desde arriba y desde afuera, es algo que el aparato social (la sociedad, nosotros) construímos y reprodujimos!
(Gracias a Fernando Ramírez Llorens por su libro (imprescindible) y por su valioso tiempo y a los compañeros y amigos de la Biblioteca Enerc/Incaa).