Philip K. Dick, pura ciencia ficción

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Philip Kendred Dick (1928-1982) es uno de los autores norteamericanos más importantes de la ciencia ficción. Ya en su adolescencia, publicaba regularmente historias cortas en el Club de Autores Jóvenes, una columna del Berkeley Gazette. Durante la década del 50, escribió varias novelas. Su primer éxito fue Lotería solar (1955) y más tarde El hombre en el castillo (1975).

Su vida estuvo marcada por varios conflictos y padecimientos –su hermana gemela murió pocas semanas después de nacer, sus padres se divorciaron, sufría crisis de asma y períodos de agarofobia, era adicto a las drogas, paranoico e intentó suicidarse–. Sin dudas, además de su talento personal, pudo canalizar estos conflictos en la literatura, lo que lo llevó a transformarse en un escritor brillante y en uno de los más originales del género, aunque durante mucho tiempo fue más apreciado en Europa que en los Estados Unidos.

Entre sus principales influencias se encontraban autores tan diversos como A. E. Van Vogt, James T. Farrell, Jonathan Swift, Kurt Vonnegut, Stendhal, Gustave Flaubert, James Joyce, Honoré de Balzac, Fedor Dostoievski y Anton Chejov, entre otros.

El estilo crítico y reflexivo de Dick, desarrollado en distopías, y situaciones originales, sugerentes, extrañas y paranoicas, con una percepción pesimista del futuro, es visible en toda su producción: Tiempo de Marte (1964), Los simulacros (1964), Los clanes de la Luna alfana (1964), Los tres estigmas de Palmer Eldricht (1965), El Doctor Moneda Sangrienta (1965), Esperando el año pasado (1966), El mundo contra reloj (1967), ¿Sueñan los androides con ovejas eléctrónicas? (1968) –llevada al cine por Ridley Scott como Blade Runner–, La máquina preservadora (1969) o Ubik (1969), solo para mencionar alguna de sus obras, que son muchísimas.

El cine norteamericano le debe mucho a este autor: además de Blade Runner, se pueden mencionar El infiltrado, Minority Report y Total Recall, dentro de una lista que sorprende por la cantidad de adaptaciones.

“Algunas peculiaridades de los ojos” (cuento publicado el 13 de mayo de 1953 en Science Fiction Stories, número 1)

Descubrí por pura casualidad que la Tierra había sido invadida por una forma de vida procedente de otro planeta. Sin embargo, aún no he hecho nada al respecto; no se me ocurre qué. Escribí al gobierno, y en respuesta me enviaron un folleto sobre la reparación y el mantenimiento de las casas de madera. En cualquier caso, es de conocimiento público; no soy el primero que lo ha descubierto. Hasta es posible que la situación esté controlada.
Estaba sentado en mi butaca, ojeando un libro de bolsillo que alguien había olvidado en el autobús, cuando topé con la referencia que me puso sobre la pista. Por un momento, no reaccioné. Tardé un rato en comprender su importancia. Cuando la asimilé, me pareció extraño no haber reparado en ello de inmediato.
Era una clara referencia a una especie no humana, extraterrestre, de increíbles características. Una especie, me apresuro a señalar, que adopta el aspecto de seres humanos normales. Sin embargo, las siguientes observaciones del autor no tardaron en desenmascarar su auténtica naturaleza. Comprendí enseguida que el autor lo sabía todo. Lo sabía todo, pero se lo tomaba con extraordinaria tranquilidad. La frase (aún tiemblo al recordarla) rezaba: …sus ojos pasearon lentamente por la habitación.
Vagos escalofríos me asaltaron. Intenté imaginarme los ojos. ¿Rodaban como monedas? El fragmento indica que no; daba la impresión de que se movían por el aire, no sobre la superficie. En apariencia, con cierta rapidez. Ningún personaje del relato se mostraba sorprendido. Eso es lo que más me intrigó. Ni la menor señal de estupor ante algo tan atroz. Después, los detalles se ampliaban.
…sus ojos pasaron de una persona a otra.
Lacónico, pero definitivo. Los ojos se habían separado del cuerpo y tenían autonomía. Mi corazón latió con violencia y me quedé sin aliento. Había descubierto por casualidad la mención a una raza desconocida. Extraterrestre, desde luego. No obstante, todo resultaba perfectamente natural para los personajes del libro, lo cual sugería que pertenecían a la misma especie.
¿Y el autor? Una sospecha comenzó a formarse en mi mente. El autor se lo tomaba con demasiada tranquilidad. Era evidente que lo consideraba de lo más normal. En ningún momento intentaba ocultar lo que sabía. El relato proseguía:
…a continuación, sus ojos acariciaron a Julia.
Julia, por ser una dama, tuvo el mínimo decoro de experimentar indignación. La descripción revelaba que enrojecía y arqueaba las cejas en señal de irritación. Suspiré aliviado. No todos eran extraterrestres. La narración continuaba:
…sus ojos, con toda parsimonia, examinaron cada centímetro de la joven.
¡Santo Dios! En este punto, por suerte, la chica daba media vuelta y se largaba, poniendo fin a la situación. Me recliné en la butaca, horrorizado. Mi esposa y mi familia me miraron, asombrados.
—¿Qué pasa, querido? —preguntó mi mujer.
No podía decírselo. Una revelación como ésta sería demasiado para una persona corriente. Debía guardar el secreto.
—Nada —respondí, con voz estrangulada.
Me levanté, cerré el libro de golpe y salí de la sala a toda prisa.

Seguí leyendo en el garaje. Había más. Leí el siguiente párrafo, temblando de pies a cabeza:
…su brazo rodeó a Julia. Al instante, ella pidió que se lo quitara, cosa a la que él accedió de inmediato, sonriente.
No consta qué fue del brazo después de que el tipo se lo quitara. Quizá se quedó apoyado en la pared, o lo tiró a la basura. Da igual. En cualquier caso, el significado era diáfano.
Era una raza de seres capaces de quitarse partes de su anatomía a voluntad. Ojos, brazos… y tal vez más. Sin pestañear. En este punto, mis conocimientos de biología me resultaron muy útiles. Era obvio que se trataba de seres simples, unicelulares, una especie de seres primitivos compuestos por una sola célula. Seres no más desarrollados que una estrella de mar. Estos animalitos pueden hacer lo mismo.
Seguí con mi lectura. Y entonces topé con esta increíble revelación, expuesta con toda frialdad por el autor, sin que su mano temblara lo más mínimo:
…nos dividimos ante el cine. Una parte entró, y la otra se dirigió al restaurante para cenar.
Fisión binaria, sin duda. Se dividían por la mitad y formaban dos entidades. Cabía la posibilidad de que las partes inferiores fueran al restaurante, pues estaba más lejos, y las superiores al cine. Continué leyendo, con manos temblorosas. Había descubierto algo importante. Mi mente vaciló cuando leí este párrafo:
…temo que no hay duda. El pobre Bibney ha vuelto a perder la cabeza.
Al cual seguía:
…y Bob dice que no tiene entrañas.
Pero Bibney se las ingeniaba tan bien como el siguiente personaje. Éste, no obstante, era igual de extraño. No tardaba en ser descrito como:
…carente por completo de cerebro.


El siguiente párrafo despejaba toda duda. Julia, que hasta el momento me había parecido una persona normal, se revela también como una forma de vida extraterrestre, similar al resto:
…con toda deliberación, Julia había entregado su corazón al joven.
No descubrí a qué fin había sido destinado el órgano, pero daba igual. Resultaba evidente que Julia se había decidido a vivir a su manera habitual, como los demás personajes del libro. Sin corazón, brazos, ojos, cerebro, vísceras, dividiéndose en dos cuando la situación lo requería. Sin escrúpulos.
…a continuación le dio la mano.
Me horroricé. El muy canalla no se conformaba con su corazón, también se quedaba con su mano. Me estremezco al pensar en lo que habrá hecho con ambos, a estas alturas.
…tomó su brazo.
Sin más contemplaciones, había pasado a la acción y procedía a desmembrarla. Rojo como un tomate, cerré el libro y me levanté, pero no a tiempo de soslayar la última referencia a esos fragmentos de anatomía tan despreocupados, cuyos viajes me habían puesto sobre la pista desde un principio:
…sus ojos le siguieron por la carretera y mientras cruzaba el prado.
Salí como un rayo del garaje y me metí en la bien caldeada casa, como si aquellas detestables cosas me persiguieran. Mi mujer y mis hijos jugaban al Monopoly en la cocina. Me uní a la partida y jugué con frenético entusiasmo. Me sentía febril y los dientes me castañeteaban.
Ya había tenido bastante. No quiero saber nada más de eso. Que vengan. Que invadan la Tierra. No quiero mezclarme en ese asunto.
No tengo estómago para esas cosas.