Spinoza el filósofo del software

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Spinoza fue un filósofo flamenco del siglo XVII. Típica victima de la intolerancia europea del final de la Edad Media, su familia escapó de la persecución antisemita, huyendo de la Península Ibérica hacia los Países Bajos, más precisamente hacia Amsterdam. En aquel complicado siglo XVII, Holanda y el resto de los estados generales eran un oasis tanto en lo económico, como en lo político, religioso y cultural. Mientras el resto de Europa entraba en crisis, allí florecían las ideas y los florines. Una especie de incubadora de la Modernidad.

Baruch, que tal era su nombre, fue educado para ser rabino. Pero su pensamiento crítico y su apego a la razón, lo llevó a una excomunión; es decir lo echaron de la comunidad judía: “excomulgamos, expulsamos, execramos y maldecimos a Baruch de Spinoza, con la aprobación del Santo Dios y de toda esta Santa comunidad”. Entre otras maldiciones, esta es elocuente: “Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa”. Y hasta recomendaban: “Que el Señor no lo perdone”.

Para ganarse la vida, pulía cristales para la creciente industria de la óptica. “Las traslúcidas manos del judío / labran en la penumbra los cristales” escribió Borges en un poema maravilloso y laberíntico llamado, justamente, “Spinoza”. Y mientras pulía y pulía, describía al Creador y a su Universo construído con una arquitectura cartesiana. No por nada, junto al ya mencionado Descartes y al gran científico alemán Leibniz, son considerados los padres del racionalismo.

Entre sus textos más conocidos se encuentran el “Tratado Teológico Político”, donde hacia el final anticipa muchos de los elementos de la democracia moderna y donde critica a los intérpretes de la Biblia, por considerarlos no suficientemente racionales. Para él, todo lo que está en la Biblia es perfectamente racional y acorde con el plan divino. De hecho llega a decir que los milagros no son manifestaciones extraordinarias, sino simplemente hechos de la naturaleza que aún, dada nuestra incipiente ciencia, no pueden ser explicados.

Pero el libro más famoso de Spinoza es sin dudas la “Ética demostrada según el orden geométrico”. En estas reflexiones se plantea una idea casi panteísta, en el sentido de que no hay diferencias entre Dios y la Naturaleza. “Todo cuanto es, es en Dios”, afirma, aunque según los expertos mantenga la diferencia escolástica entre Natura naturans y Natura naturata, entendiendo a la primera como a Dios, es decir la causa y a la segunda como el efecto o el mundo sensible.

Y es este libro el que nos interesa, ya que su estructura es como la de un gran programa de software. Comienza con definiciones y axiomas; continúa, a partir de allí con las proposiciones, las demostraciones y los corolarios. Nada hay en todo el texto que no pueda deducirse a partir de las definiciones y de los axiomas. Como en un programa de computadoras, en donde si bien todo está escrito y definido en el lenguaje correspondiente, los resultados no dejan de ser sorprendentes. Donde la lógica rige en forma despótica, pero extrañamente ese autoritarismo rígido, crea mundos nuevos y alucinantes. Imposible no evocar la imagen del laberinto, donde lo único mágico es (nada menos) la propia geometría.

Por si le faltaba algo para ser el filósofo del siglo XXI, podemos mencionar su defensa irrestricta de la libertad, sus críticas al racionalismo extremo y su defensa de la democracia. Todo sostenido por su propio cuerpo, ya que por la defensa de sus ideas tuvo que pagar el precio propio de un filósofo rebelde: el exilio.

La idea del Universo como un gran programa de software comenzó a circular en la segunda mitad del siglo XX. Sin ir más lejos (?) en “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Borges crea universos con la mera palabra, con comandos o sentencias diríamos hoy día. En este siglo XXI y con el acceso a las nuevas tecnologías, la propuesta prendió mucho más. De hecho hasta se realizó un congreso en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York en abril del 2016, donde científicos renombrados debatieron sobre el tópico. Si es cierto que vivimos en una gran simulación virtual, entonces al menos, ya hemos encontrado a nuestro filósofo.