La noche

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Es interesante la conexión que algunos críticos hicieron después de las primeras proyecciones en la Sección oficial del BAFICI pasado de La noche, la ópera prima de Edgardo Castro, con el primer Campusano, el más sórdido, el menos prolijo y también el más disruptivo.

Tal vez, y todavía sería mera hipótesis, uno (Castro) sea la evolución del anterior (Campusano). Pensarlo así, daría lugar a sostener que la periferia entra al centro, “degradándola” quizás, cuando en realidad es más probable que sea al revés. Ahora bien, más allá de estas particularidades La noche tambien es especialmente universal. Porque la noche que transcurre es la de Buenos Aires pero podría ser cualquier otra ciudad actual.

Acá ya no se trata de los barrios pobres de Quilmes a algunos kilómetros de Buenos Aires, sino de uno de los barrios “bajos” de la propia Capital: el barrio de Once, lugar de paso por excelencia, lugar de la venta ilegal en la calle, de bares oscuros, de marginación, prostitución, mayormente travesti. Zona liberada, el barrio de Once, que se adivina por algunos detalles (el altar de Cromagnon, carteles de bares, la calle Paso, el paso nivel de Jean Jaures) ya que mayormente, las dos horas quince que dura La noche, están conformadas por una totalidad de primeros planos y planos medios que difumina los fondos, que pega la cámara a los cuerpos, las cabezas, las nucas de los personajes, siguiendo especialmente a uno, el propio director enunciando desde una subjetividad oscura pero de alguna manera entrañable, cercana.

Es decir, el espacio de esa ciudad no interesa, podría pasar en cualquier lugar: baños donde se consume cocaína, encuentros sexuales ocasionales, largos y grupales, donde se dialoga también, se conoce al otro agregándole un sexo que la cámara no oculta, al contrario, se ocupa de explicitar. Lo cuasi-documental lo hace pornográfico, el sonido es crudo, las voces se mezclan con locales donde aturde la música y el dialogo se borra, generalmente.

La potencia de La noche se nota en los resultados de su recepción que tiene.

Edgardo Castro se convierte en el anti-flaneur: el que circula, merodea, pero lo hace conociendo personas y lugares que se quieren ocultar, esas zonas que toda sociedad reprime, las que muestran aspectos que toda ciudad tiene, esa que está repleta de amenazas, y una vida intensa y constantemente al borde.