#MDQFEST 2016: Paradise

0
0

En Competencia Internacional, la película de Andréi Konchalovsky gustó aún con ciertos lugares comunes y correcciones políticas en las que incurre.

La propuesta podría ser un pequeño ensayo de cómo pensar el compromiso y las decisiones ideológico morales en tiempos de convulsión, enmarcado en el Holocausto, que sin dudas, pareciera seguir dando que decir y pensar. Y proviniendo de un ruso. Porque el tema también interpela los modos de representación desde una elección política y poética. Retomando la célebre frase de Theodor Adorno, podríamos pensar una vez más, viendo la propia película de Konchalovsky si escribir poesía después de Auschwitz sigue siendo un acto de barbarie. Ante este filme, pareciera que la cantera visual puede seguir hablando de lo que no quedaría ya nada por decir, sino todo por hacer.

La película tiene una estructura interesante, se mueve en círculos estructurados por el eje pesudo-documental y la narración tradicional. Lo primero, consiste en el testimonio a cámara (al final nos damos cuenta de quién es el que toma ese testimonio, quién es la cámara realmente y en qué contexto es dicho ese relato), de sus tres protagonistas: un policía francés del régimen de Vichy, un joven jerarca nazi y una aristócrata rusa pro judía. Lo segundo, es el relato de un momento en la historia de la locura que invade al mundo en la Segunda Guerra, centrada en el manejo de un campo de concentración donde de un modo u otro confluyen las historias de los tres personajes. Y en un estricto blanco y negro, y problematizando el lenguaje en los planos testimoniales, con saltos y problemas de registro y conservación, y construyendo found footage ficcional, con toques indudables de cine de autor.

Ahora, decíamos lo de poesía y barbarie, para pensar el exterminio, y la película propone un contraste extra entre belleza y terror, mundo e inframundo, que bien podría ser pensada desde la alusión que ella misma propone al Dante y la Divina Comedia. La relación alrededor de la palabra Paraíso, por oposición a infierno, es central en el armado del sentido. O mundo e inframundo. O amor y odio. O absoluto y relativo. O locura y cordura. Cómo los clásicos y canónicos de las fine arts europeas, leáse Dante, Chejov, Brahms, que son marcas de pertenencia sociocultural elevada terminan siendo terreno de disputa de los cultores del horror. La ex novia de Chejov termina en la cámara de gas y eso parece descolocar el sistema de creencias de los jóvenes nazis administradores de la muerte, que sin embargo creen en el Paraíso que propone Hitler. Otro tema que también los horroriza, es la corrupción, que pareciera ser estructural. Estas líneas superan y tensionan cuestiones como la de la banalidad del mal, porque no son seres banales, tienen cierta altura trágica, pasiones, verdades, subjetividad, y vida propia de personajes de ficción, que los convierte en contradictorios. En este marco, que la película se resuelva desde la altura moral de la aristócrata rusa es una caída a pique en lo políticamente correcto. Lo mismo la dedicatoria de todo el filme a los ciudadanos rusos muertos por los nazis por esconder y rescatar niñas y niños judíos. Aquí es donde el film pierde quizás potencia de ensayo visual, narrativo y político y se vuelve un film más o menos industial, predecible y feliz.

Claro que es mucho pedir que un director sostenga en el limbo de la moral su propia mirada, para satisfacción de mis propias búsquedas, y esto no es una crítica destructiva. Al contrario, lo que más me gustó de la película es, justamente y después de cierto lamento de las imágenes, de cierta complacencia y regodeo en los cuerpos sub humanizados en la que está embarcada morbosamente la reproducción contemporánea, la chance que brinda de pensar, otra vez, en la poesía después de los holocaustos.