#MDQFEST 2016: Kékszakállú

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Varias cosas desconciertan de esta nueva película del argentino Gastón Solnicki que viene de ganar en Venecia el premio Fipresci y que compite en este Festival en la competencia Latinoamericana.

Lo primero es la perfección de las imágenes. Una pureza visual sostenida en una estructura general geométrica y formas mayormente puras y pocos elementos en cuadro. Una referencia “arquitectónica” que no está lejos de . Planos fijos y simétricos de una exquisitez insoslayable. Ahora bien, dentro de esos planos, los personajes no hacen grandes cosas. Se arrojan a una pileta, miran por la ventana, prenden un fuego para un asado, compran fotocopias. Ninguna de estas acciones están realmente relacionadas, hay algo de azar en la idea y el resultado, sí tienen en común claro que estos personajes pertenecen a una clase que vacaciona en Punta del Este o son dueños de fábricas de packaging o de salchichas, y sus preocupaciones pasan por cocinar bien un pulpo o no saber qué carrera elegir. Tanto las acciones como los planos que las contienen parecen asociadas libremente, sin afectarles un posible ubicación distinta en el orden de aparición.

Lo otro que inquieta es que estos momentos que Solnicki reúne arbitraria y libremente están sostenidos por una base literaria y musical muy estruendosa: la ópera de Béla Bartók “El castillo de Barbazul” (el nombre de la película significa Barbazul en húngaro) con texto de Béla Balázs. La música de la ópera irrumpirá algunas pocas veces y esos son los momentos tal vez más bellos y significativos de la película.. En la ópera de Bartók – Balázs, una reinterpretación a su vez de dos cuentos del francés Perrault, el juego de simbología apunta a interpretar los miedos del hombre contemporáneo: lo escondido, lo solitario, lo peligroso, la revelación de los secretos de Barba Azul en manos de la mujer que es Judith. Los personajes importantes de Solnicki son fundamentalmente femeninos, habrá algunos dispersos al comienzo para quedarse hacia el final con el aparentemente más frágil, más autosconsciente y disconforme.

Del castillo de Barba Azul quedará ese último plano con la barca iluminada de cuatro puntas brillantes que flota por el río en busca de vaya a saber qué, igual igual que la película.