Una psicodelia tardía

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En mi pubertad, justo cuando comenzaban los años ‘80, me di cuenta que la década del ‘60 había sido genial, al menos mirada desde la distancia que daba el tiempo. Una explosión harto conocida de manifestaciones culturales, políticas, artísticas; un entusiasmo colectivo que claramente se estrelló contra la dura pared neoliberal que comenzó a mediados de los ‘70.

Una de las cosas más llamativas para mi era la movida psicodélica. Los colores y los sonidos me atraían y eso que en aquella época no tenía ni idea que mucho de ello tenía que ver con cierto “ayudín”, muy popular en aquellos años (y también en estos, porque negarlo). Siempre me quedó como una nostalgia por aquello que nunca había vivido.

Los ‘80 fueron geniales, pero en su momento mucho no me percaté; para un adolescente, toda aquella pompa y circunstancia formaba parte del mundo normal. El final de los ‘80 y el comienzo de los ‘90 me encontraron, por suerte o mejor dicho gracias a la gratuidad, cursando antropología en la universidad. Y no hace falta decir porqué digo suerte, ya que todos recordamos la ruina económica del final del alfonsinismo y el comienzo ominoso del menemato.

En aquellos tempranos ‘90 tuve mi revancha por no haber vivido los ‘60. El interés por la teorías del Caos y la Complejidad me llevó directo, en caída libre, hacia a los fractales. ¿Qué son los fractales?. Son unas figuras geométricas que no responden a la geometría euclidiana y que poseen una serie de características que las convierten en raras. De hecho cuando fueron descubiertas, eran consideradas anomalías, aberraciones matemáticas. Como todo lo que es medio freaky a mi me atrae, rápidamente caí enamorado de los fractales.

Entre las características más notables de un fractal está su autosimilaridad a diferentes escalas; esto es, en criollo, que la parte es igual al todo. En general siempre se habla de que o bien el todo es igual a la suma de sus partes o bien que el todo es “más” que la suma de las partes. Bien, ahora hay que agregar una nueva: el todo puede ser igual a la parte. La otra característica extraña es que su dimensión no es entera (1, 2 o 3 dimensiones) sino que es un número no entero, fraccionario. Si uno ve un punto, desde un punto de vista geométrico, se sabe que no ocupa ninguna dimensión. Una recta, ocupa una dimensión; una figura (un triángulo pongamos) ocupa dos dimensiones; un cubo, tres y así sucesivamente. Sin embargo con los fractales sucede que su dimensión está entre 1 o 2 o entre 2 y 3. Un ejemplo del mundo real puede ser una nube, que claramente no posee una dimensión clara y ni siquiera un estado claro ¿es acaso un sólido, un líquido, un gas?. La tercer característica de un fractal es que su construcción se basa en una o unas pocas reglas muy sencillas, pero que se iteran; es decir el resultado de la regla, entra como insumo nuevamente a la regla, que saca un nuevo resultado y lo vuelve a introducir como input.

Algunos ejemplos de fractales en la naturaleza son las nubes, las montañas, el coliflor, el broccoli, los pulmones, la desembocadura de los ríos, los copos de nieve, los helechos; todas aquellas formas (hermosas agregamos) que presentan grados de autosimilaridad, donde uno descubre que lo pequeñito es igual a lo gigante. ¿Quién no ha jugado, cuando era chico a que una ramita, era un árbol?

Algunos ejemplos de fractales en la cultura son la arquitectura de algunos grupos étnicos de Camerún, los dibujos de las “sábanas de boda” de los Fulani (un pueblo nómade del África Occidental), las cruces que se usan en las procesiones en Etiopía, los diseños celtas, las películas de Pixar, la idea de las identidades que sugiere Donna Haraway en el “Manifiesto cyborg” o las pinturas de Pollock, por mencionar algunos.

Si bien como siempre sucede en ciencia (y en otras ramas de la cultura) los hallazgos son un producto colectivo, hay una “tradición” de adjudicárselos a quien compila el legado. En el caso de los fractales, el nombre que surge es el de Benoit Mandelbrot, un científico polaco que estudió y bautizó a estas figuras con el nombre hoy conocido. De hecho el dibujo que ilustra esta nota se denomina “Conjunto de Mandelbrot”.

Durante aquellos tempranos ‘90, con un grupo de compañeros de antropología, descubrimos a los fractales. Y una de nuestras diversiones era ver el zoom de un fractal en el viejo programa para windows 3.11 fractint. El viaje al interior de un fractal es una experiencia psicodélica sin lugar a dudas (Timothy Leary y Aldous Huxley estarían de acuerdo). Para que lo prueben ustedes mismos, esto es algo que sí pueden hacer en sus casas, les dejo este videíto con el record de zoom del Conjunto de Mandelbrot, musicalizado con un tema de Brian Eno que se denomina, justamente “fractal zoom”.