Miguel Hernández, uno de los genios de la poesía española

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Miguel Hernández (1910-1942) es un poeta y dramaturgo español. Aunque cronológicamente el autor debería pertenecer a la llamada Generación del 35, de la que formaron parte poetas como L. Rosales o L. M. Panero, el estilo de su obra y su relación con los representantes de la Generación del 27 hacen que se lo considere el miembro más joven de esta última, el “genial epígono del grupo”, en palabras de Dámaso Alonso.

Su interés por la literatura lo llevó a profundizar en la obra de algunos clásicos, como Garcilaso de la Vega o Luis de Góngora, que posteriormente tuvieron una marcada influencia en sus versos, especialmente en los de su etapa juvenil. También conoció la producción de autores como Rubén Darío o Antonio Machado. Participó en las tertulias literarias locales organizadas por su amigo Ramón Sijé, encuentros en los que se relacionó con la que luego fue su esposa e inspiradora de muchos de sus poemas, Josefina Manresa.

Con veinticuatro años viajó a Madrid y conoció a Vicente Aleixandre y a Pablo Neruda; con este último fundó la revista Caballo Verde para la Poesía. Las ideas marxistas del poeta chileno tuvieron una gran influencia sobre el joven Miguel, que se alejó del catolicismo e inició la evolución ideológica que lo condujo a tomar posiciones de compromiso beligerante durante la Guerra Civil.

Al terminar la guerra intentó salir de España, pero fue detenido en la frontera con Portugal. Condenado a pena de muerte, se la conmutaron por la de treinta años, pero no llega a cumplirla porque murió de tuberculosis el 28 de marzo de 1942 en la prisión de Alicante.

Durante la guerra compuso Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1938) con un estilo que se conoció como “poesía de guerra”. En la cárcel acabó Cancionero y romancero de ausencias (1938-1941).

Poemas

Menos tu vientre

Menos tu vientre
Todo es confuso.

Menos tu vientre
Todo es futuro
Fugaz, pasado
Baldío, turbio.

Menos tu vientre
Todo es oculto,

Menos tu vientre
Todo inseguro,
Todo es postrero
Polvo del mundo.

Menos tu vientre
Todo es oscuro,
Menos tu vientre
Claro y profundo.

Mis ojos sin tus ojos

Mis ojos sin tus ojos no son ojos
Que son dos hormigueros solitarios,
Y son mis manos sin las tuyas varios
Intratables espinos a manojos.

No me encuentro los labios sin tus rojos,
Que me llenan de dulces campanarios,
Sin ti mis pensamientos son calvarios
Criando nardos y agostando hinojos.

No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
Ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
Y mi voz sin tu trato se afemina.

Los olores persigo de tu viento
Y la olvidada imagen de tu huella,
Que en ti principia, amor, y en mí termina.

Ante la vida, sereno

Ante la vida, sereno
Y ante la muerte, mayor;
Si me matan, bueno:
Si vivo, mejor.

No soy la flor del centeno
Que tiembla al viento menor.
Si me matan bueno:
Si vivo, mejor.

Aquí estoy, vivo y moreno,
De mi estirpe defensor.
Si me matan, bueno:
Si vivo, mejor.

Ni al relámpago ni al trueno
Puedo tenerles temor.
Si me matan, bueno:
Si vivo, mejor.

Traidores me echan veneno
Y yo les echo valor.
Si me matan, bueno:
Si vivo, mejor.

El corazón traigo lleno
De un alegre resplandor.
Si me matan, bueno:
Si vivo, mejor.

¿No cesará este rayo?

¿No cesará este rayo que me habita
El corazón de exasperadas fieras
Y de fraguas coléricas y herreras
Donde el metal más fresco se marchita?

¿No cesará esta terca estalactita
De cultivar sus duras cabelleras
Como espadas y rígidas hogueras
Hacia mi corazón me muge y grita?

Este rayo ni cesa ni se agota:
De mí mismo tomó su procedencia
Y ejercita en mí mismo sus furores.

Esta obstinada piedra de mí brota
Y sobre mí dirige la insistencia
De sus lluviosos rayos destructores.

Elegía

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera;
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y en tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata le requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.