El homenaje a Héctor Libertella

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Héctor Libertella nunca ha abandonado el bar Varela Varelita: su foto sigue firme en la columna central de ese local de la esquina de Scalabrini Ortiz y Paraguay. En la imagen, está picoteando con los índices las teclas de su máquina de escribir. Ha llegado el sábado 15 de octubre, el día de su homenaje.

El bar se llena de lectores, colegas, familiares y amigos. El escritor Ricardo Strafacce abre el evento transmitiendo la impresión de los invitados: “¿Ya diez años?”. Sí, ya pasó una década desde que el autor de ¡Cavernícolas! nos dejó, con apenas sus 61 cumplidos.

Tanto Strafacce como la editora y crítica Laura Estrin recuerdan que sus silencios, al igual que sus escritos, estaban cargados de sentidos. Por su parte, el artista plástico Eduardo Stupía lo define como un creador de sorpresas. Para él, colaborar con Libertella en cada uno de sus libros garantizaba una celebración permanente. Refiriéndose a una de esas colaboraciones, La arquitectura del fantasma, Stupía concluye: “Héctor es un fantasma presente”. El escritor y periodista cultural Mauro Libertella cierra el evento con un anuncio: se publicará la obra completa de su padre en cuatro tomos. El título será El árbol de las transformaciones. Se incluirán varias de las reescrituras y los dos primeros relatos de un Libertella adolescente: Tarde para llorar y Agentes de la venganza.

Sí, ya diez años. Me acerco a la columna y vuelvo a observar la foto. Me pregunto: ¿ese Héctor Libertella del retrato escribe o reescribe? Antes del homenaje no hallaba respuesta. Ahora, sospecho que ese hombre, eternizado en su picoteo de teclas, escribe para luego reescribir y construir con esas versiones una obra que nunca terminará de completarse.

Homenaje