Gilda, la historia que cuenta (contiene sutiles spoilers)

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No soy crítica de cine. Me gusta contar y escuchar historias. Hagamos foco y detengámonos en la historia que cuenta la película Gilda, no me arrepiento de este amor.

Son los noventa en la Argentina. La trama está recortada de su avatar histórico, podría transcurrir hoy mismo, tal vez, pero hay mínimos detalles (toda la historia tiene esos maravillosos mínimos detalles) en los que, –si no supiéramos– encontraríamos a los noventa: el teléfono, los muebles, los autos. No mucho más.

Hay una protagonista, una mujer joven que está cansada, fastidiada. A la que la vida se le volvió densa sin que eso suponga una tragedia ni un gran trauma. Si es que no consideramos a la rutina una tragedia y un trauma.

Hubo un padre que donó una pasión, la de la música y que Gilda tomó para sí. Una donación determinante, fundante, desinteresada. Hubo y hay una madre haciendo lo que podía antes y ahora, sin ver demasiado qué quería su hija, qué quiere. Sin ver que su hija quiere.

Un marido igual de arrutinado, opaco, al borde de su propia desesperación. Hijos que necesitan cuidado y amor.

Así están dadas las cosas en el mundo de Gilda. El peso de lo cotidiano es tan agobiante que lo achata todo. Hasta que la música despierta en la guitarra del padre donante, en su recuerdo.

Gilda patea este tablero y se lanza. Cómo sigue todo, ya lo sabemos.

Pero la historia nos cuenta cosas que no sabemos, también.

Hay dos Gildas: la del escenario es carismática, brillante, talentosa, adorada. El vestuario bailantero la engalana sin ser burdo. Podríamos decir que Gilda le da a la música tropical su cuota de candidez y simpatía, sin morbo y sin estridencias.

Gilda vuelve de cada show a su casa, vestida en esa ropa. Debe entrar en puntas de pie porque es tarde y los chicos duermen. Debe atravesar el ritual de llegar a la madrugada a su casa, vestida y maquillada para el show y el choque, –este choque– es doloroso y genera culpa. Siempre vuelve a su casa, invariablemente.

Pero Gilda avanza. Varias veces atraviesa pasillos: de mercados, de clubes, de estadios, de hospital. Ella sigue adelante. Está cansada pero no se detiene.

La otra Gilda, la del hogar, es una mujer triste, de pocas palabras. Salvo los gestos cuidadosos, amorosos hacia sus hijos, podríamos pensar que es algo parca.

Hay un contraste entre estas dos mujeres que son una. En esto no hay pasillo, no hay transición hasta el final de la película en la que se unifican las dos pero claro, es tarde.

Las uñas pintadas con un esmalte rosa atraviesan la historia. Gilda las usa así en el presente y en una adolescencia. La manos de su madre se ven igual, el mismo color, el mismo brillo.

En toda la historia encontramos estos rasgos identificatorios y es la misma historia la que funciona con esa lógica. Porque, quién no se hartó alguna vez de tanto día igual al anterior y al que le sigue. Quién no quiso que todo explotara por el aire. Quién no se emborrachó en alguna fiesta familiar, se tomó la tristeza hasta el último sorbo y la vomitó en el baño. Quién, alguna vez quiso sin poder pero siguió queriendo. Quién no siguió adelante a pesar del cansancio. Quién no atravesó pasillos.

Gilda le habla a su público desde el escenario. Les dice que sigan sus sueños, que vuelen, que van a llegar. Éste no es el cuento típico de la chica pobre que salta a la fama, se consagra y consigue la vida que siempre quiso tener. Esta historia no habla de una mujer que persigue un sueño.

Es la historia de una mujer que podría ser la de muchos de nosotros. Nosotros que, sin entender bien cómo ni por qué, siempre pero siempre estamos queriendo y buscando algo más.