Pasajeros en tránsito, en la Casa de la Cultura de Salta

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El jueves 6 de octubre a las 19.30 inaugura en la Casa de la Provincia de Salta en la Ciudad de Buenos Aires la exposición colectiva Pasajeros en tránsito. Patricia Godoy, Ana Benedetti, Roxana Ramos, Jorge Ruiz y Alexander Guerra, todos artistas y docentes que trabajan en nuestra provincia, pusieron en marcha este proyecto buscando un espacio de encuentro que posibilite, mediante la experimentación artística, la problematización de algunos de los temas más acuciantes del presente. Pronto la noción de migración emergió como la experiencia que caracterizaba en su amplitud muchos ámbitos de la vida contemporánea.

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Así, la muestra produce en el propio gesto que la promueve el movimiento del migrante. Ya el hecho de que cinco artistas residentes en Salta se propongan realizar una exposición en la capital del país pone en escena una problemática que en su reiteración desgarra una multiplicidad de capas de sentido que el fenómeno de la migración conlleva como dato irreductible para pensar nuestra actualidad. Tras una noción aparentemente común a todos ellos aparece una multiplicidad de hechos, derivas y conflictos sobrepujantes. Y es que el tránsito es un movimiento que se despliega más allá de los límites que parecieran conformarlo, excediendo y rebasando la linealidad del trazo que se sitúa entre dos puntos. Pasajero en tránsito es aquel que se encuentra más bien en un estado que puede amparar una diversidad de dimensiones, de capas, de fugas, de entrecruzamientos inesperados.

La muestra parece desplegarse en una serie de trincheras que cada artista ha sabido construirse a fin de azuzar el filo de la crítica dirigida hacia un mundo que lejos de brindarnos un espacio “habitable”, “vivible”, pareciera una y otra vez expulsarnos obligándonos a la condición de ser pasajeros, la  mayoría de las veces, involuntarios.

En una de las líneas de fuego, tremenda por ser la tematización de la insoportable situación de cientos de miles de personas que hoy en el mundo se vuelcan sobre las fronteras buscando un resguardo nunca asido, se encuentra la obra de Guerra. Dos máscaras griegas que naufragan, las de Sócrates y Platón, llevan en el gesto de una boca que grita las imágenes del genocidio sirio como el anuncio de una deriva que se inicia en la llamada “cuna de la civilización occidental”. El alambre de púa, que separa por la fuerza las fronteras, será el hilo rojo del resto de las obras: un espejo, un almohadón funerario y el estampado primaveral, que podría ser el de cualquiera de los sillones desde los que miramos TV, nos interpelan desde “El otro lado”.

Por su parte Jorge Ruiz trabaja desde el despliegue intimista que nos coloca bajo el peso de llevar a cuesta un hogar que no halla asidero definitivo. Una serie de esculturas y objetos mínimos junto a dibujos y pinturas de casitas que se montan sobre una pila de valijas, de otras que nos repelen erizadas, de hogares a los que les crecen ramas, de candados infranqueables y fósforos incandescentes, tienen el efecto de un viaje al mundo de la infancia en el que no dejamos de habitar al desamparo de cualquier posible seguridad.

Con resonancia parecida la obra de Ana Benedetti trabaja desde el trazo fino y sutil de una línea que grabada quizá en la memoria desde la infancia repite el dibujo del paisaje en el que crecimos. Pero esta reiteración de la línea del paisaje que se dibuja insistentemente en cada proyecto de Benedetti no es la misma, ella se constituye como el rastro que no deja de transformarse mientras somos nosotros los que migramos. A esto se suma el color que marca en esta serie de obras las capas topográficas que constituyen lo que somos a partir de un paisaje que y ha sido incorporado y que se hace dibujo o bloque de pintura sobre el papel en las manos de la artista.

Roxana Ramos nos presenta de manera autorreferencial la experiencia de la migración en la propia vida. Un tríptico de dibujos que enlaza tres mapas a tres gestos de manos nos permite hacer causa común con las afecciones que ciertos lugares producen en nosotros y que bien pueden ser expresadas por gestos ante el fracaso de la palabra que no puede asirlas. Luego, otros dos dibujos se anudan inextricablemente por dos vías: la referencia a la “apacheta” que al costado del camino garantiza al transeúnte desde el incanato un buen viaje y la colaboración de los hijos de la artista en la realización de estas dos obras, índice quizá de un homenaje a la experiencia de la maternidad en su infinita y transformadora deriva.

Finalmente, cercana a una experiencia ambivalente de lo sagrado, la obra de Patricia Godoy interrumpe en diferentes lugares del salón de exposición de la Casa de Salta, recordándonos que la quietud de aquello que parece incolume puede ser en verdad el arremolinamiento de una fuerza que se presta a estallar. Una serie de capas que se superponen parecieran no poder refrenar  bajo el hálito de lo sagrado el movimiento incontenible que esgrime el estertor de los que luchan. La apariencia cultual de indemne unicidad del mercado que nos convierte a todos en piezas intercambiables puede perfectamente ser rasgada. El vuelco rojo de la capa sagrada de Godoy pareciera indicarlo.

Sin lugar a dudas, el conjunto de las piezas apuestan, cada una desde su propia especificidad, por el guiño interpelador que no dejará inmune a quien ante ellas se presente.

Fotografías: Alex Guerra Hurtado.

Del 6 al 31 de octubre en la Casa de la Provincia de Salta. Avenida Roque Sáenz Peña 933.

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