“Del absurdo que tiene la vida cotidiana hago teatro”, David Desola

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Llego al teatro El tinglado, donde habíamos pautado la entrevista. David no está. Pregunto por él. “¿El español?”, me preguntan. Digo que sí y me indican que lo busque en un bar cercano. Cuando llego siento que hay mucho ruido porque hay mucha gente, pero qué más da, ya estábamos ahí, (la desgrabación será ardua). Entre cañas, como llaman allá a las cervezas, nos vimos envueltos en una charla profunda, aunque también muy amena. Es que quiere brindar porque, finalmente, luego de encerrarse en un hotel, ha logrado concluir la obra teatral para la que fue convocado. La iniciativa se llama Proyecto Brújula y es dirigida por Carolina Calema. Tres actrices (una española, una venezolana y una argentina) se reunieron para ensayar una obra durante un mes a medida que Desola la iba escribiendo. El resultado fue la obra El bien más preciado (Hatshepsut) que hoy se puede ver en El Kafka espacio teatral.

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El autor catalán me contó cómo fue su acercamiento al mundo de las letras. También sobre sus primeros trabajos, todos físicos, “trabajos chatarra” como los describe él. Dice que estuvo totalmente desnortado. Se dedicó a la construcción naval en el puerto de Barcelona durante muchos años. Pero su amor por el cine hizo que su vida diera un vuelco. En una ocasión, envió a una revista de cine un artículo que hablaba sobre el ajedrez en las películas. Se dio cuenta de que se podía ganar aunque sea algo de dinero escribiendo y allí fue cambiando su rumbo profesional. Comenzó sus estudios de cine y luego de las críticas vinieron los cortometrajes. Él llegó al teatro desde el cine. Sus gustos como cinéfilo pasan por Kurosawa, De sica y el neorrealismo italiano, la nouvelle vague, Woody Allen hasta Desmontando a Harry ?aclara? y el cine iraní de Kiarostami porque le encanta su manera de narrar, sin elipsis.

A la hora de la escritura Desola puede tener casi diez obras en danza y las va procesando a lo largo de años. Escribe hasta que se bloquea, pocas horas al día. Con Un charco inútil consiguió el premio Lope de Vega. Tardó años en gestarla aunque en escribirla solo dos semanas (si bien el tema ya había estado como siete años dándole vueltas en la cabeza). Lo compararon con Darío Fo, Ionesco y Beckett cuando él no los había leído aun. Dice que iba aprendiendo teatro a medida que lo iban comparando con distintos autores. Su obra teatral Almacenados es la niña bonita de su producción. Ha sido premiada y llevada al cine. En su haber se encuentran varias obras más, entre ellas Baldosas, con la que se inició en teatro y que le valió el premio Marqués de Bradomín. Es coautor del guión del filme En el último trago, una curiosa y muy cómica road movie que tiene como protagonistas a un grupo de amigos de la tercera edad que tienen que cumplir una misión muy especial.

¿Te gusta escaparte de las influencias?

Sí, porque yo creo que no me han ayudado; me pueden haber ayudado en algunas cosas, pero me han acortado el terreno en otras. Porque cuando tienes influencias tampoco quieres copiarlas. He perdido parte de la inocencia que tenía al escribir obras sin ninguna referencia. Yo escribía historias pero sin ninguna referencia estética ni literaria alrededor.

¿Qué te genera ver tus obras representadas?

La primera vez mucha incertidumbre y hasta cierto malestar porque ves tu obra y al mismo tiempo no es tu obra. Siempre es diferente a cómo lo imaginabas, es una sensación agridulce y no grata. Me fijo en todos los detalles, la reacción de los espectadores. En un segundo visionado ya la disfruto, voy como un espectador más y es una sensación muy gratificante. He tenido la suerte de que se han montado bien mis obras.

Contame de tu relación con la lengua y las letras, ¿te escapabas de las clases para leer los libros que te gustaban?

Mi madre es castellana de un pueblo de Soria, maestra de lengua muy machadiana. Mi padre es catalán, dibujante. En mi casa desde la infancia  había mucho interés en que los hijos nos cultiváramos y leyéramos y tenían una buena biblioteca. Demasiado selecta para un niño pequeño. Con once años ya había leído Crimen y castigo, lo tuve que releer años después. Tanto mi hermano como yo teníamos de pequeños afición a la lectura y al cine y la cultura. En mi casa se respiraba un ambiente muy cultural. Mi madre cometió el error de llevarme a la escuela donde ella daba clases: tuve a mi propia madre de maestra hasta que fui al instituto. Esto generó en mí una rebeldía extra a la de cualquier niño porque me veía controlado a todas horas en la casa y en la escuela. Al llegar a la secundaria me encuentro con que si no ibas  a clase no pasaba nada, no había ningún control. Eran los ochenta, época convulsa en Barcelona.

¿Eras mal alumno?

Me convertí en un pésimo estudiante. A veces faltaba a clase de literatura para irme a leer a un parque. La profesora de lengua que tuvo a mi hermano mayor, vio que él escribía bien y quiso alentarlo pero le falló. Al cabo de unos años me tuvo a mí. Me parecía mucho a mi hermano, yo salí igual. Ella dejaba la clase sola y me iba a buscar para arrastrarme a clase. Esta profesora hizo un concurso de poesía en sus clases y me presenté yo solo. Estaba muy desilusionada. Un charco inútil es una manera de reconciliarme con estos profesores por haberme escapado de clases y por mi desinterés. El hecho de haber tenido a mi madre de profesora me generó mucha antipatía por el aprendizaje oficial. Tenía muchas ganas de aprender, pero no que me impusieran. No terminé la secundaria. Años después estudié cine en una academia privada. La primera vez que entré a una universidad fue para ver una obra mía.

Contame cómo fue que te inspiraste en un episodio de violencia de un alumno hacia un profesor en España para escribir Un charco inútil (hace poco montada en El tinglado)

Yo tenía en mente, desde hacía años, la imagen de un profesor que daba clases a un alumno inexistente, probablemente por esa deuda que tenía con mis profesores. Yo tenía esa imagen en la cabeza y un día vi en el noticiero a un profesor que había sido agredido por un alumno porque le había sacado una caja de cigarrillos y esas imágenes las había grabado la propia novia del agresor y había vendido el video a una cadena de televisión. A partir de ahí se formó un circo mediático alrededor de ese episodio, y de repente me di cuenta de que tenía al profesor que estaba buscando. Fue tema de debate en programas de televisión, se armó revuelo, se hablaba de Apocalipsis escolar. Y yo me puse en la piel de ese profesor que había sido agredido por un alumno y que era el centro de atención de todas las cadenas de medios y ahí vi al personaje que necesitaba para el texto mío.

¿Te gusta que tus obras tengan un componente de crítica social?

Me siento culpable de no ser más incisivo, de no escribir críticas más duras. Mis obras suelen ser demasiado amables, Es que quiero llegar al público…Si voy a ir a un público que piensa igual que yo, no me interesa porque no voy a cambiar nada. Entonces para ir al  público que no piensa igual que tú, no puedes poner lo que tú piensas sino un mensaje más abierto. Puedes poner un componente de crítica. Me siento culpable por no hacerlo pero no quiero hacer un teatro puramente crítico o de  denuncia. Quiero hacer un teatro crítico pero que atraiga al público.

Jugar con el humor para que no sea tan tremenda la historia que estás contando…

Sí, para mí el humor es muy importante aun en el más duro de los dramas. No sé si humor negro o humor absurdo. La vida es muy absurda, a mí me suceden  cotidianamente cosas muy absurdas. No me esfuerzo por escribir teatro del absurdo porque describiendo lo que pasa ya es absurdo. Yo creo más bien que del absurdo que tiene la vida cotidiana hago teatro: no tengo que esforzarme por crear algo absurdo porque ya existe.

La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia que no tiene ningún sentido, leemos en Shakespeare…

Está muy bien la frase porque si un idiota te cuenta un cuento, no irá nunca al grano, se va a equivocar, va a volver atrás y eso es lo que pasa en la vida.

En una entrevista que te hicieron el autor decía que tus personajes dicen ser lo que no son, como que viven una doble realidad, un engaño

Es lo que hacemos generalmente. Más que uno adopte un personaje, lo que ocurre es que no sabemos cómo nos ven los demás. Yo no soy consciente de cómo tú me ves a mí, puede ser que dé una imagen contraria de la que yo pienso que realmente doy. Eso a mi me pasó varias veces, yo creo que va más por ahí.

Hay como un patrón en tus obras que se repite de una ilusión que se muestra de una manera que al final se devela que es otra en realidad…

Me gusta que los personajes tengan cierta complejidad como tenemos todos en la vida real y sobre todo muchas contradicciones, creo que el humano es contradictorio en esencia. Yo tengo muchísimas contradicciones. No vivo de la manera que pienso. No vivo respetando mis propios principios totalmente. Pero uno hace cosas que muchas veces no van con su manera de ser, el ser humano es contradictorio.