“Las mujeres a veces, queriendo o sin querer, reproducimos ideales machistas”, María Emilia Franchignoni

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Los sábados a las 21, se presenta en Teatro del Abasto El nombre de la luna con dramaturgia y dirección de María Emilia Franchignoni y la actuación de Manuela Fernández Vivian. Escrita a partir de la lectura de manuales de los años 60 que enseñan a las niñas cómo convertirse en adolescentes ejemplares, la obra nos mete de lleno en la experiencia de una preadolescente que enfrenta esos mandatos.

María Emilia Franchignoni nos cuenta más de esta obra, y del proceso de su creación y de su puesta en escena.

¿Qué encontraste básicamente en los manuales de los años 60 como disparadores para El nombre de la luna?

En esos manuales que me acercó la actriz Manuela Fernández Vivian el año pasado con la intención de que escribiese una obra en la que ella pudiese actuar, descubrí algo que me alarmó muchísimo: si bien los textos pertenecen a un momento histórico específico y tienen un registro bastante arcaico y fuera de moda –me refiero a la expresión escrita–, había muchísimos mandatos que seguían teniendo vigencia: un prototipo ideal de la mujer que regula todas las instancias de su vida: el cuerpo, la salud, el comportamiento social, moral y sexual, la vestimenta, la vida sentimental, ¡y hasta los pensamientos! Fue escalofriante ver en ese tono tan rosa, demagógico y que simula cierta ingenuidad, una bajada de línea tan clara acerca de cómo deben ser y comportarse las mujeres, y que a pesar de su estilo tan caduco, seguían siendo tristemente actuales.

También, hay algo sumamente perverso en la elección del registro que se elige para hablarles a esas “jovencitas” a las que están dirigidos los libros. Escritos en tono confesional y a modo de consejos, los textos recrean una cierta zona de intimidad, de cercanía y confianza, como si estos mandatos tan tajantes fueran susurrados al oído suavemente por estas escritoras a sus lectoras; no es casual que uno de ellos se titule “Confidencias a una jovencita”.

Lo último que me llamó poderosísimamente la atención era que estos manuales estaban efectivamente escritos por mujeres para mujeres, lo que de alguna manera hace tambalear esta noción bastante falaz pero difundida de que el feminismo es cosa de mujeres y el machismo es cosa hombres. Creo que es necesario interrogarnos hoy en día cuáles son nuestras propias responsabilidades y contribuciones a la persistencia de la sociedad patriarcal. Cómo nosotras, las mujeres a veces queriendo y otras sin querer, reproducimos estos ideales machistas.

¿Cuántos de esos mandatos de los 60 crees que persisten todavía para las mujeres?

Muchísimos, lamentablemente. Sobre todo en esta contemporaneidad tan dominada por lo visual, la importancia otorgada a  la belleza física –y como corolario, el atractivo sexual–, parece ser un criterio ineludible con el que evaluar a las mujeres, y también medirnos a nosotras mismas. Desde la representación de los cuerpos de las mujeres en los medios masivos de comunicación hasta en la moda tan instalada de la selfies, puede verse este imperativo social de mostrarnos bellas, espléndidas y deseables a la mirada de los otros. Si no atraemos, no valemos, y eso nos vuelve cada vez más vulnerables en todo sentido. Además, los parámetros con los que medimos la belleza son inalcanzables y también imperdurables, no resisten el paso del tiempo: “la piel tersa y cuidada, las piernas bien torneadas, las manos suaves, los dientes blancos, la vestimenta adecuada”, etcétera.

De este corsé cuidadosamente diseñado, tampoco se escapa la retórica del cuidado del cuerpo muy presente en estos manuales: cuestiones de higiene y estética personal; la alimentación y la delgadez, entendidas como una expresión de la buena salud.

Y por último, la educación sexual. Si bien han cambiado mucho las políticas sexuales desde mitad del siglo 20 hasta la actualidad –me refiero a la liberación de muchos tabúes con respecto a la sexualidad adolescente, la disidencia sexual y cierto moralismo sobre el comportamiento abiertamente sexual de las mujeres–, hay prejuicios que persisten. No se habla abiertamente de la sexualidad infantil, del embarazo adolescente y la cantidad de chicas que mueren en este país por abortar clandestinamente, del despertar sexual y la curiosidad que se manifiesta desconociendo las normas heterosexuales, o de la masturbación femenina, por citar algunos ejemplos. Sin hablar de algunas cuentas pendientes de la democracia, como es la implementación de la Ley de Educación Sexual en todas las escuelas del país.

¿Por qué elegiste una protagonista preadolescente?

Primero, porque esos manuales están dirigidos específicamente a ese público de niñas preadolescentes. También por la actriz Manuela Fernández Vivian, en quien confiaba podía hacer un trabajo exquisito como una púber y estaba a la altura del desafío. Después, porque este tipo de educación me llevó directamente a ese momento de mi vida, en el que la confrontación entre mi deseo y los mandatos de la cultura estalló para mí. No es azaroso; en la preadolescencia confluyen muchísimas problemáticas: el cambio y descubrimiento del propio cuerpo, el despertar sexual, el abandono de la niñez y el desprecio por la adultez, el descubrimiento de un mundo que está por fuera de la domesticidad y la cotidianidad, cuya revelación desnaturaliza todo aquello que creíamos establecido e inamovible. Por eso, la preadolescencia es una especie de categoría en suspenso, un limbo bastante solitario: una púber no pertenece a una determinada clasificación social (no es niña ni es adulta), de ahí que se vuelva tan crucial la necesidad de pertenencia.

¿Cómo funcionan los opuestos en esta obra?

Los opuestos generan tensión y conflicto, sobre todo entre una educación opresiva y la necesidad de liberación o de escape de ese contexto. Sin embargo, hay un tercer elemento que es la fantasía, y es lo que le permite a la protagonista encontrar un modo de poder lidiar con su contexto y refugiarse de ese mundo que siente no la acepta tal cuál es.

¿Cuál es la carga simbólica que le otorgás a la luna?

La luna es la clave de la historia, el enigma a descifrar por el público cuando se va de la obra. Si descubren cuál es el nombre de la luna, es que pudieron conectar con el corazón de la protagonista, con aquello que la fascina y cautiva, y sobre todo, con la necesidad de escapar de aquello que la oprime. Hacer estas conexiones implica también, animarse a hacer un viaje hacia la propia adolescencia.

En esta tu opera prima como dramaturga, ¿qué te propusiste al comienzo de la idea y qué apareció a medida que ibas plasmando la obra?

La propuesta inicial, como siempre en mis proyectos, fue la de experimentar. Primero con los textos, jugar con la intertextualidad de materiales que están muy lejos en términos de estilo y también temporalmente: los textos de los manuales de los años 60, por un lado, y la voz deseante de la protagonista en la actualidad, por otro.  Después, el desafío de llevar a escena un monólogo interior –más literario– en el que el relato de la experiencia se ve interrumpido constantemente por estos mandatos que asaltan el fluir del pensamiento, para ilustrar el contrapunto mental entre el querer-ser y el deber-ser. Fue un desafío para Manuela a nivel actoral y para mí como directora.

Una vez en los ensayos, surgió un dilema inesperado: cómo sortear algunos momentos del texto en que el relato llega a unos niveles de intimidad y de narración explícita que son bastante incómodos para el público, sobre todo de ciertas generaciones. Yo no lo sentí así cuando lo escribía, para mí fue un proceso muy liberador, y la obra deliberadamente problematiza la frontera entre el espacio público y el privado. Sin embargo, encontrarle los mecanismos adecuados para representarlos significó un trabajo minucioso y artesanal, dirigido a que las escenas cuenten aquello que queremos contar, sin nada que se escape o funcione de manera inversa, como suele suceder muchas veces en temas controversiales.

Por último, todo el trabajo de investigación de la puesta en escena, que es el que más me entusiasma, estuvo lleno de sorpresas. La búsqueda de disparadores para dar con el arte indicado de la puesta, junto al trabajo de escritura escénica que se teje en los ensayos con la actriz, terminaron plasmando el concepto de una habitación completamente intervenida por la protagonista, una especie de mundo interior desplegado en el afuera transformado en un cosmos, en un universo paralelo en el que ella se confunde con el espacio para diluirse en él o para renacer, transformada.

El nombre de la luna, sábados | 21h; Teatro del Abasto | Humahuaca 3549 | CABA | Tel. 4865-0014