“Ya no veo más películas de Woody Allen”

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La frase la escuchamos con dos días de diferencia de la boca de dos mujeres de cincuenta y pico.  Interesante. ¡Este Woody octogenario, siempre en la gimnasia económico-industrial de presentar una película por año! Entendemos la queja y la promesa de no verlas. Es que hace unos quince años Woody también dirigía un film anual. Claro, en cada título nuevo que presentaba siempre había una idea novedosa, sorprendente, muy ingeniosa, a veces genial o casi. Después, un día llegó una película que no tenía nada novedoso. Y después otra. A medida que el actor se retiró acogiéndose a una más que beneficiosa jubilación solventada por el director todavía activo, ocurrió que distintos actores tomaron su lugar. No sabemos si es por marcación o por afán de querer parecérsele, pero se mueven y hablan y tratan de ser un Woody Allen. Algo así como imitadores de Chaplin. Así lo vemos a Jesse Eisenberg en Café Society, frotarse las manos y ponerse nervioso. Y el Woody creativo dejó paso al realizador reflexivo casi light. Así pasaron los años, incluyendo los suyos por supuesto.

Volvamos  a la frase compartida por las dos damas enojadas con el director y su obra. Obra repetitiva, poco innovadora. Malacostumbrados entonces quienes tuvieron la suerte de ver sus evoluciones,  el talento y la vara alta que supo poner en su carrera de más de cuarenta años.  Ahora sus películas suelen estar protagonizadas por jóvenes hermosos en escenarios de gran belleza. Visualmente, Café Society es postal tras postal de los años 30 en Hollywood donde la luz es manejada de una manera soberbia por Storaro. Se trata de una historia romántica de encuentros y desencuentros, que si rascamos un poco su oropel, encontraremos similar en unos cuantos puntos a Manhattan. De hecho un momento clave de este Café tiene lugar en el Central Park.  También, una historia sobre hacerse el desentendido y mirar para otro lado.

“Estaría bueno que filmara algo diferente”, escuchamos a una joven admiradora a la salida del cine. Y era alguien a quien le había gustado la película. Ella es de quienes sí seguirán viendo nuevos films del viejo Woody, aunque ya no sean más films, vaya a saber en qué formato se hagan (Rodar qué?, dijo Godard hace unos años). Café Society es una de esas historias neoyorkinas que vale la pena  ver. Muchos (muchas? es interesante que los comentarios que levantamos para esta nota sean todos de mujeres) podrán irritarse o perder la paciencia. Entendemos. Mientras, Woody tal vez confiese a su analista o a algún amigo cercano, que no puede dejar de hacer películas, que es la actividad que le permite ganar millones y ser recibido en festivales como el de Cannes. En su fuero interior tal vez espere una nueva oportunidad de mostrar algo más. Le creemos. Por eso veremos más películas de Woody Allen.