Los culpables, Juan Villoro

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Me gusta mucho la definición de Juan José Saer […]: la ficción no es lo contrario a la verdad, sino que es sólo una verdad inverificable. A partir de este concepto de ficción, Juan Villoro plantea el tema de la verdad en literatura para luego relacionarlo con la de la crónica. La relación no es casual porque este autor –considerado por la crítica como el escritor mexicano más importante de su generación– no deja de ser un cronista aun cuando escribe cuentos o novelas.

Los culpables reúne siete cuentos que tienen mucho en común: el motivo de la culpa, el narrador, el escenario, la visión de la mujer, el humor y la ironía, todo en un producto final que conjuga realidad e imaginación (para Villoro, otra forma de la realidad) en la dosis justa.

¿Cómo viven los personajes la culpa? ¿De qué son culpables? El mismo autor afirma acerca de los mexicanos: No nos responsabilizamos de nada. La realidad es más fuerte que nosotros, y nosotros somos inocentes. La culpa siempre es de los otros: de una iguana que se nos atravesó, de una persona que habló en el momento inadecuado. Lo malo no es cometer un error, sino asumirlo. Aunque los personajes engañan o llegan aun a cometer algún delito, no se lamentan por eso: lo asumen como parte de la vida que les tocó en un determinado momento. Lo que sucede, además, es que esos personajes todo el tiempo ocultan algo, pero eso tampoco les quita el sueño. La culpa incluso aparece como un leitmotive: Jorge, en el cuento “Los culpables”, le dice a su hermano que necesitan sentir culpa para poder escribir un buen guion; en “Crepúsculo maya”, en el comienzo, queda establecido que La culpa fue de la iguana; en “Orden suspendido”, el protagonista observa una pintura que para él son manchas que traducen los pecados que lleva adentro, pero no puede hacer nada al respecto.

Mentira, engaño, estafa, invención, disimulo, traición rodean a los personajes. Octavio Paz en El laberinto de la soledad explica que la mentira tiene una importancia  decisiva en la vida cotidiana del mexicano, en la política, el amor, la amistad: Simular es inventar o, mejor, aparentar y así eludir nuestra condición. La disimulación  exige mayor sutileza: el que disimula no representa, sino que quiere hacerse invisible, pasar desapercibido, sin renunciar a su ser. El mexicano excede en el disimulo de sus pasiones y de sí mismo. Hay culpa, pero sin responsabilidad, y en este sentido, las mujeres juegan un papel importantísimo. Los cuentos de Los culpables están llenos de personajes femeninos: la esposa, la novia, la amante; la mujer que sufre la infidelidad, pero que también la comete; la intelectual y la mujer más práctica; la idealizada y la terrenal. A pesar de sus diferencias, todas disimulan en mayor o en menor medida, y lo hacen, precisamente, para no renunciar a ellas mismas, a lo que quieren y a lo que planificaron para sus vidas. Brenda planea cada paso para conseguir al mariachi y deshacerse de Catalina, su novia; Clara en “Patrón de espera” engaña a su marido con un antiguo novio, pero mantiene el matrimonio; Lucía en “Los culpables” se acuesta con los dos hermanos según su conveniencia; Renata en “Amigos mexicanos” engañó en el pasado a su esposo con su mejor amigo, pero no considera relevante el hecho y continúa su vida normalmente.

Sin dudas, la elección de un narrador en primera persona colabora para quitarle gravedad a la culpa y tomarla como una realidad de todos los días. Hay en Villoro un narrador cronista que cuenta todo desde su punto de vista; es un testigo que nos lleva de la mano, que imprime su subjetividad, que otorga verosimilitud y que, a través del humor y la ironía, le quita solemnidad a lo que narra. Todos estos narradores son personajes que tienen alguna carencia, y cuyas vidas están naufragando o a punto de naufragar: el mariachi que odia lo que hace; el que elige aviones que hagan escalas para perder más tiempo; el futbolista venido a menos; el exalcohólico; el limpiavidrios, o el escritor de guiones intrascendentes, alcohólico y drogadicto. Existe en ellos una soledad que los emparenta y que tiene que ver con una búsqueda interior no resuelta. Todo lo anterior podría dar como resultado historias con torturados protagonistas, pero en cambio  ellos cuentan lo que les pasa con un humor que transforma los relatos en episodios tragicómicos, incluso los más graves.

Más allá de lo dicho, las diferentes historias están atravesadas por la imagen de un México complejo, el de la “chingada”. Para el mexicano –también según Octavio Paz–, la vida es una posibilidad de chingar o de ser chingado. Es decir, de humillar, castigar y ofender. O a la inversa. Esta  concepción de la  vida social como combate engendra fatalmente la división de la sociedad en fuertes y débiles. El último cuento “Amigos mexicanos” es el más representativo de esto. Ya el título nos sitúa en la vereda de enfrente, en este caso en la de un cronista norteamericano que necesita un guía que le muestre el “verdadero” México: una ciudad mítica y violenta al mismo tiempo. Hay una fuerte ironía al presentar eso tan típico que busca Katzenberg y que termina siendo un montaje preparado para satisfacer al norteamericano que quería ver iguanas en las calles. Este mismo personaje es el blanco de un secuestro exprés, con traficantes de drogas y policías corruptos como agregado. Alternativamente, todos son fuertes y débiles según cómo se sucedan los hechos.

La realidad mexicana aparece, asimismo, en el resto de los cuentos, como si fuera una pincelada de una crónica en medio de lo literario. Acá se hace más evidente el Villoro cronista que sabe ahondar en lo esencial de la realidad, que elige personajes característicos y con los cuales no solo se identificaría cualquier mexicano, sino también cualquier latinoamericano. El cronista también se hace presente en las descripciones precisas y en los diálogos justos. Nada es exagerado porque lo que se cuenta –que podría llegar a ser inverosímil– se lee con esa verdad de la ficción a la que hacíamos mención al comienzo.

Así como empezamos con palabras del escritor mexicano, terminamos con otras con las que él define su literatura: Cuando escribo ficción exploro la realidad a través de la ficción misma, justamente porque no conozco la realidad en todas sus dimensiones. Como lectores también para nosotros cada página es un descubrimiento de una realidad en la que nada puede darse por supuesto de antemano. Sorprender al lector a través de una mirada diferente de la realidad es un mérito para destacar en Juan Villoro y un sello que lo distingue.

Juan Villoro, Los culpables, Interzona, 120 págs.

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