Gilda, no me arrepiento de este amor

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Gilda es una película importante. Se nota en el público que llena las salas y que sale conmovido, cantando o bailando. Se nota también en su sistema de producción, en el casting, en su distribución y también en su respuesta crítica.

Gilda es importante y conmovedora. Eso sí.

Siete días atrás se cumplía el vigésimo aniversario de la muerte de la cantante tropical y la película sobre su vida, dirigida por Lorena Muñoz, la hasta ahora documentalista, directora de dos documentales centrales del cine argentino: Los próximos pasados, y Yo no sè qué me han hecho tus ojos parece llegar en el momento justo

Gilda-película logra 20 años después integrar a un personaje popular (Gilda cantante) mítico y santificado (operación popular si las hay) extraído de la movida tropical de los 90 al sistema de producción cinematográfico mainstream del siglo XXI.

En el medio de ese tiempo, la cantante y sus canciones habían logrado atravesar un pasaje desde lo popular a la música cool, si me permiten el término. Desde lo cinematográfico, lo hace desde la más clásica y esquemática de las propuestas del género de la biografía de músicos o bandas musicales: la chica que soñaba con cantar y se ve atrapada en una vida de maestra jardinera y ama de casa que no quiere y finalmente triunfa, argumento que parece réplica de cientos de films, comenzando con el momento del cajón saliendo del auto fúnebre, a partir de lo cual la película se convierte en un enorme flaschback (y es verdad que recuerda mucho a ese comienzo magistral de Leonardo Favio en Juan Moreira). Cuando Favio elegía el plano cenital, Muñoz elige la identificación directa de la cámara con el personaje (aunque ahi en ese preciso instante sea un muerto). No hay tiempo que perder para que se produzca esa identificación y para que la película sea narrada desde ese foco interno que divaga entre la frustración y la gloria (eterna, si viene al caso). También como en Gatica, en este caso el ring es el escenario y las luces nunca dejan de iluminar a contraluz esas glorias personales. Por ahí, leí las referencias a Toro salvaje o a Rocky.

Es verdad: Gilda se parece a muchas películas pero a la vez es única. Y ahí es cuando se nota que es importante y funciona.

Funcionan sus canciones que sostienen atractivamente la trama y funciona la voz de Oreiro incorporada a la ficción de una manera llamativa (al menos para que los que no somos expertos ni fans de Gilda). Funcionan también los personajes secundarios, tanto los que diseñan la pertenencia de clase (la media -marido y madre- y la popular los músicos-el publico) como los que sencillamente y bordeando lo esquemático anuncian temas como el de la futura santidad-sanación o la corrupción del negocio de la bailanta (del que también fue de algún modo victima Rodrigo). Gilda funciona porque establece un diálogo directo con el público, y si suena natural ese plano secuencia en el que sale del baño y camina hacia la fiesta de fin de año y vuelve al baño, es porque la transformación que afecta a  Oreiro-Gilda-Miriam no tiene mucha complejidad, es tan simple como sus canciones (no quiero abandonarte/pero me obligas a dejarte/fuiste mi orgullo, fuiste mi verdad/ todo eso fuiste pero perdiste/ amar es un milagro y yo te amé/como nunca jamas lo imagineé/ yi siento que la vida se nos va y que el día de hoy no volverá) o como aquello que pasa de la opacidad al brillo, de la agonía a la vitalidad, de la tristeza a la plenitud. Lo que hace con eso la fotografía de Daniel Ortega es lo interesante,  logrando darle a esa transformación un halo de misticismo no muchas veces visto en el cine argentino.

Pieza cinematográfica loable la película de Lorena Muñoz y la consagracion definitiva de Natalia Oreiro despues de Francia, Infancia clandestinaWakolda.