Ni ángeles ni demonios: mujeres

0
0

La representación de la mujer dentro de la literatura, sin dudas, fue reflejando las distintas concepciones de cada época, aunque muchas veces también mostró –y lo sigue haciendo– a aquellas que escapan de los estereotipos.

La idea de la mujer como ángel o como demonio, propia del Romanticismo, subyace en las diferentes representaciones. Madres, hermanas, esposas, amantes, los roles que cumplimos terminan definiéndonos y colocándonos en el podio de las mejores o en rol de las “malas de la película”, cuando la realidad es que todos tenemos nuestro Dr. Jeckyll y nuestro Mr. Hyde que alternan según la situación. Por esta razón, las mujeres más recordadas de la literatura son las que unen en sí mismas las contradicciones de todas, las que se animan a enfrentar los mandatos, las que miran al hombre como un igual; amantes pero no sometidas, dulces sin dejar de ser firmes.

¿Cuál es entonces esa imagen que nos ofrecen las diferentes obras? Hay personajes femeninos que se definen por sus roles familiares: Antígona, la hermana que enfrenta el mandato de la ley para enterrar a su hermano; Yocasta, la madre y luego la esposa de Edipo; la bella Helena de Troya, la esposa raptada por su amante; Doña Jimena, la abnegada y paciente mujer del Cid Campeador; Bernarda Alba, la madre inflexible y cruel en la obra de Federico García Lorca.

Otras mujeres representan alguna cualidad asociada tradicionalmente a lo femenino. Penélope que distrae a sus pretendientes mientras espera a su amado Ulises; Scherezada que consigue aplazar el momento de su muerte relatándole historias atrapantes al sultán; la Celestina que se encarga de unir amores clandestinos en la obra atribuida a Fernando Rojas son solo algunos ejemplos de las que hacen valer su astucia para sobrevivir en un mundo de hombres.

Muchas, además, se ofrecen como objeto de deseo: algunas son bellas, dulces, sensibles –o, al menos, esa es la imagen que los hombres se hacen de ellas–; otras son más combativas o presentan algunos rasgos inquietantes. Beatriz, en La divina comedia de Dante Alighieri; Julieta, en la obra de Shakespeare; Doña Inés, en Don Juan Tenorio de Zorrilla; Aldonza Lorenzo, la Dulcinea del Toboso de Don Quijote; Lolita, en la obra Vladimir Nabokov, o Berenice, en el cuento de Edgar Allan Poe están ahí para ser amadas, admiradas y deseadas con mayor o  menor fortuna para los hombres que se les cruzan.

No faltan las protagonistas de amores desgarradores, dolorosos o torturados de los que no pueden escapar fácilmente: Ofelia en Hamlet o Desdémona en Otelo, ambas de William Shakespeare; Catherine Earshaw, en Cumbres borrascosas, de Emily Brontë; la Fortunata de Benito Pérez Galdós. También la literatura abunda en mujeres sometidas a matrimonios que las hacen infelices: Anna Kareninna, de León Tolstói; Nora, en Casa de muñecas, de Henrik Ibsen; Emma Bovary, en la novela de Gustave Flaubert.

Todas las mencionadas –y tantas otras– son personajes complejos, profundos, que nos dejan una pregunta, que nos obligan a plantearnos nuestros propios roles o nuestros propios sentimientos como mujeres, y que nos permiten identificarnos. Después de todo, ¿quién no soñó con ser la Maga de Rayuela, Aura de la novela de Carlos Fuentes, Elizabeth Bennet de Orgullo y prejuicio, Jo March de Mujercitas o la soñadora Dorothy de El mago de Oz?

Ni ángeles ni demonios: mujeres con todo lo bueno que eso implica y con todos los desafíos que se nos presentan a diario.