Fascinación

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Una Santa Teresa traída de un campanario de barrio, una vitrina repleta de muñecas, esculturas de porcelana o madera, pastilleros con forma de perrito, cruces, medallas, la cabeza de un ángel comprado por cinco pesos en una demolición, queda la colección de objetos, una mesa colonial regalada por los herederos del gral. Roca, cajitas de música.

“Todo se traba con el tiempo”, dice don Luis, mientras la caja de música se frena y hay que volver a hacerla arrancar.

La prima Angélica, el amigo Roberto al que mató una moto, la nena que murió en la pileta de una escuela, la madre, la tía Paula, las hermanas, el hermano Angel y su mujer Pierina, la mujer que llega al velatorio de la esposa de su amante, las historias de esa gente que el espectador verá en cientos de fotos y escuchará sobre sus vidas que se acumulan en la narración de don Luis como la cantidad de objetos que hay en esa casa, y que la cámara no alcanza nunca a tomar en su totalidad. Por eso los planos raramente son generales. La intimidad de un anciano, la relación con sus cosas, una colección invaluable y sus perros y su amigo Paco que lo ayuda hasta que no puede más.

Profesor de piano, empleado de Casa América, amante de la música y el cine, el coleccionista Luis María Meregom es un personaje que bien podría representar a esa clase obsesionada por los objetos europeos, y que Alejandro Jablonskis delata y documenta desde los costados que el propio espacio permite. Otro personaje entrañable para el cine argentino como la abuela de Sofía cumple 100 años (Hernán Belón), apasionado como Alfredo Li Gotti. Una pasión cinéfila (Roberto Ángel Gómez) y sabio como todo hombre que está retirándose del mundo como Retiro (María Meira).

Con dos partes bastante identificables, la opera prima de Jablonskis trabaja entre el disfrute fetichista de los objetos, el abandono de los ancianos y la posibilidad de las pérdidas materiales tras la muerte. Por un lado el coleccionista que explica, ordena, limpia y repasa sus antigüedades y por el otro la conciencia de la propia pregunta obligada por la herencia y la confección de un testamento que sería un posible premio a quien lo cuida.

El documental se sostiene así en esa intriga y cuando parece repetitivo gira hacia un lado repentino luego del bello poema de Alfonsina Storni (Vengo de un pozo: la vida,/ voy hacia otro: la muerte…/Lo que va del uno al otro / es un puente.)

La película solo se proyecta en el Arte Cinema.