Adolfo Bioy Casares, maestro del cuento fantástico

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Adolfo Bioy Casares (1914-1999) es uno de nuestros mejores narradores y un maestro del cuento fantástico. Además, sus obras muestran un hábil manejo del humor y la ironía, junto con una prosa que suele ser considerada como una de las más depuradas y elegantes de la literatura latinoamericana. Su amistad con Jorge Luis Borges sería decisiva en su carrera literaria, y dio origen a una serie de obras escritas en colaboración y firmadas con los seudónimos de B. Suárez Lynch, H. Bustos Domecq, B. Lynch Davis y Gervasio Montenegro.

A Borges lo conoció en 1932 en la casa de Victoria Ocampo, donde también conoció a su hermana Silvina, con la que se casó. El mismo año de su boda publicó La invención de Morel (1940), su obra más famosa y un clásico de la literatura contemporánea. Considerada la primera novela de ciencia ficción argentina, es una historia de amor en la que la vida de los enamorados transcurre en ámbitos y tiempos enfrentados. Uno de ellos, el fugitivo, es un hombre real de carne y hueso; la otra, Faustine, es una imagen grabada por la máquina de Morel y proyectada sin cesar. Años más tarde, en La trama celeste (1944), Bioy insistirá en presentar realidades, en principio incompatibles, que transcurren en espacios y tiempos paralelos.

Algunas otras obras del autor son: El perjurio de la nieve (1948), Las vísperas de Fausto (1949) y Plan de evasión (1945). En colaboración con su mujer escribió la novela policíaca Los que aman, odian (1946); codirigió con J. L. Borges la prestigiosa colección del género El Séptimo Círculo, y los tres compaginaron la Antología de la literatura fantástica (1940).

También publicó –solo para mencionar algunos de sus libros– Historia prodigiosa (1956), Guirnalda con amores (1959), El sueño de los héroes (1954) –quizás su mejor novela–, Diario de la guerra del cerdo (1969)–sobre la guerra de los jóvenes contra los viejos–, y Dormir al sol (1973). Breve diccionario del argentino exquisito (1971) es una observación sobre el lenguaje.

En general, en las novelas y en los relatos de Bioy Casares se cuestionan de modo obsesivo y recurrente las categorías de tiempo y espacio. Sus personajes se presentan atrapados por fantasmagóricas tramas, obligados a descifrar las misteriosas combinaciones entre realidad y apariencia que rigen sus existencias cotidianas.

“La trama celeste”

Cuando el capitán Ireneo Morris y el doctor Carlos Alberto Servian, médico homeópata, desaparecieron, un 20 de diciembre, de Buenos Aires, los diarios apenas comentaron el hecho. Se dijo que había gente engañada, gente complicada y que una comisión estaba investigando; se dijo también que el escaso radio de acción del aeroplano utilizado por los fugitivos permitía afirmar que éstos no habían ido muy lejos. Yo recibí en esos días una encomienda; contenía: tres volúmenes in quarto (las obras completas del comunista Luis Augusto Blanqui); un anillo de escaso valor (un aguamarina en cuyo fondo se veía la efigie de una diosa con cabeza de caballo); unas cuantas páginas escritas a máquina —Las aventuras del capitán Morris— firmadas C. A. S. Transcribiré esas páginas.

LAS AVENTURAS DEL CAPITÁN MORRIS

Este relato podría empezar con alguna leyenda celta que nos hablara del viaje de un héroe a un país que está del otro lado de una fuente, o de una infranqueable prisión hecha de ramas tiernas, o de un anillo que torna invisible a quien lo lleva, o de una nube mágica, o de una joven llorando en el remoto fondo de un espejo que está en la mano del caballero destinado a salvarla, o de la busca, interminable y sin esperanza, de la tumba del rey Arturo:

Ésta es la tumba de March y ésta la de Gwythyir;
ésta es la tumba de Gwgawn Gleddyffreidd;
pero la tumba de Arturo es desconocida.

También podría empezar con la noticia, que oí con asombro y con indiferencia, de que el tribunal militar acusaba de traición al capitán Morris. O con la negación de la astronomía. O con una teoría de esos movimientos, llamados “pases”, que se emplean para que aparezcan o desaparezcan los espíritus.

Sin embargo, yo elegiré un comienzo menos estimulante; si no lo favorece la magia, lo recomienda el método. Esto no importa un repudio de lo sobrenatural, menos aún el repudio de las alusiones o invocaciones del primer párrafo.

Me llamo Carlos Alberto Servian, y nací en Rauch; soy armenio. Hace ocho siglos que mi país no existe; pero deje que un armenio se arrime a su árbol genealógico: toda su descendencia odiará a los turcos. “Una vez armenio, siempre arrnenio.” Somos como una sociedad secreta, como un clan, y dispersos por los continentes, la indefinible sangre, unos ojos y una nariz que se repiten, un modo de comprender y de gozar la tierra, ciertas habilidades, ciertas intrigas, ciertos desarreglos en que nos reconocemos, la apasionada belleza de nuestras mujeres, nos unen.

Soy, además, hombre soltero y, como el Quijote, vivo (vivía) con una sobrina: una muchacha agradable, joven y laboriosa. Añadiría otro calificativo —tranquila—, pero debo confesar que en los últimos tiempos no lo mereció. Mi sobrina se entretenía en hacer las funciones de secretaria, y, como no tengo secretaria, ella misma atendía el teléfono, pasaba en limpio y arreglaba con certera lucidez las historias médicas y las sintomatologías que yo apuntaba al azar de las declaraciones de los enfermos (cuya regla común es el desorden) y organizaba mi vasto archivo. Practicaba otra diversión no menos inocente: ir conmigo al cinematógrafo los viernes a la tarde. Esa tarde era viernes.

Se abrió la puerta; un joven militar entró, enérgicamente, en el consultorio.

Para seguir leyendo “La trama celeste”: http://ciudadseva.com/texto/la-trama-celeste/